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Criticas

Eva ****

EVA

Un valiente ejercicio de abordaje del cine de ciencia ficción sin ningún tipo de complejos, ni visuales ni argumentales, y con unas claves que moviéndose en un territorio que hace frontera con clásicos del género como Frankenstein, Metrópolis, Blade Runner o Inteligencia Artificial, fomentan la reflexión sobre el tema siempre interesante del hombre empeñado en convertirse en Dios, creando vida artificial. Desde las primeras imágenes, que imponen ya el paisaje con un protagonismo destacado en la trama, por oposición de lo natural con lo artificial, observamos ese arranque sin complejos que suele ser síntoma de las películas con personalidad. Y si algo tiene esta producción es, además de una capacidad para jugar la baza de la originalidad en un territorio tan transitado por la ciencia ficción como es el relacionado con los robots, androides, gineoides y seres artificiales en general, es precisamente personalidad.

Esa fuerte presencia visual de la película desde sus primeros planos, que nos meten de cabeza en la trama planteando una intriga desde el primer momento, con una clave de relato narrado en flashback, se asocia con unos títulos de crédito y un tratamiento de la música que desde el principio nos lleva a pensar que estamos ante una de esas películas españolas llamadas a saltar fronteras e interesar a todo tipo de públicos dentro y fuera de España, con una clara vocación de internacionalidad sustentada sobre un tratamiento de calidad de las claves de los géneros que, como se viene demostrando una y otra vez en nuestra cinematografía, no sólo es una excelente baza para posicionarse en mercados extranjeros, sino además un campo de trabajo que en nada limita o condiciona el ejercicio de cine de autor del director. Hay pues en Eva una saludable alianza entre lo comercial y lo autoral, entre lo entretenido y de evasión y la posibilidad de reflexión, entre lo genéricamente interesante y los momentos dramáticos más íntimos. De hecho lo que se nos propone es una fábula de ficción científica, posiblemente con muchos detalles de cuento de anticipación en la mejor tradición de la novela de ciencia ficción. Al mismo tiempo que se nos plantea una reescritura del género, o mejor, una reconfiguración del mismo para volver a poner en el centro de todo lo que realmente lo hace interesante, que es el propio concepto de “ser humano”, y todo lo que conlleva.

Visualmente potente, con unos grandes planos generales de parajes naturales impresionantes que se repiten durante todo  el metraje, la película es un ejercicio ejemplar de equilibrio que sitúa en ese marco grandioso de montañas y bosques una historia intimista que gravita en torno al pasado, a un trío sentimental, y en realidad habla sobre todo de sus personajes, aunque la fábula transcurra en una universidad de un futuro cercano dedicada a la creación de robots. Bien pertrechada de efectos visuales para sustentar las necesidades de intriga del relato, Eva profundiza en un desarrollo de su personaje principal, un diseñador de personalidad para los robots, y en el conflicto que le llevará a convertirse en elemento del caos que llega al lugar para sembrar lo inesperado y precipitar una serie de acontecimientos que afectarán a personas a las que había dejado atrás hace años. En ese sentido, casi recuerda el efecto del Ethan Edwards interpretado por John Wayne en Centauros del desierto, de John Ford, un western bien pertrechado de protagonismo paisajístico en el que el héroe resulta ser también el detonante de las tragedias, una función que en el cine de terror suele ejercer el monstruo.

Eva está además construida sobre un muy buen guión pleno de sutileza, capaz de explicar los personajes con una simple frase, como en el encuentro entre el protagonista interpretado por Daniel Brühl y la profesora Lana, a la que da vida Marta Etura, en el aula, cuando ella le dice que está explicando las teorías de él, y él replica que los alumnos sólo vienen a verla a ella… esto es, que él sólo viene a verla a ella… La relación entre ambos sigue progresando en el relato con pinceladas tan elegante como la interrupción del paseo de esos mismos personajes con la llegada del tercero en discordia, el hermano, al que da vida Alberto Amman, que llega con su coche, sin acercarse, a distancia de ella y de su hermano, expresión visual perfecta del triángulo emotivo que les une y al mismo tiempo les separa.

Luego además está Max, el robot interpretado con una humanidad inquietante y al mismo tiempo entrañable por Lluís Homar, que desde su primera aparición ejerce un papel más importante de lo que pudiera pensarse en toda la trama, con una función muy interesante que le convierte en testigo privilegiado de los acontecimientos que van a sucederse a su alrededor, sin que, como el propio espectador, pueda hacer otra cosa que empatizar con los personajes… siempre que estos se lo permitan.

Gran trabajo el de todos los actores, entre los cuales la jovencísima Claudia Vega resulta un impacto para el espectador interpretando a la niña que da nombre a la película. Es fácil apostar que con ella ha nacido una estrella y habrá que seguirle la pista en proyectos futuros con interés.

Todo el puzzle funciona, incluso una línea de identificación de lo que hace la película con la tecnología de efectos visuales –ponerlos al servicio de la historia, del desarrollo de los personajes, sin permitir en momento alguno que sean otra cosa que mera herramienta, por mucho que estén muy conseguidos-, y cómo contempla el propio protagonista su trabajo con los robots, a los que quiere sobre todo libres y mira como  si fueran seres vivos.

En definitiva, la historia de la película es el arco de desarrollo de este personaje un punto distante e irresponsable, casi alejado de sus semejantes y más cercano a los robots, que prefiere –gran detalle desde el principio- tener un gato robótico que una mascota real. El personaje de Brühl está entre lo viejo y lo nuevo, a medio camino, perdido en una frontera  entre ambos mundos, el pasado y el futuro. Es por ello un espejo de tiempos y tendencias que están más cerca de nosotros de lo que pensamos, lo que le otorga a la película otra significación más en su rico puzzle de propuestas narrativas.

Todo eso resultando además entretenida, intrigante, y en su desenlace francamente inquietante.

La frase: ¿Qué ves cuando cierras los ojos? bien merece pasar a ser una clave del cine de ciencia ficción en esta producción que, para ser más claros, me ha parecido mucho más estimulante y completa que Inteligencia Artificial de Steven Spielberg.

Miguel Juan Payán

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