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Blade Runner 2049 *****

Obra maestra. Al nivel de la primera y en algunos aspectos incluso superior.

A ver, me explico: todos sabemos cómo se gestó Blade Runner, de Ridley Scott. Y nadie le niega su poder evocador como icono del género de ciencia ficción. Obra maestra, sin duda. Pero lo que ha hecho Villeneuve con su prolongación, ampliación, análisis y homenaje a la película de Scott es propio de un maestro. No era fácil la tarea que tenía por delante y sin duda no faltarán quienes piensen que es una auténtica herejía pretender que su aproximación al universo de Blade Runner es en algunos aspectos superior al largometraje que la precede. Pero para empezar hemos de descartar mirar este largometraje como una continuación o secuela al uso. No hay nada convencional, típico o previsible de las secuelas en esta épica y operística excursión al futuro que nos propone Villeneuve. Rinde homenaje a la película de Scott, y no sólo a una de sus versiones, sino a todas, con una colección de pinceladas que van de lo contundente (esas paredes atravesadas por los personajes en guiño a la paliza final del largometraje anterior, esas luces sobre el rostro de algunos personajes en momentos que nos recuerdan claramente a Roy Batty…) a lo elegante y sutil (el caballo clave en la historia, eco de las figuras de papel de la película anterior, o del unicornio de la versión extendida del director, que en su rotunda naturaleza de madera es al mismo tiempo un eco del papel del regalo de los griegos a los troyanos en La Ilíada y una pista para entender lo mucho que separa a la película de Scott de la de Villeneuve).

Un aspecto que establece la personalidad de la película que ahora se estrena sobre su ilustrísimo precedente es que Blade Runner de Scott era un brillante ejercicio de estudio del estilo visual del cine negro, pero Blade Runner 2049 desarrolla más toda la trama de la investigación, es más amplia y sólida, y profundiza más en la misma. Para ello saca el máximo partido a un reparto cuyo rendimiento es más potente que el de la película anterior, en parte porque el guión les proporciona a todos esos personajes suficiente espacio para que puedan tener su momento brillante de protagonismo en la historia. Pienso por ejemplo en el personaje de Sapper Morton interpretado por Dave Bautista, que podría ser una suerte de equivalente al de León Kowalski interpretado por Brion James en la película anterior. Pienso también en el personaje de la teniente Joshi interpretado por Robin Wright (la conversación con K mientras bebe el whisky principalmente), o en la aportación de Jared Leto como Niander Wallace, frente a la aportación del Doctor Eldon Tyrrell interpretado por Joe Turkel. Pero sobre todo me acude a la memoria el homenaje al icónico Harrison Ford que se le rinde al actor, y no al icono, en este largometraje, dándole la posibilidad precisamente de lucirse en lo dramático, y no en lo icónico (cosa que por otra parte, en lo icónico me refiero, ya hizo Star Wars, el despertar de la fuerza). Vemos a un Ford exprimiendo hasta las últimas consecuencias a un Deckard perdido en su propio laberinto existencial en el tramo final de la película, mientras el argumento de la misma, y su protagonista principal, el agente K interpretado por Ryan Gosling en uno de sus mejores trabajos, intenta encontrar su propia identidad.

Repleto de contenido, pero con una lectura de fácil conclusión para el espectador, sin buscar falsos enigmas o significados ocultos, al contrario de lo que hacen otros títulos estrenados recientemente que hacen furor entre los aficionados a ver dobles y triples lecturas y rellenar crucigramas y sudokus reales o imaginarios suyos con las películas, el guión de Blade Runner 2049 y la película resultante encuentra espacio y lugar para narrarnos su trama principal haciendo el necesario homenaje a la reflexión sobre la identidad y la verdadera naturaleza de la humanidad presente en Blade Runner, al mismo tiempo que encuentra su propio camino de desarrollo especialmente desde el momento en el que el recuerdo del pasado y el regreso al orfanato establecen un punto de giro en la historia que por decirlo así cierra la inicial parcela de guiño y homenaje a la película anterior para lanzarse, con éxito, a la búsqueda de su propia personalidad independiente de la misma. Hay que hacer notar que ese fragmento del orfanato, con los niños, con ese diseño del abrigo que viste el personaje interpretado por Lennie James, es todo ello un guiño a las novelas de infancia explotada de Charles Dickens, y que el referente literario se repetirá luego en la cita de La isla del tesoro del personaje de Rick Deckard, en momentos en los que la trama de Blade Runner 2049 se abre paso por los territorios del metacine, reflexionando a través de la invocación visual de iconos clásicos de la cultura popular, como Elvis, Marilyn Monroe o Frank Sinatra, sobre la memoria y sobre los recuerdos, una de las claves del argumento, lo que al mismo tiempo le permite jugar con la idea de la alargada sombra que la primera película de Blade Runner y los recuerdos y nostalgias que el propio espectador tiene de la misma se proyectan sobre este regreso al mismo universo en Blade Runner 2049.

No quiero entrar en la canallada de hacer spoilers, pero sí puedo llamar la atención del espectador sobre la manera en que las dos películas se desarrollan argumentalmente como un viaje de investigación, una especie de argumento universal de búsqueda del tesoro y resolución del enigma, pero desde extremos opuestos en lo referido a la personalidad de los buscadores. Baste decir que Rick Deckard sigue siendo Harrison Ford, pero que el personaje de Ryan Gosling no es tan obvio como para desarrollarse simplemente como una especie de “versión joven” de Deckard, ni mucho menos. Su propia historia marca el pulso de la película desde el pasado hasta el presente, con algunas claves que me han recordado puntualmente El corazón del ángel de Alan Parker más que la persecución de replicantes de Deckard en Blade Runner. Ojo además a la historia de amor con Joi, en la que brilla con luz propia como actriz Ana de Armas que claramente supera a la Rachel de Sean Young, tanto por el trabajo y la personalidad de la actriz como por el espacio y la historia de fondo que le aporta el propio guión al personaje. Y es significativo cómo se plantea ese último encuentro de K con Joi, un guiño cinéfilo a lo Anita Ekberg en Bocaccio 70, y cómo se desarrolla la interesante relación entre K y Luv, el papel interpretado por Sylvia Hoeks, desde su primer encuentro al último, al que hay que añadir las relaciones de K con su jefa o con la prostituta callejera. Todos los encuentros del protagonista con las mujeres de la trama abren una subtrama muy rica de definición de las mujeres y los hombres paralela al tema principal. Forman parte de esa cualidad de ampliación del mundo de Blade Runner que plantea Blade Runner 2049, junto con otro detalle a tener en cuenta: la manera en la que Villeneuve elige mostrar las muertes de la película, pasando de un tratamiento en off a un tratamiento distante y de ahí hasta el embrutecimiento de la acción en la parte final del relato.

En esta película Villeneuve se confirma como uno de los grandes directores del cine de nuestros días, y su propuesta en este largometraje promete ser tan icónica como la película anterior, siendo al mismo tiempo tan original como la misma.

De manera que esto no es un ejercicio de a rey muerto, rey puesto, ni un aplaudir al último que llega por la novedad. Estamos ante dos obras maestras. Diferentes en muchas cosas. Cercanas en muchas otras. Las dos imprescindibles.

Y que nadie se queje del ritmo. Es una gran película. Si se os hace lenta es porque no la estáis viendo como deberíais.

Así de claro.

Miguel Juan Payán

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©accioncine

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