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Second Weekend Drops

Manual para no desmitificar a tu película adolescente predilecta

 

Es algo habitual. Aquella película que idolatrabas en la adolescencia y cuyo póster adornaba febrilmente tu carpeta de instituto no suele sobrevivir al dictamen del paso a la madurez. Sin embargo, como podréis leer a continuación, existen excepciones...

CASO MÉDICO Nº 666

 

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¿Quién?

1º Visionado: Prepúber repelente de trece años de edad, sin el acné típico de la edad pero sí con síntomas de tontería propia de período tan conflictivo. Tendencia al chiste tonto, al susto fácil pero no al pitillo de “me hago el maduro”. Comienza el hábito a explorarse a sí mismo, dicho de otra manera, al onanismo.

2º Visionado (revisión): Pseudouniversitario de 21 años aproximándose peligrosamente a los dos patitos. Pequeños resquicios de comportamientos pueriles típicos de la pubertad. Menor número de neuronas debido a la ingesta  continuada de alcohol durante el periodo transcurrido entre el primer y segundo visionado. La tendencia al onanismo continúa, si bien ahora también está dispuesto a compartirlo absolutamente todo.

¿Cuándo?

1º Visionado: año 2003, coincide con el estreno del film. El chico es asiduo a deglutir películas del género terrorífico, a razón de una por semana. Suele darse los sábados por tarde acompañado por un grupo de amigos de similares características a él (es decir, igual de tontos que él), con el posterior recogimiento en casa y la leche con galletas antes de acostarse. Pensar este plan hoy en día para un niño de 13 años resultaría casi un insulto para su figura, pero en aquellos tiempos era algo totalmente aceptado por la juventud.

2º Visionado (revisión): año 2011, casi ocho años después. Sábado por la noche sin ganas de salir debido a la resaca prolongada de una noche de jueves considerablemente etílica. Resultado: película de terror en pareja, con claros objetivos de que en momentos de pánico tu tortolito te agarre lo que tenga más a mano (guiño).

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Consecuencias:

1º Visionado: Tras su contemplación, el chiquillo experimentó períodos de insomnio prolongados, teniendo como culpable a la dichosa malvada de la cinta, una tal Matilda Dixon que sólo atacaba a sus víctimas cuando se encontraban en penumbra. Las facturas de Unión Fenosa durante los meses posteriores subieron más rápido que la tasa de paro española, y  mucho más rápido que los célebres brotes verdes. Las personas que padecieron el visionado de la cinta con el sufrieron consecuencias similares, siendo flagrante la de una de ellas que durmió con una linterna debajo de la almohada durante semanas (hecho totalmente verídico y contrastado).

2º Visionado (revisión): En esta ocasión, si bien estaba en preaviso, los efectos fueron peores de los esperados. Tras finalizar la película, acude al baño con la intención de miccionar, con tal mala suerte que la luz del pasillo no funciona (hecho que ya conocía, pero la pereza del universitario  vence a cualquier trauma de adolescencia). En ese tortuoso camino habitación-baño, el otrora adolescente enciende las luces de las habitaciones de sus compañeros (que en ese momento no están en casa). Su regreso sano y salvo a sus aposentos se sucede con una rápida inclusión en su lecho, compartido con su pareja. Lo que puede ser sinónimo de seguridad por la grata compañía se desvanece, pues la otra posible víctima no puede ser tal debido a su estado de letargo (demostrado por sus estruendosos ronquidos) ya iniciado durante el visionado de la misma, lo que le excluye de poder sufrir el ataque del hada de los dientes versión villana, pues según la leyenda sólo ataca a aquellos que la miran a los ojos…pero los suyos ya estaban cerrados.

 

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Conclusión médica:

Se recomienda dejar un margen de tiempo más amplio hasta enfrontarse por tercera vez a Matilda Dixon, trauma de adolescencia que se prolonga más de lo debido. A este paso, el recuerdo de la puñetera hada de los piños atormentará a un servidor hasta que no le quede ni un solo diente que pueda ser objeto de robo por parte de su maléfica celebridad.

Conclusión cinematográfica:

Como ha quedado bien claro hace unas líneas, En la oscuridad permanece en mi recuerdo como aquel film de terror que logró atemorizarme hasta límites casi enfermizos. El hecho de que siga considerándola a día de hoy como la película que más escalofríos me hizo padecer se puede considerar todo un logro, amén del elevadísimo número de films terroríficos que he tenido el placer (o desgracia) de ver. ¿El Exorcista, El Resplandor, La semilla del Diablo, La Profecia? Si, si… bien cucas, obras maestras y ejemplos palmarios y catedralicios de su género. Pero créanme cuando les digo que Matilda Dixon se puede reir de cualquier niña endemoniada de vomitona fácil, demente con tendencia a la mueca fácil o niños paridos por Belzebú.

Muchos podrán tildarla de carente de medios, de previsible, de actuaciones de teatro de parroquia y así hasta el hastío. El caso es que aquí no nos encontramos con el típico slasher en el que muere primera la rubia, después el nerd, el negro, el jugador de rugby y sobrevive la novia cornuda de este último. Tampoco hay la séptima revisión de un exorcismo, ni gore gratuito disfrazado de un supuesto ejercicio de maestría en el apartado de guión (sí, hablo de la saga Saw) ni tan siquiera el típico film con cuatro sustos de efecto y un final al estilo Shyamalan en el Sexto Sentido.

Aquí se juega con el miedo a la oscuridad, los sustos no vienen en el momento que todos pronosticábamos ni con la música atmosférica que nos pone en preaviso. Aquí hay lugar para la desesperación, pues en 75 escasos minutos te da tiempo a odiar al hada malvada, a sufrir con el niño que padece lo indecible, a dudar de la cordura de un estupendo Chaney Kley y a rezar para que Emma Caulfield salga bien parada de semejante entuerto. Nunca me cansaré de recomendarla, es absolutamente exquisita.

 

Y se lo advierto, busquen esa linterna que llevaban a las acampadas de su finca, les hará mucha falta…

 

 

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