Crítica de la película Conan, el bárbaro

El secreto del acero te será desvelado

En el año 1932, el escritor estadounidense Robert Ervin Howard creó al personaje de Conan el Bárbaro en una serie de relatos que se publicaron en la revista Pulp Weird Tales. Tras el suicidio del escritor en 1936, la obra de Conan cayó prácticamente en el olvido hasta que en la década de 1970 fue recuperada en los cómics gracias a las editoriales Dark Horse y Marvel, siendo Roy Thomas (Marvel) el guionista que mejor supo explotar las cualidades de cimerio más famoso de la historia.

De esta manera en 1975, Thomas y el productor Edward Summer escribieron un borrador que pretendía llevar al cine la historia de Conan pero este nunca vio la luz. A pesar de este traspiés, el avión ya estaba en pista para despegar…

Y es así como llegamos a 1982 cuando por fin se estrenó esta fantástica película del género de espada y brujería, con un guión de Oliver Stone y John Milius que, por suerte, no se pareció en nada a la idea original de Stone, quien quería hacer un Conan futurista enfrentándose nada menos que a zombies radiactivos…

Dirigida por uno de los guionistas, John Milius, la película nos ofrece una historia épica llena de escenas violentas con mutilaciones, desnudos, con alguna serpiente gigante y, sobre todo, con el gran enigma del acero, que es el monólogo con el que empieza la película en una escena entre Conan y su (William Smith) tras ver como este forja la que posteriormente sería la espada de Conan: