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Churchill ****

Interesante acercamiento intimista a la figura de Churchill en un momento histórico clave.

Desde hace un tiempo llevo empeñado en estas críticas en exponer mi opinión de que el público general está perdiendo día a día una riqueza cinematográfica de primer orden por no atender más que a las pirotécnicas películas de la era blockbuster descuidando en su disfrute cinéfilo la visita a otro tipo de propuestas que llegan a nuestra cartelera con cuentagotas. El cine es afortunadamente muy variado y obviamente hay oferta para todo tipo de gustos, sin que por ello haya que denostar a los aficionados a una u otra de sus variantes, pero no cabe duda de que el aficionado que realmente ama el cine debe ver todo tipo de películas y no quedarse siempre en la zona de confort de sus gustos más primarios de ocio, evasión y entretenimiento por la vía de la pirotecnia comercial o de las modas dictadas en cada momento de la explotación cinematográfica. Solo abriéndose a la curiosidad y ampliando fronteras podrá disfrutar plenamente de todo lo que puede ofrecernos el cine. Y Churchill es una película perfecta para empezar a ampliar fronteras. ¿Por qué? Pues miren, para empezar si la ponemos junto a la igualmente recomendable, aunque en otra línea, Dunkerque, de Christopher Nolan, es como comparar la noche con el día, otra cara de la moneda, lo cual aclarará mejor lo que he expuesto en las primeras líneas de este comentario. Ambas películas abordan acontecimientos clave de la Segunda Guerra Mundialm, respectivamente la retirada y el ataque de los aliados a la Europa dominada por Hitler, y curiosamente lo hacen a contracorriente, en lugar de contentarse o limitarse a hacer lo más obvio, que es ir por el camino de lo previsible. Mientras Dunkerque aborda una derrota aliada desde un punto de vista épico y espectacular, Churchill aborda el desembarco de Normandía lejos de la épica y el espectáculo, desde un punto de vista absolutamente intimista, en plena coherencia con el punto de vista contrario a la operación del Día D de su protagonista, un atribulado y temeroso Winston Churchill que teme estar asistiendo a la derrota de los ejércitos aliados y la matanza de toda una generación, llevado por los fantasmas de su pasado, la fallida operación de desembarco que autorizó en la Primera Guerra Mundial dando lugar a la matanza de Gallipoli. Por cierto, les recomiendo que vean la película que dirigió Peter Weir y protagonizó Mel Gibson en 1981 con ese título, Gallipoli, porque puede ser perfectamente una especie de puente para unir las piezas de este puzle bélico-cinematográfico. Por otra, a pesar de su distinto abordaje del asunto que eligen como epicentro argumental, tanto Dunkerque como Churchill comparten en su galería de temas centrales el miedo, la responsabilidad y el sacrificio. Y en ambas se hace notar el peso del momento histórico sobre los individuos. Y ambas se edifican esencialmente sobre sus actores… Brian Cox y Miranda Richardson están inmensos en su construcción del matrimonio protagonista, dibujando la vida privada y el conflicto que habita en la trastienda de las vidas de las figuras históricas, de manera que éstas acaban perdiendo su pátina mítica de postal cinematográfica para dejar de ser personajes y convertirse en personas, lo cual las hace doblemente interesantes. Es interesante cómo en ese juego de intimismo en el ojo de la tormenta de la Historia el director incorpora desde el primer momento una especie de duelo plástico entre el plano general y el primer plano, estableciendo un equilibrio entre el paisaje y los individuos que habrá de servir como pórtico y cierre de su historia con las escenas de Churchill en la playa, frente a ese mar que le devuelve recuerdos en forma de cadáveres y que se abre luego hacia el futuro. Dos guerras se dan cita en esas secuencias en las que el director nos abre y abre a su personaje no sólo a la reflexión sobre las dos guerras mundiales, sino a la metáfora de la propia existencia humana, de la juventud a la madurez, de una generación a otra, una y otra vez, en un ciclo interminable de vida y muerte.

Frente a esa imagen que explica a Churchill, su dilema, su conflicto, sus miedos, la película nos propone un brillante ejercicio que define perfectamente a su esposa atrincherada en el minimalismo, a la sombra del líder, pero sometida a sus propios dilemas, conflictos y miedos.

Y todas estas cosas dan como resultado buen cine. Un cine que quien ama el cine y disfruta de su verdadero poder y riqueza no debería perderse.

Miguel Juan Payán

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©accioncine

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