Sacha Baron Cohen vuelve a dejar su impronta en un ejercicio de humor egocéntrico en toda regla, con un sentido perverso de la comedia escatológica, que canibaliza todos los planos y secuencias.

Hay algo en las películas protagonizadas por el actor de Borat que recuerda vagamente a los legendarios Jerry Lewis y Marty Feldman, aunque en una variante mucho más escandalizadora que la de los citados. Cohen es un hombre que tiene la necesidad compulsiva de exteriorizar en cada gesto que él es un tipo gracioso, dispuesto siempre a provocar las risas ensordecedoras de la totalidad de los espectadores que degustan sus obras. En este sentido, Agente contrainteligente sigue con fidelidad el modelo que el británico ha moldeado desde Ali G., sin importar lo forzadas que estén las situaciones o la incongruencia del guion que desarrolla la casi inexistente trama.

Fútbol al estilo hooligan, sexo de garrafón, chistes de pub regados en alcohol y nada de reservas a la hora de plantar gags hasta en los asuntos más insospechados hacen de la historia de Nobby y Sebastian un escaparate voluntariamente dislocado, donde la estrella de El dictador luce sus armas sin dejarse el más mínimo pudor en el armario.