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En la casa ***

31 Oct 2012

François Ozon es un director que siempre sorprende con su ingenio y osadía. Es un provocador que en estado de gracia borda cualquier ejercício encaminado al desarrollo de la aritmética emocional y mental del que ve su obra y todo, bajo un ritmo inocentemente divertido, inofensivamente didáctico pero crítico y en ocasiones incisivo, con precisión de cirujano.

En su última película, inspirada en la pieza teatral, "El chico de la última fila" del español Juan Mayorga, Ozon tiene un material perfecto para demostrar lo ágil que le bailan sus ganas y su naturaleza de niño terrible es perfecta para entregarse a este juego que primero divierte para más tarde desembocar en un plan maquivélico, casi perverso y algo terrorífico en la manipulación de sus intenciones.

Pone así en marcha la maquinaria del reto que empieza de la manera más inocente: un profesor (un estupendo ausente y después desquiciado, porque así lo requiere su personaje, Fabrice Luchini) entregado a una vida de costumbres y conversaciones gastadas parece que recobra la curiosidad y la ilusión perdidas cuando empieza a interesarse por los escritos de un alumno, Claude (la auténtica revelación de esta película, el jovencísimo actor Ernst Umhauer), sutil, silencioso, casi un misterio sentado al fondo de la clase desde donde observa como conviven los juguetes de su particular campo de juegos...y ya intuímos que no habrá nada en él que sea anodino.

El muchacho, alentado por el mentor y maestro comienza así a desarrollar su pequeña obra literaria en género epistolar solapado protagonizado por un compañero de clase y su familia pequeño burguesa.

En el escrito del niño-hombre el retrato de semejante cuadro arranca crítico y mordaz (las palabras, pronunciadas con tono aséptico y enunciativo con las que el jovencíto Frankenstein describe a la madre de familia son hirientes y significativas ) pero pronto esa distancia necesaria que ha de haber entre el autor y su obra cede al cariño y comienza el gusto por el manoseo de sus marionetas, implicándole en la historia hasta convirtirlo en un personaje más de su propia trama (quién sabe si víctima) Las fichas ya están en el tablero y arranca el juego. La imaginación del muchacho, mientras escribe, empieza a dar sus frutos portentosos, manzanas envenenadas dirigídas a su maestro cada vez más enganchado a su droga recién descubierta, él y su talento en el texto.

Y es entonces cuando empieza lo realmente interesante de la historia, un viaje enrarecido hasta lo demoledor hacia nuestros instintos más traviesos y hacerles caso, ¡es algo siempre tan atractivo!.

El juego dialéctico e intelectual que nos propone Mayorga y su herramienta, Ozon, es facinante y peligroso, un viaje rico en matices y con tantas lecturas como uno quiera...

Manipulamos la realidad en negro sobre blanco, dotando de vida a nuestros personajes. ¿Tenemos, acaso, alguna responsabilidad por ello?. ¿Qué es realidad o ficción y quién marca los límites en la manipulación de estas hojas zarandeadas por el viento?....¿qué lugar guarda la cordura a la hora de mantener firmes los cimientos de la estructura narrativa sabidos por todos evitando los desmadres que a veces nos provoca el exceso de inventiva?. ¿Se nos permite ser hacedores, víctimas o ejecutores y salir airosos del entuerto?

Esta es una historia para asistir con la boca abierta a la agilidad mental de un niño perverso que no se reconoce a sí mismo hasta que su propio talento no le pone a prueba; un reto que va creciendo en ambición a medida que el profesor del que tendrá que aprender las reglas del juego literario y actoral también descubre sus armas y se convierte en un niño malévolo más, perfecto compañero de juegos a las maduras, pero sobre todo a las benditas duras.

Y claro, una vez metidos en estos berengenales, rizar el rizo del más difícil todavía se convierte en algo tan deseable que puede ser error perdonable para el que asiste a semejante espectáculo porque el disfrute lo justifica pero quizá se agradezca más la cabeza fría y la mesura en un final que aunque sorprende no deja de ser excesivo.

La trama rota sobre su propio eje y la palabra deja de ser palabra para convertirse en carne, ese territorio sombrío del universo literario donde desaparece toda magia para dar paso a la realidad sola, excesiva y en este tratado, del todo prescindible. Y en esta parodia tan bien montada, ganadora de la Concha de Oro a la Mejor Película y el Premio al mejor guión en el pasado festival de cine de San Sebastián, este retrato escultural, estimulante y municioso sobre el proceso creativo en la obra literaria y las fronteras que imponemos a nuestra imaginación y sus ganas, si hay algo que a mí no me hace falta es tanta realidad.

Marta Simón Alonso

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Modificado por última vez en Martes, 11 Diciembre 2012 11:18
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