Crítica de la película Mamma Mia: Una y otra vez

Buena secuela musical, en algunos aspectos incluso superior a la original. Los fans de ABBA y del musical Mamma Mia están de enhorabuena con esta secuela que ofrece más música del grupo sueco y una profundización en el universo creado para el musical. Y los fans de la película, con la vuelta de todo su reparto al completo más alguna incorporación de lujo, también deben estar de celebración. Además porque era muy sencillo equivocarse, hacerlo mal completamente, caer en errores de secuelas y segundas partes varias. La mayor parte del tiempo no lo hace, y así, Mamma Mia Una y otra vez, se convierte en una más que digna película musical. Secuela, sí, pero con identidad propia y con su propia forma de acercarse a los personajes.

Se nota la mano del gran Richard Curtis, ausente por completo en la primera película, para dar nueva vida a la historia. Mamma Mia fue un éxito, pero bebía demasiado de su versión musical, dejando poco o nada como elemento cinematográfico. Era el musical, pero con muy pocos elementos propios personales, más allá de su genial reparto. No había nada realmente único. Que la autora del libreto lo fuese del guión también, explica esa situación. Aquí el guión, basado en una historia de Curtis, corre a cargo del ol Parker, el autor de los guiones de la saga Hotel Marigold. El humor brilla en la película, más que en la anterior. El tono de autoparodia, las ganas de todos de reírse de sí mismos… Todo funciona a la perfección.

En ese sentido es mejor, igual que en lo visual. La película parece tener más presupuesto, pero también más recursos visuales por parte de su autor. El hecho de que sean dos historias en realidad, presente y pasado, ayuda al uso de más colores y a sacar la historia de la pequeña isla para hacerla recorrer mundo de forma acertada. A eso hay que sumar un reparto sensacional, que incorpora nombres como Lily James, Cher o Andy García. Tanta estrella hace que alguno tenga menos tiempo en pantalla de lo deseable, y que alguna historia secundaria pierda fuerza. Pero con tanto talento en el reparto, con casi todos ellos cantando de forma maravillosa, el éxito parece garantizado.

La película prefiere emplear canciones del grupo ABBA mucho menos conocidas, exceptuando un par de temas, que repetir todo lo escuchado y cantado en la primera película (alguna sí, se repite, pero tiene su lógica). Los problemas son de guión con la película. Hay considerables agujeros en las tramas tanto del presente como del pasado, y se nota que tiene dos películas que quiere contar en una sola, lo que limita una de las historias, mucho menos potenciada que la otra. Necesitaba un guión más elaborado en lo dramático, que no quedase tan cojo ni diese tantas vueltas (musicales o no) alrededor de lo mismo. Podía ser mejor, claro, pero es una digna secuela. Superior a la original, sin lugar a dudas, aunque no sea perfecta.

Jesús Usero

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Matar al mensajero ***

Noviembre 11, 2014
Inteligente guion sobre la investigación de un periodista de raza llamado Gary Webb. La película es como un manual activo sobre los problemas de un informador para sacar adelante una historia demasiado polémica.

Ver el nombre del neoyorquino Michael Cuesta encabezando los títulos de crédito de este filme no resulta nada extraño. El director de la serie Homeland es un experto en levantar reflexiones sobre las manipulaciones de los organismos gubernamentales, y la historia de Gary Webb fue básicamente eso.

Enrolado en el poco glamuroso San José Mercury News por distintos tumbos y conflictos con jefes de redacción apoltronados en sus despachos, Webb era un trabajador incansable, con un instinto para la noticia muy por encima de sus compañeros de cabeceras de tiradas millonarias, tales como The L.A. Times o The Washington Post. Así dio con el scoop aparentemente inofensivo, y sin peso para la mayoría de sus colegas, de un narcotraficante en cuyo juicio había implicaciones sospechosas de la C.I.A.

A partir de ahí, Gary consiguió establecer una relación bastante complicada entre el tráfico de drogas en Estados Unidos y la agencia de espionaje norteamericana más importante de la nación. En concreto, sus sospechas establecían que las autoridades compraban grandes cantidades de heroína y cocaína para introducirlas en el territorio de las barras y estrellas. Operación que proveía de dinero negro para la compra de cargamentos de armas con destino a la Contra nicaragüense.

Cuesta afronta los hechos desde la perspectiva de un thriller montado como si fuera un fastuoso mecano de revelaciones sorprendentes, en el que cada pieza es esencial para componer la figura resultante. Sin obsesionarse con identificar documentalmente todos los pasos seguidos por el protagonista, la película funciona en la misma línea en la que lo hacían producciones del estilo de Todos los hombres del presidente y El informe Pelícano. Siempre avalada por una trama altamente emocional, en donde la conexión con el periodista solitario es tan sólida como una roca.

En este terreno, la adrenalítica interpretación de Jeremy Renner (quien encarna a Gary Webb) se atisba como necesaria para establecer la demandada empatía con el espectador. La estrella de El legado de Bourne diseña un personaje en continuo movimiento, espoleado por sus ansias en la búsqueda de la verdad (o lo más parecido a ella). Aunque el resto del elenco también contribuye para que la tarea del protagonista llegue a las metas planteadas. Un cuadro dramático que incluye nombres tan carismáticos como el de Paz Vega, Andy Garcia, Michael Sheen o Ray Liotta.

Sin embargo, un elemento contribuye a que los efectos de Matar al mensajero se queden por debajo de otros títulos con similar factura. Y este se centra en la imposibilidad del libreto para dotar de peso efectivo a los papeles secundarios. Dentro del organigrama proyectado por Cuesta, queda muy claro que Webb es el auténtico leitmotiv, pero no habría estado de más que prestara mayor atención a la galería de implicados; ya que esa suele ser la fórmula ideal para lograr una obra mucho más contundente y demoledora.

Jesús Martín

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