Crítica de la película Adú

Salvador Calvo filma una emotiva película, sobre un niño que tiene que escapar de su país de origen con su hermana

Adú es ante todo una obra necesaria, máxime en un mundo en el que el fenómeno migratorio es satanizado por muchas de las fuerzas políticas que campan en Europa y el resto del planeta. De las concertinas de Melilla a las odiseas iniciadas en lugares en los que la muerte está en cada esquina y pueblo, el filme presenta distintos escenarios y posturas personales, frente a lo que supone reflexionar sobre la inmigración ilegal.

A modo de mosaico coral, el guion se compone de tres historias, entrelazadas por las circunstancias y la casualidad. La primera tiene lugar en Melilla, donde un grupo de guardias civiles es sometido a juicio, por la muerte de un refugiado que pretendía saltar la valla -coronada con alambre de espino- que separa España de Marruecos. El segundo relato transcurre en África, y lo protagoniza un activista en favor de los animales, que intenta preservar la vida de unos elefantes, amenazados por los cazadores furtivos y los tratantes de marfil. Y por último, aunque no por ello la menos potente, está la trama que da título al largometraje, y que la lidera la mirada deslumbrante de un niño llamado Adú, que debe huir de su lugar de origen con su hermana, después de la muerte de su madre a manos de una organización criminal.