El Jovencito Frankenstein ★★★★

Crítica de la película El Jovencito Frankenstein de Mel Brooks

La mejor comedia de Mel Brooks

En el año 1974 Gene Wilder, que venía de encadenar dos fracasos en taquilla pero que había salido bien parado de la película de Woody AllenTodo lo que quiso saber sobre el sexo”, decidió sacar adelante un boceto de guión que había escrito parodiando la historia de Frankenstein. Cuando decide enseñar el guión a su agente, este le dice que tiene dos actores que encajan perfectamente en los papeles de Igor (Marty Feldman) y el monstruo de Frankenstein (Peter Boyle), a los cuales representaba también este agente.

Y de esta manera hacen llegar el proyecto a Mel Brooks quien rápidamente decide dirigir esta película que se estrenó ese mismo año, en 1974

La película empieza con una conferencia del doctor Frederick Frankenstein (Gene Wilder) ante un grupo de alumnos de medicina en la que se hace referencia a los estudios de su abuelo, quien buscaba reanimar tejidos muertos. Rápidamente, el dr. Frankenstein intenta distanciarse del legado de su abuelo gracias a la pronunciación de su apellido, que sería Frónkostin, y alegando que sus estudios eran “delirios  de una mente enferma”, pero es incapaz de contener su rabia sobre este tema y termina clavándose un escalpelo en la pierna sentenciando: “Señores, la clase ha terminado”.

Justo en ese momento llega un abogado y notifica al dr. Frankenstein que ha heredado el castillo de su abuelo en Transilvania, dando pié a una elipsis que nos lleva a las vías del tren donde vemos al doctor despidiéndose de su  prometida, Elisabeth (Madeline Kahn), quien no quiere que la besen en los labios porque tiene que ir luego a una fiesta y se la corre el pintalabios ni tampoco que la acaricien el pelo porque acaba de salir de la peluquería ni que la abracen porque se arruga el abrigo… dando lugar a una despedida mediante el roce los codos… Surrealista!

Al llegar a Transilvania, nos encontramos con una escena brutal en la que el dr. Frankenstein conoce en la estación a su mayordomo jorobado, Igor (Marty Feldman), quien no entiende por qué el doctor pronuncia su apellido Frónkostin y decide entonces cambiar la pronunciación de su nombre a Aigor, ofreciéndose a llevarle la maleta hasta que ve que pesa como un muerto y al final le lleva el maletín… Será mayordomo pero no es tonto!

Cuando sube al carruaje el doctor conoce a Inga (Teri Garr) que es su atractiva ayudante de laboratorio. Al llegar a la mansión, conoceremos a la misteriosa ama de llaves, Frau Blücher (Cloris Leachman), que cada vez que dicen su nombre relinchan los caballos.

Esa misma noche el dr. Frankenstein e Inga descubrirán un pasadizo secreto dentro de la mansión que les lleva hasta un despacho en el que encuentran un libro del abuelo de Frederick que explica cómo devolver un muerto a la vida, provocando que este doctor decida retomar los estudios de su abuelo.

La película está llena de momentos desternillantes con situaciones completamente absurdas pero con un humor muy inteligente que explota visualmente con el que sin duda es la estrella de la película: Marty Feldman. Puedo asegurar sin miedo a equivocarme que el 90% del éxito que ha tenido El jovencito Frankenstein es gracias a este actor que tiene unos golpes sensacionales y que está completamente desatado durante toda la película.

En otras cintas, es Wilder quien haría ese papel cómico pero aquí está más contenido precisamente para ser el contrapunto de Igor, que no para de liársela al doctor como cuando Frankenstein le pide ir a recoger un cerebro concreto al laboratorio y al final le trae el que a él le da la gana, que no es otro que Anormal, provocando que el monstruo salga un poquito lento de reflejos…

O por ejemplo como cuando Igor se cambia la joroba de sitio, que es una cosa que hizo de cachondeo durante semanas en el rodaje sin que nadie se diera cuenta y, cuando lo descubrirlo, decidieron incluirlo en la película… No me extraña que digan que este fue uno de los rodajes más divertidos en la historia de Hollywood, teniendo que usar los técnicos, cámaras y demás personal pañuelos para evitar reírse mientras estaban rodando, lo que provocaba tener que repetir la escena.

A día de hoy, la comedia de esta película sigue funcionando como un reloj y es gracias a que hay muy pocas o ninguna referencia a personajes o acontecimientos muy concretos de la época, que es una de las cosas que más suelen lastrar una comedida con el paso de los años, provocando que envejezca muy rápido ya que nadie conoce esas referencias. Aquí el humor que vemos es visual o con diálogos muy puñeteros que hacen referencia a lo que estamos viendo en pantalla y eso consigue que la película envejezca tan bien.

Aunque el guión original era de Gene Wilder, Brooks rápidamente empezó a meter mano al mismo, que no era otra cosa que un boceto de cuatro páginas en las que se describía la escena de la estación de tren en la que Frankenstein (Gene Wilder) conoce a Igor (Marty Feldman). Rápidamente empiezan a florecer las primeras diferencias entre director y guionista cuando Wilder le dice a Brooks que en esta película no va a salir, que era una cosa que Brooks siempre hacía en sus películas, rompiendo la cuarta pared. Aunque le concede el deseo a Wilder, sí que participa en la película incluyendo su voz en dos momentos: cuando aúllan los lobos de camino a la mansión y cuando maúlla un gato al fallar Wilder con los dardos. En ambas ocasiones es Brooks quien imita con su voz a esos animales, así que en cierta parte se salió con la suya.

Una de las cosas que más controversia creó en su momento al productor y a los estudios era que la película iba a ser filmada en blanco y negro, una  forma de grabar que ya no se utilizaba desde hacía tiempo y que pensaban que provocaría rechazo en los espectadores a la hora de acudir a ver la película. Sin embargo, Brooks se mantuvo firme asegurando que “O se hace como yo quiero, en blanco y negro, o me voy de la película”. Finalmente, los estudios cedieron y a día de hoy hay que reconocer que Brooks tenía razón: la película en blanco y negro gana enteros, acercándola en cierta manera al cine clásico, haciéndola más hermosa y recordando visualmente al Frankenstein original (1931).

Una de las curiosidades de esta película es que, cuando Mel Brooks preguntó a Ken Strickfaden (el técnico que diseñó los efectos eléctricos en Frankenstein de 1931) si podía participar en esta película para hacer unos diseños parecidos al original, este aseguró que guardaba los originales en su garaje y estos fueron los que se utilizaron en esta película.

Otra curiosidad que mucha gente no se dio cuenta durante el primer visionado es que aparece Gene Hackman haciendo de ciego y esto se debió a que Wilder y Hackman eran amigos y este le pidió aparecer en la película en un papel secundario porque quería participar en una comedia, y así fue como acabó haciendo de ese ciego torpe que no para de hacerle la puñeta al monstruo de Frankenstein abrasándole la entrepierna con la sopa caliente, quemándole el dedo o rompiéndole la jarra de cerveza…

El famoso baile de Frankenstein con su monstruo (Peter Boyle), estuvo a punto de no rodarse porque Brooks no creía que fuera lo suficientemente buena, lo que provocó una vez más una discusión entre Brooks y Wilder, terminando con la grabación de la escena porque, tal y como le aseguró Brooks: “no creía que la escena fuera lo suficientemente  buena pero al ver cómo la has defendido, tiene que ser buena, así que vamos a hacerla”. Me da a mí que a Brooks le gustaba mucho eso de tocar las narices a Wilder todo el rato…

En conclusión, tenemos una de las mejores comedias de la historia del cine, que a pesar de sus 45 años ha envejecido de maravilla y prueba de ello es que, si a día de hoy la veis por primera vez o incluso por segunda o tercera vez, sigue funcionando como el primer día, consiguiendo arrancarte una sonrisilla con las desventuras de este doctor Frankenstein y con unas diálogos sensacionales. No se me ocurre mejor manera de cerrar esta crítica que diciendo:

  • Frau Blücher!!!!!
  • Iiiiihhhhiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!

Rubén Arenal

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Revista ACCION

Modificado por última vez en Jueves, 07 Febrero 2019 09:12
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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