Canción de Nueva York ***

Noviembre 09, 2017
Buen drama romántico repleto de nostalgia y lirismo. Después de esa pequeña joya del cine indie que es (500) días juntos, y tras su irregular paso por el cine de los grandes estudios con sus dos entregas de The Amazing Spider-Man, Marc Webb vuelve a los presupuestos medidos y al género en el que se siente más cómodo: el drama romántico con toques de comedia (ácida e irónica, eso sí). Su nueva propuesta se trata de una carta de amor nostálgica al Nueva York de los años 60 y 70; una obra llena de añoranza por esa ciudad imprevisible, inquieta y creativa en la que Lou Reed y la Velvet Underground ponían banda sonora al movimiento contracultural. Para Webb, la Nueva York actual es una sombra de lo que fue, una ciudad en la que prima el conformismo, las apariencias y en la que la cultura y el arte se han convertido en simples mercancías con las que traficar.

El punto de partida argumental puede recordar a películas como El Graduado, en las que curiosos e inexpertos adolescentes se entregan a la pasión en manos de féminas más experimentadas; pero Webb está más cerca del cine de Woody Allen en el que reconoce su interés urbanístico, paisajístico y social por la ciudad de Nueva York. Thomas, el joven protagonista interpretado por un inexpresivo Callum Turner, es un artista fuera de su tiempo, un estudiante recién licenciado cuyos pensamientos e ideales no encajan con los de su generación. El director acierta en introducir sutiles metáforas a través de la figura del protagonista, heredero de ese espíritu sesentero, que se encuentra perdido entre ese baile de máscaras y convencionalismos en el que viven todos los que le rodean. Cuando Thomas descubre que su padre, encarnado por un inspirado Pierce Brosnan, tiene un affaire, su vida cambia para siempre.