Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

La película favorita de Peter Jackson

Tras cerrar la trilogía de El Señor de los Anillos en el año 2003 con la que había ganado nada menos que 17 oscars, el director Peter Jackson quería acometer este proyecto con el que había soñado desde que con 12 años quedase maravillado con la película King Kong del año 1933, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack.

A finales de los 90 trató de llevar a cabo esta película pero, como se había estrenado recientemente Godzilla (1998), decidió retrasar el proyecto hasta que por fin en el año 2005 estrenó King Kong, convirtiéndose en la séptima película de la dilatada saga.

Cuando en medio de la gran Depresión la actriz de vodevil Ann Darrow (Naomi Watts) se queda sin trabajo, su sueño de abrirse camino en el cine parece desvanecerse. Es entonces cuando el cineasta Carl Denham (Jack Black) descubre que en su estudio van a cancelar su película, la cual quería grabar en una isla misteriosa de la que sólo él conoce su ubicación, por lo que decide robar las cintas con el material que ya tenía grabado y zarpar esa misma noche para continuar con su proyecto.

Pero hay un problema, la actriz seleccionada para interpretar la protagonista femenina le falla por lo que necesita encontrar de manera urgente una chica con las mismas medidas que su actriz para poder aprovechar el vestido. Es entonces cuando Denham encuentra por la calle a Ann, quien acaba aceptando el papel por la admiración que siente por el guionista de la película, Jack Driscoll (Adrien Brody) que, sin quererlo, también acaba metido en esta aventura.

Mientras navegan rumbo a la isla Calavera, los protagonistas de la expedición aprovechan para irse conociendo a la par que Denham y Driscoll continúan trabajando en el guión.

Al llegar a la misteriosa isla, rápidamente la fascinación inicial que sienten los miembros de la expedición se acaba convirtiendo en terror al descubrir una extraña tribu en la que los miembros de la misma empiezan a matarles. Aunque consiguen huir, estos salvajes consiguen raptar a Ann para ofrecerla como tributo a un gigantesco gorila llamado Kong, dando así inicio a una de las aventuras más longevas del cine.

Lo primero que hay que reconocer es que esta película ha envejecido de maravilla y eso es gracias a tres factores clave: unos efectos digitales de muy alta calidad (aquí es donde se nota la factura de la película), el uso de maquetas en el rodaje para que las ubicaciones resulten más creíbles y la espectacular actuación de Andy Serkis quien interpretó a Kong gracias a la técnica de “captura del movimiento”.

En cuanto a la trama, Peter Jackson mantuvo la estructura existente desde hacía 72 años: Expedición busca la isla Calavera, la encuentran, descubren al gorila gigante, el gorila secuestra a la chica de la cual se enamora, la expedición rescata a la chica y atrapan al gorila para llevarlo a la ciudad, el gorila se escapa en medio de la ciudad, sube a un rascacielos y es abatido por unos aviones.

Aunque esa estructura se mantenga en esta película, es cierto que el director aplica algunas mejoras. Por ejemplo, en esta ocasión Jackson dedica mucho tiempo a profundizar en las emociones de los personajes y en los motivos que les hacen embarcarse en esta aventura y esto es gracias también a la larga duración de la cinta, 187 minutos (200 minutos la versión extendida), convirtiéndola en la película más larga de toda la franquicia o saga. También el director aprovecha los fantásticos efectos especiales que tiene a su disposición para que la estancia en la isla dure más tiempo que en las anteriores películas (más de hora y media del metraje), haciendo que nuestros protagonistas no dejen de encontrarse con un sinfín de especies cuyo único objetivo es comerles.

En este sentido, destaca sobre todo la pelea de Kong con tres simpáticos Tiranosaurios que quieren compartir al personaje de Naomi Watts pero claro, Kong es monógamo y no está por la labor de compartir a su chica…

Y uno de los fallos es precisamente ese, que vuelven a humanizar a Kong en exceso en muchos momentos de la película provocando escenas absurdas como por ejemplo a mitad de película cuando el personaje de Naomi Watts empieza a actuar delante de Kong como si fuera un vodevil mientras Kong se ríe viendo como esta se cae al suelo hasta que la chica se cansa y le dice a Kong que ya no va a jugar más y claro, se coge un rebote el amigo de aúpa… terminando yéndose enfadado porque no hay más espectáculo. Y no hablemos de esa escena absurda llegando hacia el final de la película en la que Ann y Kong están jugando sobre el hielo como si de una pareja de novios se tratase…

Esto es lo que lastra la película, que no dan a Kong la identidad que merece como por ejemplo sí que hicieron en la película “Kong, La isla Calavera (2017)”, en la que con gran acierto dejaron de lado la relación sentimental entre la chica y Kong era un protector de la Isla Calavera que mataba, desmembraba y se comía a todo bicho viviente que pusiera en peligro el ecosistema de la isla.

Con respecto al elenco de actores, destaca sobre todo Naomi Watts que pone toda la carne en el asador con este papel de actriz fracasada que busca su gran oportunidad para triunfar, lejos de hacer simplemente de chica mona y cobrar el cheque.

Por supuesto, hay que resaltar también el increíble trabajo de Andy Serkis como actor que consigue hacer que nos creamos a ese gigantesco gorila. Es increíble que aún no hayan dado un Oscar a este hombre que gracias a la captura de movimientos nos ha regalado personajes emblemáticos como Gollum en la trilogía de El señor de los anillos o César en la trilogía de El planeta de los Simios. Debe ser que en la Academia no consideran que su trabajo en estos papeles sea equiparable al de cualquier actor que aparece en la película… Una injustica.

Como curiosidad, Peter Jackson cobró por dirigir esta película el mayor sueldo jamás pagado hasta ese momento a un director, la friolera de 20 millones de dólares. Pero claro, hay que recordar que venía de ganar 17 Oscars de la Academia por su trilogía de El señor de los anillos.

Como decía al principio, el cariño y la admiración que sentía el director por la película original del año 1933 es tal que quiso dejar un montón de referencias a la misma en esta película, como por ejemplo: que los Tiranosaurios tengan tres dedos (es lo que se creía en el film del 33), que la cámara que lleva Denham durante toda la cinta es una réplica de la que se usó para rodar la original, la música que suena cuando presentan a Kong en el teatro es la misma partitura que se usó en la versión del 33 y, para terminar con estas referencias, el proverbio antiguo que recita Denham en el teatro fue el prólogo de la cinta original: “Y la bestia contempló el rostro de la bella, y la bella le detuvo la mano y desde aquel día fue como si hubiera muerto”.

En conclusión, estamos ante una película muy entretenida que ha envejecido estupendamente gracias a unos efectos especiales sobresalientes y un Andy Serkis que una vez más hace posible lo imposible: que creas que Kong es real. Sin embargo, la película no propone nada nuevo y vuelve a repetir la fórmula existente desde hacía 72 años, humanizando en exceso a Kong que en esta ocasión es aficionado al vodevil y al patinaje sobre el hielo. Para ser justos, también juega en su contra que exista “Kong, La isla Calavera (2017)”, en la que sí que hacían una propuesta más seria, dejando de lado muchos de los arquetipos que lastraban las anteriores películas.

Rubén Arenal

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Modificado por última vez en Viernes, 01 Febrero 2019 14:26
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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