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Curiosa adaptación del clásico animado de Disney. Porque de eso se trata esta película en imagen real protagonizada por Emma Watson, de una adaptación de la película animada de los noventa, no de una nueva versión del cuento, sino de una nueva aproximación a lo ya visto en la película que se convirtió en uno de los mayores éxitos de la historia de la compañía y que hasta cambió las reglas de los Oscars (a raíz de su estreno se creó la categoría de mejor película de animación, ya que La Bella y la Bestia fue nominada a mejor película, pero no ganó. Se consideró que las películas animadas, con su creciente calidad, debían tener su propia categoría y ganar un Oscar). Quizá el peso y la importancia de la original son los que limitan el potencial de ésta…

No es una mala película, ni mucho menos. Aunque los puristas y aquellos que aman demasiado la original pueden sentirse dolidos o incluso ofendidos, creo que sin motivo, por esta versión, que es cierto aporta muy poco a la original, pero sabe exprimir la necesidad de que los que eran niños en 1991 cuando se estrenó aquella, lleven ahora a sus hijos más de 25 años después a disfrutar de la magia de Disney. En ese sentido la película sirve como nexo de unión entre ambas generaciones, como puente para que las familias disfruten de la experiencia en salas de cine, algo que ya no pueden hacer con la película animada. Y verla en el salón de casa no es lo mismo.

Funciona la película porque entretiene, porque el reparto se lo curra y ofrece una réplica magnífica de aquellos personajes, porque el diseño de producción es espectacular, empezando por el maravilloso castillo, porque el humor sigue funcionando y todos recordamos las canciones, incluido servidor que no es precisamente fan de los musicales. Funciona porque la historia ya funcionaba sin problemas y tenía encanto. Sigue entreteniendo y, pese a su duración de más de dos horas, no se hace larga, salvo que quien la vea sienta que le están traicionando (créanme, le ha pasado a más de uno y seguirá pasando).

El mayor problema es que pese a su presencia y magnífica puesta en escena, pese al presupuesto y el reparto, pese a la música y los decorados, la película no tiene magia. No encandila, no emociona como la otra. Bill Condon parece un director poco visual para este tipo de inventos y muchas veces la película parece estar rodada como un telefilm más que como cine, y eso se nota en la mítica escena del baile en el salón del castillo, con la canción que todos conocemos. No hay personalidad ni alma. Y se parece tanto, tanto, tanto a la película animada, que no tiene magia. No hay nada que sorprenda y hasta los nuevos números musicales parecen parte de la original. No respira como ente independiente, sino como copia de la otra. Para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Al contrario que la nueva versión de El Libro de la Selva, por poner un ejemplo, aquí nada va a sorprendernos, ni a maravillarnos. Es buena, sí, pero si se hubiesen arriesgado un poco (como con el tema de los personajes homosexuales, un gran avance para Disney) podía haber sido mucho mejor.

Jesús Usero

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Modificado por última vez en Martes, 11 Abril 2017 12:53
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