El consejero *****

Noviembre 24, 2013

El consejero, una de las mejores  y más literarias películas de Ridley Scott, asentada en uso clásico del diálogo y los actores.

Ridley Scott se asocia con Cormac McCarthy, uno de los mejores escritores norteamericanos de la actualidad, y comprensiblemente el resultado es una de sus películas más literarias, en el buen sentido del término. Quiero decir que es literaria pero sin dejar de ser plenamente cinematográfica. De hecho, esa naturaleza literaria la lleva a potenciar las secuencias asentadas sobre diálogos, plano contra plano, entregando todo el poder y el peso dramático a los actores, pero al estilo del cine negro clásico, recuperando y mejorando claves estéticas y narrativas poco habituales en el cine de nuestros días, aunque las mejores series de televisión saben sacarles un excelente partido. Posiblemente muchas de las personas que dicen no haber entendido qué quería hacer el director en esta película habrán aplaudido un ejercicio similar en producciones de las mejores series de la pequeña pantalla. Lo que me lleva a pensar que lo que puede ocurrir es que la gente acuda a ver El consejero esperando tropezarse con una especie de Gladiator o Alien y se pegue la sorpresa de que esta película está más en la línea de Red de mentiras y American Gánster, películas con las que podría formar fácilmente una trilogía bien avenida de distintas visiones de Ridley Scott sobre esa otra realidad que nos rodea compuesta por las tramas de espionaje y las tramas mafiosas.

El consejero debería ser saludado como una de las mejores muestras que alianza entre el cine y al  literatura que ha dado el cine. Y crean que no hay muchas. Se cuentan con los dedos de la mano las películas que manteniendo  una fidelidad a lo literario consiguen desarrollarse como cine de pleno derecho con toda la personalidad visual que requiere la narración cinematográfica. Un ejemplo sería Matar un ruiseñor, con la que en 1962 Robert Mulligan adaptó a la pantalla grande la novela de Harper Lee. Otros ejemplos serían varias películas del director que me atrevo a señalar como el mejor adaptador al cine de obras literarias: John Huston. Así lo demuestran películas como El halcón maltés (1941), sobre la novela de Dashiell Hammett, La jungla de asfalto (1950), de la novela de W.R. Burnett, La noche de la iguana (1964), de la obra teatral de Tennessee Williams, Bajo el volcán (1984), de la novela de Malcolm Lowry, Sangre sabia (1979), sobre la novela de Flannery O´Connor, o Dublineses (1987), de James Joyce. Dado que no es fácil que el cine respete tanto a al literaturas como en estas ocasiones, sino más bien todo lo contrario, creo que El consejero, que tiene en común con las citadas esa personalidad literaria, debería ser tenida también muy en cuenta por quienes siguen siendo lectores ávidos y sin duda reconocerán en sus diálogos largos y sus personajes que se expresan más por la palabra que por la acción, las características de buena literatura que Cormac McCarthy aporta a este su primer guión para el cine.

Pero esa naturaleza literaria no impide que la película incluya también escenas de acción que opino se encuentran entre las más inquietantes que pueden verse en la filmografía de Ridley Scott. Lo que ocurre es que están astutamente dosificadas para organizar un puzle con las secuencias de diálogos largos, de manera que nos conducen por una espiral creciente de suspense que desemboca en el momento terrible final, preludiado por esa larga conversación telefónica del protagonista, interpretado por Michael Fassbender, con el jefe del cartel al que da vida Rubén Blades. Quienes hayan leído novelas de Cormac McCarthy encontrarán muy familiares tanto la construcción como el desarrollo de situaciones, diálogos y personajes en este guión del escritor, que opino ha encontrado en Ridley Scott un fiel aliado para este traslado de las claves de su literatura a la escritura para el cine. El reparto, en su mayoría, consigue moverse en esa clave que sigue la pista a los personajes creados por McCarthy para sus novelas. Son los gestores de esas largas escenas de diálogo que construyen el ritmo de intriga del relato caminando hacia el trágico final. Difícil encontrar una película que deje en reposar sobre los hombros del actor tanta responsabilidad en la administración del ritmo de la película. Puede observarse sobre todo en lo referido a las escenas que comparten Michael Fassbender con Javier Bardem y con Brad Pitt. Quienes comparan ese protagonismo de los diálogos largos y el juego de actores en plano contra plano, un abordaje visual que Scott consigue actualizar de manera sutil imponiendo su propio estilo a la puesta en escena, con el cine de Quentin Tarantino anda algo despistado. El abordaje de Tarantino y el de Scott son completamente distintos, dos caras de una misma moneda, si ustedes quieren, pero dos caras distintas. En Tarantino el diálogo se alarga buscando un efecto más circense desde las palabras, quiere busca en el espectador el estímulo de lo imprevisto, la chispa del chiste callejero, una variante del colegueo cotidiano que nos acerca a los personajes. La manera de utilizar los diálogos para acercarnos a los personajes en El consejero de Ridley Scott no es una aproximación festiva al asunto como la que aplica Tarantino, sino un ritual de catarsis más sutil y envolvente, como la de una serpiente hipnotizando a su presa, que nos conduce al epicentro de una pesadilla y oficia como pórtico para una bajada a los infiernos. Sin tono festivo. Sin chistes ni chascarrillos. Tan inquietante como su resolución final, que por eso es tan reveladora de la verdadera naturaleza del mundo y la sociedad en la que nos movemos y cómo se maneja el poder en el seno de la misma, aunque no queramos darnos cuenta. Los largos diálogos de Tarantino son una celebración, una fiesta de fuegos de artificio frente a los diálogos de McCarthy y Scott en El consejero, que básicamente son un réquiem.

Bienvenidos a una visión del infierno que sospecho disfrutarán más los amigos de seguir frecuentando la lectura como forma de ocio.

Miguel Juan Payán

©accioncine

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Noche y día ★★

Julio 15, 2010

Crítica de la película Noche y día

Sanfermines y patios andaluces. Así podría haber titulado este comentario de la locura de verano que protagonizan Tom Cruise y Cameron Díaz con el título de Noche y día. El astro de Hollywood vuelve a vérselas con la acción en una película donde la geografía española queda empaquetada en un “todo en uno”, o “todo a la vez”, en plan puzzle con las piezas cambiadas de sitio, como ya le ocurriera cuando mezcló fallas valencianas y Semana Santa sevillana en Misión imposible II, pero eso no es sino una anécdota en el esquema de esta colección de secuencias de acción levemente adornado como relato romántico que funciona como una especie de sucesión de trailers trufados de momentos espectaculares.

He escrito a propósito “locura de verano” porque creo que este término define muy bien un tipo de cine de acción cocinado específicamente para estas fechas de evasión y descanso que en el calendario vienen marcadas como vacaciones y en las que el tiempo libre cobra un protagonismo muy especial sobre todo entre el público infantil y juvenil.

Siguiendo la tradición de películas como Tras el corazón verde, La joya del Nilo, Señor y señora Smith o Seis días y siete noches, lo que propone Noche y día es simple cine de evasión, sin complicaciones, ni siquiera en su argumento. Los artífices de la película han citado como influencia referentes más “ilustres”, por decirlo así, como Charada o Arabesco, clásicos del cine de espías (mejor la primera que la segundas), pero están más cerca de estas otras propuestas más sencillas. Algo de su argumento puede hacernos pensar también, salvando todas las distancias que ustedes quieran, en una especie de eco lejano a modo de versión resumida y acelerada de Con la muerte en los talones, pero con Díaz en el papel de Cary Grant.

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En  todas las películas citadas la clave son los actores más que la acción, y más concretamente la química que sean capaces de desarrollar entre sí los integrantes de la pareja protagonista. Eso se da también en Noche y día. Cruise y Díaz tienen buena química, no cabe dudarlo, mejor por ejemplo de la que se daba entre Harrison Ford y Anne Heche en Seis días y siete noches o la que se estableció entre Gregory Peck y la reina mora Sofía Loren en Arabesco, pero les falta algo para llegar a alcanzar las cotas de complicidad que se daba entre Michael Douglas y Kathleen Turner en Tras el corazón verde, y andan más distanciados de lo conseguido por el dúo absolutamente mágico que formaron Cary Grant y Audrey Hepburn en Charada.

Quizá no se trata tanto de la química de los dos actores, como de la manera en que ésta es explotada por el guión y el diálogo, que no acaban de sacar el mejor partido posible de sus dos protagonistas. En todo caso, hay que decir que, también a consecuencia del guión, Cameron Díaz tiene un papel que le permite desenvolverse de manera más completa que Cruise, más atado al tópico y que por ello realiza un encomiable esfuerzo por darle un aire algo enloquecido y bromista a su personaje, luchando contra un guión que comete el error de no explotar convenientemente esa faceta más gamberra del mismo. Algo más de caos y locura le habría sentado bien a este espía, que no obstante Cruise intenta implementar a través de su interpretación con algunos toques que le alejen siquiera un  poco de sus antecedentes en la saga Misión imposible, si bien persisten en la película algunos elementos visuales cogidos sobre todo de la tercera entrega de la misma, dirigida por J.J. Abrams (un ejemplo: la toma que muestra la pelea dentro del avión a través de las ventanillas del mismo nos trae ecos de numerosos planos similares en la serie Alias, creada por ese mismo director, guionista y productor, lo cual, dicho sea de paso, nos da una idea de por dónde pueden ir los tiros en la próxima entrega de Misión Imposible que Cruise prepara para 2011 con Abrams).

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Desde el punto de vista del argumento estamos ante una variante de la típica fábula de féminas solteras y profesionalmente competentes que buscan la pareja perfecta atacadas por el síndrome del reloj biológico y convencidas de que se les pasa el arroz,  y por ello comparte muchas características con las comedias románticas que responden a esa misma fórmula. Esa clave es la que quizá ha llevado a hacer convivir secuencias de acción más habituales en el cine para público masculino con un planteamiento de comedia romántica no del todo desarrollado que atiende más al público femenino (la escena con los padres que referencia al espía como “buen chico” es muy reveladora en ese sentido). Quizá por eso se desaprovecha la introducción de algo más de humor gamberro, y aunque Cruise conserva el protagonismo en las secuencias de acción pierde fuerza como personaje (algo que queda demostrado claramente en el momento en que desaparece de la trama dejando paso a un fragmento de protagonismo en solitario de Díaz).

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En este sentido es interesante recordar que algunos miembros del equipo creativo de la película hacían hincapié en cierto nivel de inspiración sobre la misma ejercido por las películas protagonizadas por Jean-Paul Belmondo en los años 60 y 70, entre las cuales yo destacaría El hombre de río, una farsa de espionaje y aventuras co-protagonizada por la hermana mayor de Catherine Deneuve, Françoise Dorléac, donde queda claro cómo y por qué al personaje de Cruise le habría sentado muy bien una dosis mayor de chulería y gamberrismo sano y algo más de farsa del tópico del espía cinematográfico, si bien queda en la película el guiño genial del actor saliendo del agua al estilo de Ursula Andress en 007 contra el doctor No o Halle Berry en Muere otro día

Es entretenida, pero creo que no explota todas su posibilidades, incluso desde el punto de vista de las claves del blockbuster veraniego.

Miguel Juan Payán

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