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La cueva de Payán

Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos: ejemplar ejercicio de remake de Zhang Yimou

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Fue Jean-Luc Godard, una de las luminarias de la nouvelle vague del cine francés el que afirmó en cierta ocasión que para hacer una película bastaba contar con una mujer y una pistola. Zhang Yimou se ha empeñado en demostrarlo siguiendo la pista a la primera película de los hermanos Coen, Sangre fácil, que le sirve como inspiración argumental, pero a la que ha sometido a un proceso de asimilación a su propio cine. Yimou nos tiene acostumbrados en fechas recientes a la vertiente más épica y operística de su manera de entender el cine, merced a películas como Hero, El casa de las dagas voladoras o La maldición de la flor dorada, sin embargo no debemos olvidar que su carrera como director se inició en una clave visualmente más reposada y propicia a la interiorización y el intimismo (que no obstante siguió presente en algunos fragmentos de las películas citadas, en las que las historias íntimas siguen teniendo un papel protagonista, incluso rodeadas de la épica), ejemplificada por títulos como Sorgo rojo, La semilla del crisantemo o La linterna roja. Pues bien, junto a esos dos registros o vertientes de su obra como director, Zhang Yimou añade ahora un nuevo giro que permanece visualmente muy cercano al alarde preciosista y detallista de sus títulos más épicos, pero al mismo tiempo impone un nuevo modo de presentar sus fábulas en el que, cosa destacada, prima una ausencia absoluta de música o diálogo durante buena parte del metraje, los fragmentos de mayor tensión, que llegan a traernos eco de dos clásicos del cine negro francés, Rififí (Jules Dassin, 1955), con ese atraco en el que los personajes guardan un denso y escrupuloso silencio, y El silencio de un hombre (Jean Pierre Melville, 1967),  con Alain Delon ejerciendo como antecedente remoto de este otro asesino metódico y silencioso que no pronuncia una sola palabra mientras trabaja. Para un director tan inclinado a hacer de la música herramienta primordial de sus historias, como es Zhang Yimou, ese silencio es todo un cambio de registro y de rumbo que rinde excelentes resultados. Aunque conviene advertir que también esta película tiene su propio número musical, relacionado con el arte culinario, con esa especie de danza circense que ejecutan el amante y los sirvientes cuando preparan la comida para los policías.

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Por un lado volvemos a encontrarnos con el juego con los colores que es habitual en su filmografía, y no sólo a través de las ropas que visten los personajes principales, el rosa y el amarillo definiendo la personalidad del amante, entre afeminada y apasionada, el azul definiendo al detective y los policías, un color de autoridad y frialdad que viste también al imparable asesino, el verde de la esposa, revestida así del color de los celos, o el puzzle de colores que define a los dos sirvientes. A esto se une el color rojo de la sangre, omnipresente (no en vano la película de los Coen se titula Sangre fácil), por ejemplo en ese plano del paño entrando en el cubo y tiñendo el agua de rojo. Y el conjunto de completa con los propios colores del paisaje, de ese paisaje dominado por la luna, que parece observar cuidadosamente los acontecimientos como el ojo de una ciclópea entidad que está por encima del bien y del mal que contempla. Los colores del paisaje serán el telón de fondo de la comedia negra, en la que priman el enredo y las consecuencias más letales y siniestras del mismo.

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Y será en el uso variable de ese paisaje como personaje donde el director deje claro el juego de hibridación de géneros que preside este curioso y ejemplar ejercicio de remake, porque utiliza la herramienta paisaje tanto al estilo del western -con esos planos que sitúan geográficamente el lugar en el que se desarrolla la trama, la aislada tienda de fideos del título, capaz de competir en aislamiento con estructuras clásicas del cine del oeste como la granja atacada por los indios en Centauros del desierto, las postas de La diligencia y El correo del infierno o el salón de juegos de Johnny Guitar- como en una clave de intriga que se materializa en esas secuencias en las que vemos al amante ocultándose de los policías que cabalgan apenas unos metros más allá, al otro lado del desfiladero, o el enterramiento de los cadáveres que son al mismo tiempo consecuencia y origen de los muchos enredos y malentendidos que marcan como un diapasón que afina la farsa en clave de comedia negra y marca el ritmo del relato.

Los personajes, que se visten y se mueven como caricaturas, como esos dibujos que colecciona y recorta el marido cornudo –y que dan lugar a una de las escenas de diálogo más originales y curiosas de toda la película, en la que marido y mujer dejan claras sus diferencias y disputan poniendo el rostro en lugar del rostro de las figuras de dibujadas en el papel, como si estuvieran posando para sacarse una foto en una verbena-, se desplazan por la trama acompañados por un cierto aire teatral, pero la manera en la que el director nos cuenta la historia es plenamente cinematográfica. Un ejemplo de ello es la escena en la que vemos desplegarse en pantalla un plano cenital que nos muestra cómo los sirvientes regresan al edificio que les sirve como habitación, y cuando desaparecen la cámara se retira, retrocede hasta mostrarnos cómo el asesino entra nuevamente en la posada por el ventanuco que utiliza habitualmente.

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Hay otros detalles muy curiosos en la trama, como por ejemplo la influencia del cine de suspense de Alfred Hitchcock, que llega a la película como herencia de Sangre fácil, poniendo en el epicentro argumental dos ideas que los Coen reflejaron en su película: la dificultad para matar (expuesta en Cortina rasgada) y la dificultad para limpiar las consecuencias del asesinato (extraída de Psicosis), ya sean estas la sangre o los propios cadáveres. El vínculo con el cine de Alfred Hitchcock llega además por otro camino que tiene que ver con la construcción del suspense en base a la información que tienen los espectadores sobre los acontecimientos, siempre superior que la de los personajes, pero al mismo tiempo susceptible de servir para manipularnos o confundirnos. Zhang Yimou se ocupa de recordarnos que la clave es la información equivocada o insuficiente que tienen los personajes respecto al enredo de malentendidos en el que se encuentran, y que disponen de información diferente entre ellos. Sospecho que las dos escenas de visiones del marido que tienen primero el amante y luego la esposa adúltera responden a la necesidad de dejar clara esa diferencia de información entre los personajes y el espectador, al mismo tiempo que sirven como recuerdo de las consecuencias que esa falta de información veraz y completa genera, convirtiéndose en un auténtico combustible para el enredo creciente y cada vez más siniestro que envuelve a los personajes como si fuera una bola de nieve que va creciendo cada vez más, con una estructura que me recuerda la manera en que organiza y mueve sus historias uno de los grandes escritores de novela policíaca de nuestros días, Elmore Leonard (es curioso, pero también me recuerdan mucho a sus personajes de criminales los pobres diablos miserables que habitan esta película).

En conclusión: una imprescindible visita para todo cinéfilo que se precie, y uno de los mejores y más justificados remakes de la historia del cine. Y está ahí mismo, en la cartelera, porque el despliegue de preciosismo visual de Zhang Yimou bien merece contemplarse en pantalla grande.

Miguel Juan Payán

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