El americano ***

Septiembre 20, 2010

George Clooney es una estrella de cine bastante particular. Porque pese a su status de astro de Hollywood que nadie parece dispuesto a negarle, reconocido y reconocible en todo el mundo, sus películas no parecen terminar de cuajar entre el gran público, sobre todo cuando es la estrella en solitario de la función. No es lo mismo protagonizar la saga de Ocean’s, acompañado por muchas otras estrellas de cine, que encargarse de ser el líder de películas como Michael Clayton o esta última, El Americano.

Es cierto que Up in the Air fue un considerable éxito pero sobre todo gracias al boca a boca previo a los Oscar, y aún así nunca logró romper la barrera de los 100 millones de dólares. Quizá algo tenga que ver su imagen de liberal embarcado en mil y una causas justas y nobles, la que le ha granjeado la indiferencia y en muchos casos la aberración por parte de cierto sector del público conservador.

O quizá tenga que ver que Clooney no ha hecho una película para las grandes masas desde Ocean´s Thirteen, y que suele decantarse por proyectos más pequeños e incluso independientes, con presupuestos menores, que a la larga no rompen la taquilla, pero tampoco pierden dinero. Aunque quizá debería echarle un ojo a la carrera de otros actores como DiCaprio o sus amigos Matt Damon y Brad Pitt, para saber combinar todo tipo de proyectos.

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El Americano es la última película de Clooney y puede ser perfectamente enmarcada dentro de ese tipo de cine a contracorriente de las normas de Hollywood, casi independiente o de presupuesto muy moderado (apenas 32 millones de dólares) y que narra la historia de un asesino a sueldo cuyo último trabajo sale bastante mal, por lo que se retira a un pequeño pueblo italiano a decidir cuál será su siguiente paso y esconderse del mundo. Allí entabla relación con el párroco del pueblo (Paolo Bonacelli) y con una hermosa prostituta (Violante Placido), mientras una extraña mujer le localiza y le encarga el que puede ser su último trabajo, fabricar un arma muy especial.

Hay que destacar de El Americano que no se rinde a ninguna de las influencias lógicas y habituales de Hollywood. La película parece tener muy claro de dónde viene y a dónde va, lo que la lleva a crear un relato en torno a los personajes más propio del cine europeo que del americano. Pese a un trepidante inicio, cargado de violencia y casi propio de una película de Jason Bourne, la cinta luego se retira a lugares más tranquilos y comienza a generar un thriller alrededor del miedo de Clooney a que alguien le encuentre y le liquide.

En cierta medida la película tiene algo de western en sus personajes y situaciones. El pueblo apartado, el forajido que llega buscando paz y redención quizá, la prostituta de buen corazón, el último trabajo, las calles desiertas, el duelo… Es una interesante construcción formal que no vamos a ver muy habitualmente dentro de una película de Hollywood. Y es que El Americano no es una película de Hollywood, o no lo sería de no estar protagonizada por Clooney. Todo en ella recuerda más al cine europeo, con tintes de thriller de los 70 y mucho de western, como comentábamos. Es como si John Ford hubiese decidido rodar una película de Godard, o viceversa.

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Lo cual hace también muy interesante el uso del espacio y del paisaje en la película. Desde el pequeño pueblo en los Abruzos a las montañas o la carretera, todo es hermoso pero sin exagerarlo. No tenemos esa fotografía tan habitual en Hollywood llena de atardeceres y colores cargados que aumenten la belleza del lugar dándole un tono casi ilusorio, fantasmal. Aquí todo es más terrenal, más realista, más humano. Pero a la vez, realmente hermoso. Y el director sabe mover a sus personajes entre espacios opresivos y peligrosos, como los estrechos callejones del pueblo, y las zonas abiertas, como esa cafetería y su aparcamiento en mitad de ninguna parte, amplio, enorme, igualmente peligroso…

Son detalles formales muy atractivos para quien vaya deseando tener una experiencia visual durante la proyección, no espect6acular ni memorable, pero ciertamente inteligente y a contracorriente de lo que uno pueda estar acostumbrado a ver. Sucede lo mismo con la música, magnífica en una película tan llena de silencios que puedes recordar perfectamente dónde aparece la música. Porque la película de Anton Corbijn está llena de pasos que retumban en el suelo.

Pero todo eso que resulta tan bonito e interesante se pierde entre la bruma porque la película aburre al espectador. Formalmente es muy apreciable, sí. Pero la trama, la historia, no es capaz de enganchar a nadie y genera bostezos. Ese gusto por el ombliguismo y por contar la nada más absoluta (con escenas que piden una elipsis a gritos), lleno de paseos de Clooney por calles desiertas sin que nunca pase nada, o de visitas a tiendas donde comprar piezas… Lo realmente interesante de la historia, la relación del personaje con el párroco y la prostituta, esa redención imposible, se pierde entre silencios y vacíos.

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Especialmente cuando cada momento con Palolo Bonacelli y Clonney en pantalla anima la función por ese cura que sabe más o intuye más de lo que dice, tras su aparente placidez. Además permite ver a Clooney en otro registro que pasarse media película con cara de padecer úlcera. Esos momentos están desaprovechados, por desgracia.

La cinta falla en lo básico, entretener al espectador. Saber contarle una historia o tener una historia que contar. El Americano la tiene, pero no sabe contarla porque están más preocupados de cómo aparecen las cosas en pantalla que de lo que realmente son esas cosas. Para cuando la historia avanza ya es demasiado tarde y el público ha desistido. Porque no van generando tensión alrededor del relato también. No saben o no pueden. Y así, todo lo bueno del americano, actores, foto, sonido… se pierde en la distancia. Por ser excesivamente fría, como un asesino a sueldo.

Jesús Usero