Wes Anderson en su película más política, mejor que El fantástico Mr. Fox.

Sorprende, en positivo, la manera en la que Wes Anderson traslada sus claves como cineasta con total flexibilidad y eficacia desde el cine en imagen real a la animación en Isla de perros, que en todos los aspectos me parece mejor y más completa que su anterior incursión en este mismo territorio,El fantástico Mr. Fox. Ello se debe, sospecho, sobre todo después de ver Isla de perros, a que en cierto modo sus películas de imagen real son en realidad películas con vocación de cine de animación. Los decorados, personajes y muchas secuencias de películas como Life Aquatic o El gran hotel Budapest, por citar solo dos de las más evidentes pruebas en este sentido, así lo testimonian. No es imposible en absoluto imaginarse a todos esos actores de carne y hueso transformados en criaturas de animación. Y del mismo modo, recíprocamente, no cuesta mucho imaginarse a cada uno de los perros que habitan su último trabajo con los rostros de los actores que han puesto mucho más que sus voces para darles vida. De modo que el concepto de trabajo con la animación es finalmente tan elocuentemente “de autor” en el caso de Wes Anderson como el resto de sus películas desplegadas en el territorio de las películas en imagen real. Tanto monta, monta tanto. En eso también ha conseguido diferenciarse el director de otros cineastas que cultivan la animación.