Crítica de la película Annabelle vuelve a casa.

Más que aceptable dentro de la miríada de secuelas, precuelas y spin offs de Expediente Warren.

Por encima de su primera entrega, pero todavía inferior a Annabelle Creation, que mostraba el nacimiento de este monstruo que forma ya parte de los iconos del cine de terror. No podía ser menos, si de una forma u otra la película ya ha aparecido en un buen puñado de películas, y además de su papel protagonista en su trilogía, tenía uno muy importante en Expediente Warren. El público todavía no se ha cansado de ella, así que puede seguir dando miedo un tiempo más. Y ahí reside la clave del buen hacer de la historia. No cansa al espectador pese a conocer a la muñeca a la perfección.

La historia nos presenta de nuevo a los Warren en esta ocasión, tiempo antes de la primera película, justo cuando entra en su poder la muñeca Annabelle, la maldita figura poseída por un demonio que lleva aterrorizando a la gente desde los años cuarenta. A través de la llegada a la casa, aparecen las auténticas protagonistas, McKenna Grace, sustituyendo a Sterling Jerins como Judy Warren, la hija del matrimonio, y su niñera, Mary, interpretada por Madison Iseman. Juntas tendrán que sobrevivir cuando la muñeca, convertida aquí en un faro para otras almas y espíritus, decida hacer de las suyas. Porque ya sabemos que lo que viene con Annabelle no son precisamente fantasmas que quieren volver a casa. Son almas condenadas con muy malas pulgas y muchas ganas de hacer daño.