Rocky ★★★★

Crítica de la película Rocky

El despegar de Stallone y el nacimiento de uno de los personajes más queridos del cine

En el año 1976 Sylvester Stallone era un perfecto desconocido, un joven que soñaba tanto con convertirse en actor de cine que para pagar sus clases de arte dramático tuvo que participar en una película porno al sólo quedarle 20 dólares en el bolsillo. Hablando en plata, vivía en la más absoluta miseria ya que, como aseguró el propio Stallone más adelante, el apartamento en el que vivía Rocky en la película (que era un cuchitril) era mucho mejor que el suyo e incluso tuvo que vender su perro por 25 dólares, tal era su situación por aquel entonces. Pero ya se sabe, América es la tierra de las oportunidades, el lugar en el que los soñadores persiguen ese inalcanzable ideal conocido como “el sueño americano” y eso mismo hizo Stallone.

Empezó como extra en películas y series como Bananas (de Woody Allen), Carrera de la Muerte 2000 o por ejemplo en Kojak y rápidamente empezó a bocetar guiones hasta que el 24 de Marzo de 1975 presenció el combate entre el gran Muhammad Ali y Chuck Wepner, pelea que dominó Ali en todo momento pero, en el noveno asalto, Chuck golpeó a Ali, consiguiendo derribar al campeón, quien inmediatamente se levantó para seguir con el combate para continuar dándole a Wepner la paliza de su vida. No sé si cayó por el golpe o por inestabilidad pero lo cierto es que cayó y eso dio la idea a Stallone para escribir el guión sobre un boxeador que fuera totalmente desconocido, un don nadie al que nadie toma en serio pero que fuera capaz no sólo de derribar al campeón sino que, además, aguantar los 15 asaltos, demostrando a todo el mundo que no era uno más del montón.

En sólo tres días preparó el guión de Rocky, un guión que encantó a los productores pero había un problema, que no querían a Stallone en la película pero el actor se negaba a soltar el caramelo porque sabía que era tal el potencial de ese guión que se aferró a él con todas sus fuerzas, a sabiendas que si se deshacía de él se arrepentiría toda la vida. Los productores, convencidos de que podrían convencer a Stallone de soltar el guión con ayuda de un cheque que el actor necesitaba más que el comer, pensaron en varios actores para interpretar al púgil más famoso de Filadelfia: Ryan O´Neail, Burt Reynolds, James Caan o Robert Redford fueron algunos de los candidatos. Le ofrecieron a Stallone 300.000 dólares para que se saliera de este proyecto, cantidad que le resolvía la vida en aquel momento, pero nada lo convenció. Finalmente, accedieron a darle el papel principal a cambio de pagarle tan sólo 35.000 dólares por el guión.

Y así llegamos a esta maravillosa película dirigida por John G. Avildsen (Karate Kid, Rocky V, Van Damme´s Inferno...) que a muchos puede engañar pensando que van a ver una gran espectáculo de boxeo pero nada más lejos de la realidad, el boxeo es lo menos importante en esta historia ya que la trama gira en torno a esa historia de amor entre esos dos perdedores que son Adrian (Talia Shire) y Rocky (Sylvester Stallone) quien, llegado el momento, se presenta ante él la oportunidad de demostrar a todos que no es un perdedor más del barrio. Y en ese barrio también está Paulie (Burt Young), el hermano de Adrian que es un facineroso y se comporta como un auténtico déspota con su hermana a quien humilla constantemente y, curiosamente siendo esta una película de “boxeo”, las escenas más duras o que producen mayor rechazo al espectador son las protagonizadas por Paulie con su hermana, a la que maltrata constantemente.

Mientras la vida de estos personajes va evolucionando durante la película, vemos por detrás de Rocky la figura de Mickey (Burgess Meredith), el dueño del gimnasio donde Rocky entrena de vez en cuando, un anciano ex-boxeador que incluso llegó a medir guantes con el mismísimo Rocky Marciano. Será quien más caña le dé a Rocky tratándolo como un auténtico perdedor al reconocerle que tenía talento para llegar a ser un gran boxeador pero que, en lugar de eso, se ha convertido en el matón de un prestamista de tres al cuarto (Tony Gazzo, interpretado por Joe Spinell), asegurándole que ha desperdiciado su vida y su talento, porque claro, Rocky se gana la vida cobrando a morosos por las calles de Filadelfia bajo la amenaza de romperles los dedos (que es lo que le ordena Gazzo) si no le pagan pero, en cambio, tiene tanto corazón y es tan inocente que no le pagan y encima les da consejos y cuando le ofrecen el abrigo como pago lo rechaza para que ese pobre hombre no se muera de frío. Este es uno de los grandes aciertos de Rocky, haber conseguido crear un personaje que es un perdedor, que hace lo que sea para sobrevivir aguantando las burlas y humillaciones de sus vecinos pero con un corazón tan grande que es imposible que el espectador no caiga rendido ante él. Algo que también pasaba en Acorralado (1982), que a pesar de todo, el espectador queda prendado del personaje de John Rambo, víctima de la guerra y de un país que le da la espalda a su regreso a casa, y que sólo quiere que le dejen en paz caminando por la carretera como un fantasma.

La película empieza con ese combate de Rocky que es tan penoso que incluso el público les está tirando basura al escenario hasta que su contrincante le da un cabezazo y Rocky, enfadado por ese “golpe bajo”, arremete como una mala bestia, completamente fuera de sí, noqueando a su oponente y ganando la pelea. Ya en ese momento decimos: “cuidado, que Rocky parece que está sonao pero como se enfade y empiece a repartir se queda sólo”.

Esa fiereza que demuestra Rocky dentro del ring contrasta con la ternura y sensibilidad con la que se relaciona con Adrian, otra de esas personas que parece que desde su nacimiento están predestinadas a no ser nada en la vida, atada a esa miserable vida en ese barrio decadente y, lo peor, atada a vivir con su hermano Paulie quien no para de echarla en cara que todo se lo debe a él. Rocky y Paulie son amigos y es este quien ayuda a Rocky a conseguir una cita con su hermana, algo que más adelante el mismo Paulie les echará en cara en una escena muy dura en la que, con un bate de beisbol, Paulie empieza a destrozar su casa recriminando a su hermana que no le trate mejor con lo mucho que él a echo por ella e incluso la recrimina que ya no es virgen porque se ha acostado con Rocky… Lo dicho, un pobre diablo que para sentirse mejor consigo mismo necesita humillar a su hermana y hacerla sentir una perdedora.

Cuando el actual campeón de los pesos pesados, Apollo Creed (Carl Weathers), quiere hacer una pelea de exhibición en la que dará la oportunidad a un boxeador desconocido de conseguir el título, algo que parece completamente imposible de conseguir o eso es lo que Creed cree cuando elige al Potro Italiano, que no es otro que Rocky Balboa, un boxeador zurdo, algo que no le gusta a su entrenador, Duke (Tony Burton). Rocky acepta la oportunidad a regañadientes (primero la rechaza), siendo el único que se da cuenta del lío en el que se está metiendo, es decir, se va a subir al cuadrilátero con el campeón de los pesos pesados para que le den la paliza de su vida.

Es entonces cuando la película da un giro y Mickey, quien había dado la espalda a Rocky al considerarlo un perdedor, acude a su casa para “venderse” hablando de sus éxitos de antaño cuando era boxeador y ofrecerle su ayuda para entrenarlo de cara al gran combate, algo que enfurece a Rocky y da lugar a una escena brutal en la que explota y saca toda la rabia, las humillaciones y las malas contestaciones que lleva aguantando años para dar lugar a otra escena que es sensacional de reconciliación entre ambos personajes que sería inquebrantable durante toda la saga.

Toda la ciudad de Filadelfia se vuelca con su nuevo héroe: Gazzo le da dinero, Paulie consigue que la fábrica de carne en la que trabaja le dejen entrenar con los pedazos de carne congelados (situación que se origina en otra escena anterior en la que Rocky, por no partirle la cara a Paulie al interrogarle sobre sus relaciones íntimas con su hermana, le rompe las costillas a un trozo de carne colgado de un gancho como diciéndole a Paulie: no me toques las narices que puedo hacerte esto…), e incluso esta fábrica de carnes le regala una bata para asistir al combate, el cual consigue ser una auténtica batalla épica, muy bien coreografiada en la que el único objetivo de Rocky es aguantar los 15 asaltos, demostrando de esa manera que no ha sido “otro idiota del montón”.

La música a manos de Bill Conti es sensacional, épica desde el principio cuando aparece el título de la película, con melodías preciosas durante toda la cinta que hace que sea inolvidable y ni que decir tiene las escenas de entrenamiento de Rocky o la pelea final donde la música juega un papel esencial. Creo que hasta Rocky 4 la música de la saga ha conseguido ser icónica dentro del cine, a partir de ese momento, no consigue destacar las nuevas que fueron incorporando pero canciones como Gonna fly now, Going the distance, Rocky´s reward (preciosa), The edge of the tiger, No easy way out, Mickey, Hearts on fire… son míticas… Qué buena banda sonora tiene esta saga!

La película se alzó nada menos que con tres Oscars de la Academia a mejor película, mejor director y mejor montaje, abriendo camino a nuevas secuelas que poco a poco han ido dando de lado al drama que había en esta primera película para ser cada vez más espectáculo, algo que parece estar resolviéndose con bastante buen acierto en las últimas dos películas (Creed y Creed 2).

En definitiva, estamos ante una magnífica película cargada de drama, de amor, con pocas escenas de acción a pesar de parecer que es una película de boxeo. No sólo consiguió ser un taquillazo consiguiendo recaudar más de 220 millones de dólares sobre el millón que costó su presupuesto, sino que además consiguió crear unos personajes emblemáticos con luces y sombras que hacen imposible no encariñarse con ellos, incluido Paulie, lo cual ya es bastante meritorio.

 

 

 

 

 

Rubén Arenal

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Revista ACCION

Modificado por última vez en Viernes, 19 Abril 2019 12:05
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Rubén Arenal

Nací en Cantabria en 1987 y uno de los primeros recuerdos de mi infancia es estar con cuatro años en la sala de cine viendo La bella y la Bestia (1991) con mi padre. Pasaron los años hasta que una noche vi en televisión Lawrence de Arabia y recuerdo que tras ver la película quedé extasiado. Desde entonces, el cine dejó de ser un entretenimiento y se convirtió en una herramienta con la que aprender y crecer como persona, ya que considero que una película tiene la capacidad de arañarte por dentro y dejarte cicatrices: algunas son superficiales y se curan con facilidad y, otras, te acompañan de por vida. Después de tantas “cicatrices”, decidí escribir sobre cine para contar mis experiencias tras ver una película y mostrar las “cicatrices” que me han dejado las mismas.

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