Crítica de la película Bailando con lobos  

La ópera prima de Kevin Costner como director y, a su vez, su gran obra maestra

En 1990 se estrenó Bailando con Lobos, la opera prima como director de Kevin Costner y lo que nadie se esperaba en ese momento es que esta película fuera tan rematadamente buena, consiguiendo nada menos que siete Oscars de la Academia a mejor película, director, guión, montaje, banda sonora, sonido y fotografía… Esto sí que es entrar en el Olimpo de los directores por la puerta grande!

Cuando Michael Blake, quien era amigo de Costner, le paso un día unas páginas con un western con tintes crepusculares y con una historia atípica, Costner quedó encantado, instando a su amigo a escribir una novela que vería la luz en 1988 y sobre la cual se basó esta película. Una de los cosas que llamaban la atención de este film en su momento es que los indios eran tratados como héroes, cargados de innumerables valores y, sin embargo, los americanos no dejaban de ser esos invasores blancos que arrasaban con todo allí por donde pasaban, siendo totalmente irrespetuosos y desalmados (tomen como ejemplo lo que pasa al final de la película con el diario del teniente Dumbar… y no es un spoiler).

A finales de la Guerra de Secesión (1861 – 1865), el teniente John Dumbar (Kevin Costner) no está en su mejor momento, con una apariencia muy dejada y con una pierna herida, que está empezando a gangrenarse, motivo por el cual el doctor del campamento decide que hay que cortarle la pierna pese a las suplicas del teniente de no hacerlo. Aprovechando que el doctor ha salido a descansar unos minutos, Dumbar decide morir antes de que le corten la pierna, así que se sube su caballo y empieza a hacer varias carreras delante de las filas enemigas, provocando que todos le disparen y que sus compañeros, su ejército, se animen de nuevo a combatir por el acto heroico de Dumbar, consiguiendo ganar esa batalla. Cuando el General lo felicita por su hazaña, Dumbar le pide que por favor no le corten la pierna.