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Brillante inmersión en el universo pictórico y sensitivo de Vincent van Gogh, a través de una película de animación que configura su paisaje visual a partir de los aglutinantes del postimpresionismo de finales del siglo XIX.

Al comienzo de Loving Vincent, un mensaje llena la pantalla, relativo a que la totalidad de los fotogramas del filme han sido elaborados artesanalmente y decorados al óleo por un nutrido grupo de artistas (más de 100). Un dato que ya mete en materia al espectador, antes de abrir la figurada paleta de pigmentos deslumbrantes de los que se compone la cinta.

La pintora polaca Dorota Kobiela y el productor y director Hugh Welchman (Pedro y el dragón) son los responsables de esta aventura audiovisual, en la que el pincel del creador de Los girasoles se encuentra presente en cada escena y plano (tanto en los cortos, como en las tomas generales).

La acción se sitúa nada más producirse la muerte por supuesto suicidio de Vincent van Gogh (ocurrida un 29 de julio de 1890). Denostado por la mayoría de sus vecinos en Auvers-sur-Oise (Francia), el cartero –y amigo del maestro de la plástica fallecido- recibe una misteriosa carta de Van Gogh dirigida a su hermano Theo, la cual nunca fue entregada a su destinatario. Sin posibilidad de trasladarse personalmente al lugar donde vive el pariente del pintor, el hombre encarga a su hijo Armand Roulin (a quien presta su físico el actor británico Douglas Booth) que sea él quien lleve la citada misiva a su dueño legítimo. Al principio, el joven se muestra algo contrariado; pero al final, accede a los deseos de su progenitor.

En su traslado al sitio donde Vincent perdió la vida por culpa de un disparo, el chico se encuentra con un grupo de personajes que le descubren la faz oculta y desconocida del genio de los pinceles; siempre dominado por su pasión hacia la pintura, y por la amarga soledad que le perseguía desde su niñez.

Dorota Kobiela y Hugh Welchman se ponen figuradamente tras la retina de Van Gogh, y con esos portentosos prismáticos de colores deformados diseñan un entramado de decorados y paisajes, que componen la parte más sobresaliente de la movie. Las obras más conocidas del maestro holandés adquieren con semejante proceso el dinamismo situacional del movimiento constante; lo que les da un aire de sueño pictórico, que genera efectos fantasiosos a lo largo de todo el metraje.

Un deslumbrante envoltorio de colores y paletas hipnotizadoras, que esconde un poco la un tanto endeble caracterización de la personalidad absorbente y determinante del hermano de Theo. El autor de Terraza de café por la noche (pieza con la que arranca el filme) aparece bastante esquematizado, y acontecimientos determinantes en su existencia (como la amistad quebradiza y agresiva mantenida con Paul Gaugin, o el momento crucial de la autoextirpación violenta de su oreja) quedan simplemente solventados con un leve apunte de guion.

Sin embargo, el déficit de profundidad psicológica a la hora de retratar a Vincent van Gogh no desmerece la arriesgada y sobresaliente puesta en escena, en la que no faltan las alusiones a los cuadros más admirados del artista, identificados con las apariciones del doctor Gachet y de su hija Marguerite, Theo van Gogh, Pere Tanguy, el teniente Milliet, Joseph Roulin…

Como broche final, la pareja de cineastas incluye la versión que Lianne LaHavas efectúa de la canción Starry, Starry Night, que Don McLean escribió como homenaje a Vincent van Gogh a finales de los setenta. Sus estrofas completan tan apasionante viaje al cosmos del incomparable creador plástico nacido en los Países Bajos.

Miguel Juan Payán

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©accioncine

Modificado por última vez en Miércoles, 10 Enero 2018 12:42
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