Floja e innecesaria prolongación de una saga con pocos recursos para inquietar.

A ver, ya cuando se estrenó en su momento, y por comparación con otras propuestas del mismo género de terror de esa etapa, piensen en El exorcista o La profecía, la peripecia de la casa encantada supuestamente basada en “hechos reales” que proponía Terror en Amityville se quedaba por debajo de las mismas a la hora de producir verdadera inquietud, miedo de ese que te llevas a casa cuando sales de la proyección y que sigue dando vueltas por tu cabeza mientras te saltan en la memoria, como minas ocultas, planos o secuencias especialmente espeluznantes que has visto en el cine horas antes. Amityville tenía a favor el despliegue promocional de ser “suceso” paranormal referenciado como icónico para los aficionados al asunto, pero para el común de los mortales, aquella película de Stuart Rosenberg era eficaz pero ni mucho menos tan perturbadora como las otras dos citadas, que sin duda marcaron la década de los setenta. Por otro lado tampoco tenía la cualidad de festivo parque de atracciones de sustos que había de tener pocos años después Poltergeist, más dotada de medios (ésta última había costado unos 10.700.000 dólares frente a los 4.700.000 de Amityville), y con producción –y según algunas fuentes dirección de varias secuencias- de Steven Spielberg.