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John Krasinski consigue elaborar una película de terror más centrada en crear atmósferas asfixiantes, que en provocar el susto fácil.

Algo se está moviendo en el género del miedo a 24 fotogramas por segundo, que invita a pensar en una especie de renovación de un estilo de obras en las que el discurso teen había imperado durante décadas. No obstante, esta nueva ola no se está gestando en las raíces de los terrores sobrenaturales ni psicopáticos, sino en la variante apocalíptica.

Series como Walking Dead y Fear the Walking Dead abrieron el camino a producciones audiovisuales dirigidas a públicos animados a reflexionar frente a la pantalla, más que a comer palomitas sin control, en espera de la descarga habitual de efectos especiales.

John Krasinski es uno de los últimos creadores en subirse al carro de los filmes que tratan el tema de la supervivencia de la especie humana a través de un esquema imaginativo y profundo, con elementos que recuerdan a los utilizados por Ridley Scott en Alien, el octavo pasajero.

El cineasta e intérprete de Un lugar tranquilo parece inspirarse en la citada cinta del responsable de Los duelistas, para meter al espectador en medio de la pesadilla que viven los Abbott. Y lo hace sin artificios rocambolescos, con el simple ingrediente del silencio (casi más aterrador que la esperanza de ver de cerca a los monstruos).

Para ello, el reciente Jack Ryan no envuelve el argumento en una sucesión de explicaciones sobre qué es lo que sucede en el planeta, ni pierde tiempo y secuencias en mostrar de dónde han surgido las criaturas que están devastando a los terrícolas. Simplemente deja que sean las retinas de los que se sientan en sus butacas las que den paso a la adrenalina que transmite la familia protagonista.

Esa sencillez está llevada hasta extremos minimalistas; cualidad espartana en cuanto a decorado y acción, que Krasinski únicamente rompe para exhibir la faz de los invasores supuestamente llegados de otro planeta.

Sin embargo, incluso en la escenificación de los monstruos, el director no permite que los fuegos de artificio de los efectos especiales se coman ni un ápice de la atmósfera que da sentido al filme.

Semejante apuesta favorece a que el peso del largometraje recaiga casi en exclusividad sobre el plantel de actores, que sacan el adecuado partido a los papeles que encarnan. Tanto Krasinski, como Emily Blunt y los jóvenes Millicent Simmonds y Noah Jupe expresan con convicción la pesadilla en la que están embarcados, y contribuyen a remarcar el aspecto de asfixia colectiva predominante en la historia.

Pero el excesivo minimalismo provoca que el filme caiga en algunas incoherencias. Una de ellas tiene que ver con la esencia misma del silencio, cualidad que es imposible ser preservada durante las veinticuatro horas del día, y menos aún en el seno de un clan con niños. El otro problema estriba en la parte en que el personaje de Blunt da a luz a un bebé, ya que esa falta de sonido que impone el contexto no comulga con los dolores de un parto y el posterior llanto de la criatura naciente.

Salvo flecos como estos, Krasinski consigue facturar un trabajo de altura artística, que demuestra que grabar el apocalipsis no tiene necesariamente que pasar por los mareantes presupuestos de otros largometrajes con similar tesis argumental.

Jesús Martín

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©accioncine

Modificado por última vez en Lunes, 16 Abril 2018 22:26
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