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Criticas

El sacrificio de un ciervo sagrado ****

Película tan brillante como difícil. Perversión poética que navega hacia la tragedia.

Gusta mucho. O no gusta nada. Es película de extremos, como ocurriera con Madre! de Aronofsky. Pero en este caso Yorgos Lanthimos no está haciendo brindis al sol y su brújula no está perdida, sino todo lo contrario: sabe perfectamente hacia dónde apunta su descarga de crueldad exigente y que en ningún momento teme perder espectadores en el proceso. Es posiblemente la película más dura y la más valiente que vamos a ver este año, y posiblemente el mejor ataque contra ese carácter sin carácter y esa flojera trivial que caracteriza nuestros tiempos mudables y presas del capricho más tontorrón y falso que quepa imaginar: el de pretender ser todo aquello que no somos, mirar el orden donde sólo deberíamos ver caos, y abrazar con pasión de koala posesivo todo aquello que huela a etiqueta de modernez recauchutada con purpurina tolerante y viscosa mermelada de tópicos políticamente correctos.

Insisto: película valiente. No me extraña que le hayan caído tantos palos. A nadie le gusta que le echen en cara sus propios errores, a la sociedad autoindulgente en la que vivimos aún menos. Especialmente si se nos desarma la postalita de plastilina tecnológica con la que nos arropamos para devolvernos al caos imprevisible en el que realmente vivimos pero del que no queremos enterarnos. Yorgos Lanthimos tiene tendencia a echar vitriolo sobre la postal plastificada que nos hemos montado en estos tiempos tan “guays”, como ya demostró en Canino, Alpes Langosta, pero aquí ha doblado la ración y de paso lo hace instalando en su propia película descaradas pinceladas de emborronamiento del propio cine, como esos diálogos aparentemente triviales, que no son sino el testimonio de la artificiosidad de las relaciones personales en la era de las comunicaciones e internet, mientras aluden al onanismo. Nunca el ser humano habló tanto, opinó tanto, ladró tanto, gritó tanto, troleó tanto… y dijo y concluyó tan poco como en nuestros días. Lanthimos se hace eco de esa nada que nos acompaña cotidianamente con una sangre fría que puede hacer intratable su película para el gusto de algunos. Fruto de la ingenuidad o del autoengaño, las críticas han arreciado sobre ésta, una de las mejores películas del año, demostrando que no es casualidad lo ocurrido con otros títulos poco obvios que se salen de lo habitual y buscan por otros caminos, algo más exigentes de lo habitual, claramente atrevidos e intrépidos a la hora de internarse en territorio comanche y meterse en huertos saliéndose de los cauces trazados por la nueva disciplina de la obediencia a la moda cinéfila. Le pasó a Solo Dios perdona, Animales nocturnos, Silencio, y seguirá pasando. Si te metes en estos huertos y no repartes caramelitos sociopromocionales de la cruzada de moda en cada momento corres el peligro de llevarte la habitual ración de insultos gratuitos. Es lo que califica nuestros días. Piensas lo mismo que la mayoría y disfrutas con sonrisa bobalicona ese anuncio de compresas con alas o perfume navideño que nos han vendido o te la juegas. Lanthimos aquí se la juega. Mucho. Hay momentos en que se acerca peligrosamente a la farsa rebuscada, como la manera en que el personaje de Kidman excita a su marido, recordando algunos rasgos de artificio del cine de retrato de las ociosas neuras de la burguesía que se marcaba Antonioni. Pero merece la pena pasar por alto esas parcelas para llegar a las parcelas en las que vuelve a mostrarnos que las relaciones entre seres humanos son muchas veces, las más de las veces en realidad, tóxicas y artificiales, y con terrorífica frecuencia responden a condicionantes sociales de uno u otro tipo, o a la falseada imagen que queremos dar de nosotros mismos.

Para dibujar ese paisaje de normalidad anormalmente rota que define esta fábula inquietante Lanthimos ha de enfrentarse a todo, incluyendo el propio lenguaje del cine, lo que le llevará a poner a su cámara tras la pista de una búsqueda casi desesperada y nada convencional en sus planos y composición del encuadre de lo que quiera que sea el verdadero origen de la amenaza que planea sobre sus personajes desde el momento en que nos invita a asistir a una operación quirúrgica que ya como arranque de la historia se nos antoja grandilocuente, como van a ir mostrándose todos los personajes que habitan esta especie de pesadilla en la que se replantea la familia casi llevándonos al territorio de lo tribal, tan tribal como el deseo de venganza que guía a uno de los personajes y pone en marcha toda la maquinaria del argumento.

Cierto es que ese tono de grandilocuencia y la manera en que su fábula va revelando claves argumentales de la intriga de la venganza, más o menos cuando llevamos ya una buen media hora de metraje, es algo lenta, pero es que sospecho que a Lanthimos la intriga propiamente dicha se la trae al fresco y simplemente la utiliza como puente, excusa o vehículo para proponernos su ejercicio de parábola de la desolación de nuestros tiempos.

De manera que es más exigente que las películas anteriores del director, pero en muchos aspectos resulta más nutritiva, precisamente por su naturaleza retadora de comedia que ríe sobre las cenizas de la intriga psicológica con algunas pinceladas particularmente inquietantes. Miguel Juan Payán

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