Acero bien templado en clave cinematográfica es lo que nos ofrecen los hermanos Coen en su nueva versión de Valor de ley, True Grit, una de ésas citas imprescindibles del amante del  buen cine con la cartelera que además recupera un género esencial, el western, con una elegancia notable y un trabajo de revisión de sus claves que es pura filigrana artística.

Los Coen han incorporado la noche al relato. Y cuando digo la noche, aclaro que ésta viene acompañada de un tono más realista para toda esta fábula de iniciación que es además una especie de “road movie”, una película de carretera en el lejano y salvaje oeste, épico, pero no mitificado.

El relato empieza con una voz en off, una música totalmente diferente a la de la versión anterior y el acercamiento de la cámara a un cadáver tirado en el suelo y una frase: “Los malvados huyen cuando nadie les persigue”, que otorga un peculiar significado a todo lo que se nos va a contar y debería hacernos reflexionar sobre cuál es nuestro papel en esta vida.

Los Coen arrancan con ese flashback antes de que empiece la propia historia, en un magistral ejercicio de control de las herramientas narrativas que nos ofrece el cine, poniendo al máximo rendimiento la alianza entre imagen, sonido, música, interpretación… Todo ello nos da el tono poético que va a presidir toda la película empleando solo dos minutos de metraje.

El resumen del asesinato del padre es el pórtico de este relato que los Coen han sabido ver desde un punto de vista más maduro que en la adaptación anterior, advirtiendo en el mismo puntos en común muy notables con los temas que les preocupan en el resto de su filmografía, y sobre todo acertando a otorgarle al mismo esas tonalidades siniestras que apenas estaban insinuadas en la versión de Hathaway, que no en vano transcurre en su mayor parte a pleno sol, bañada por la luz del día y por un paisajismo mitificador algo simplón que aquí no aparece por parte alguna. Por eso decía que los Coen habían traído una noche muy oportuna, poética, madura, al relato de iniciación de la niña de catorce años Matty, empeñada en un camino de venganza.

Y ese camino de la noche nos lleva inevitablemente a una mayor humanización de todos los personajes, principales y secundarios, como demuestra el tratamiento que los Coen aplican a la secuencia de los ahorcamientos, privándola del colorido festivo que tenían en la versión Hathaway para vestirla con toda la crudeza de la aplicación de una pena de muerte más propia de una pintura negra de Goya, con los asistentes al “evento” bañados de pinceladas de luto, tonos oscuros, y con los reos soltando esos discursos finales, llorando, enfrentándose a la muerte con un protagonismo del que les privó la versión anterior. Ya desde ese momento entendemos que el camino que nos proponen los Coen no va a ser una celebración adolescente y festiva como la de la más floja versión protagonizada por Wayne, sino algo mucho más serio, no sólo desde el punto de vista dramático, sino también visual.

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Cada uno de los tres personajes principales tiene una doble presentación. Matty (ojo a la impresionante Hailee Steinfield, que se maneja con singular pericia y sin perder un gramo de protagonismo ni de planos  entre un reparto de pesos pesados, y que en mi opinión debería llevarse el Oscar como mejor actriz de reparto) es el motor de la historia. Vemos la historia a través de sus ojos y de su voz, y de esa expresión de inocencia adusta, desconcertante e inquietante, que recuerda en algunos momentos al Tom Sawyer de la novela de Mark Twain. El vínculo que establece con el asesino de su padre, Tom Chaney (Josh Brolin) me recuerda al que Tom Sawyer establecía con el Indio Joe en la historia de Twain. En otros momentos su mirada es la de la venganza, y casi nos inspira lástima el personaje de Chaney, porque, en un ejercicio de madurez narrativa los Coen humanizan incluso a los villanos de su película. Pues bien, Matty se presenta primero con esa voz en off  que parece “mirar” el cadáver de su padre, y luego vemos su rostro mirando desde la ventanilla del tren sobre la que se reflejan las imágenes de la ciudad. Una doble presentación digna del cine clásico, de un John Huston, por ejemplo.

Rooster Cogburn (impresionante Jeff Bridges) también se presenta dos veces. Primero, como en el caso de Matty, no lo vemos, sólo oímos su voz, en el retrete. Luego se nos presenta en el juicio, una segunda presentación que juega con la luz y las sombras para situarnos visualmente al personaje a medio camino de la ley y el crimen, habitando un territorio de sombras y luz, crepuscular,  en el que nada está definido y no hay blancos ni negros, solo grises. Si Matty es el motor de la trama, Cogburn es el corazón y el alma del relato, y como tal, ejemplifica esa especie de reinvención del western crepuscular que se han sacado de la chistera los hermanos Coen, a medio camino entre las obras maestras de Sam Peckimpah, la más cercana en este caso es Pat Garrett y Billy the Kid, y el ocaso del género en versión Clint Eastwood en Sin perdón.

La tercera pieza del relato, el ranger LaBoeuf (Matt Damon en un papel más difícil de lo que cabría suponer, porque como bien dice mi colega y sin embargo amigo Jesús Usero, encarna a un tipo totalmente normal en un entorno supuestamente mítico y legendario…), también se presenta dos veces: fumando su pipa en silencio (una de las pocas veces que permanecerá callado) y luego en la habitación de la niña.

Esa doble presentación se aplica también al personaje de Chaney (Josh Brolin), que es primero una sombra a caballo en la noche, y luego reaparece como un tipo engañosamente vulnerable en el encuentro con Matty, que es todo un ejercicio de mejora narrativa de las opciones de encuadre y planificación aplicadas por Hathaway en la versión anterior. Es la típica secuencia que podría estudiarse en las escuelas de cine, proyectando primero ese miso encuentro en la versión Wayne y luego la versión Coen, y contestando a preguntas como ¿por qué en la primera Chaney está a la izquierda de la pantalla y en la segunda está a la derecha? ¿cómo cambia eso la dinámica de los planos y la dirección de la mirada del espectador sobre uno y otro personaje?

Y es que esta nueva versión de Valor de ley es, como muchas otras grandes películas, una excelente escuela de cine en unos 110 minutos de duración que parecen sólo 80 o 90 minutos, buena prueba del excelente ritmo que los Coen imprimen a su relato haciendo un alarde de economía narrativa.

A todo lo anterior hay que añadir esa secuencia en torno al árbol del ahorcado, con unos planos en picado que refuerzan la sensación de que vemos la historia a través de los ojos de Matty, y varios guiños a momentos y personajes clásicos del western, como el encuentro con el tipo vestido de oso, digno tanto de Oh, Brother!, un típico personaje “made in Coen”, como un lejano reflejo de Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack, 1972), o esos planos de Cogburn y Matty cabalgando bajo la nieve, que recuerdan los de John Wayne y Jeffrey Hunter en Centauros del desierto (John Ford, 1956), clásico del género con la que esta película tiene tanto en común y que reaparece en ese plano de Cogburn/Bridges disparando en la mina, que nos recuerda la silueta recortada de Wayne en la puerta de la casa de Centauros del desierto, un guiño de homenaje al actor y al clásico de Ford que resume bien la notable elegancia con la que los Coen han construido esta notable película.

Miguel Juan Payán