Me quedo sin palabras para describir el cierre de la trilogía… Porque a estas alturas de película (perdón) esperar de la franquicia Cincuenta Sombras algo distinto es ingenuo y ridículo. Las dos películas anteriores crearon un estilo muy definido, cercano a los libros, y en esta tercera no van a cambiar las cosas por mucho que uno entre en la sala soñando con ello. No va a suceder. Y menos cuando esta última película fue rodada a la vez junto con la segunda, de la mano del mismo director, James Foley. A partir de aquí, hay dos opciones… O nos tomamos todo a broma (algo en lo que hasta la película parece incidir) o ponemos los ojos en blanco cada dos minutos más o menos…

Y se puede argumentar que la saga ha llegado a un punto de autoparodia consciente, que no aparecía en los libros (sí, los he leído) y que de cuando en cuando consigue una carcajada cómplice con el público (esa arquitecta forzadísima de Arielle Kebbel. Pero son más los momentos en los que el público se ríe cuando no debe, por incomodidad o incredulidad. O porque hay instantes que son simplemente ridículos hasta el exceso (los últimos 20 minutos). Uno podría argumentar que hay que tener en cuenta al público al que se dirige la película, pero cuando ese público te comenta a la salida de la película que es peor que la anterior y que no les ha gustado nada… Algo falla en la fórmula.