Crítica de la película Agua para elefantes

Otra nueva película con Robert Pattison de protagonista y otro nuevo intento de colocar al actor como ídolo romántico a raíz de su papel en la saga Crepúsculo. Aún no está claro si Pattison conseguirá tener una carrera alejado del vampiro que le ha dado fama, pero está claro que sus intentos van encaminados en esa línea de imagen romántica de príncipe de cuento de hadas. Al menos eso intentaron vendernos en su anterior película, aunque fuese más un drama familiar, y al menos eso es lo que se desprende de esta nueva película que llega a nuestras carteleras.

No sé si se trata de una prueba de fuego o no de cara a la taquilla (en USA ha funcionado correctamente, no de forma espectacular, pero sí correctamente), pero está claro que el actor puede caer en cierto encasillamiento si no deja pronto este tipo de papeles. A finales de año llega una nueva entrega de la saga vampírica que no le va a ayudar en esa labor. El chico necesita un cambio de rumbo y de imagen lo antes posible si quiere que su carrera avance de verdad.

Como siempre en estos casos, no podemos juzgar la película con respecto a la novela en la que se basa, porque no sería justo para ninguna de las dos. Son dos medios completamente distintos y todo lo que aparece en una novela no puede ser incluido en una película. Se convertiría en una serie de televisión. El libro de Agua para Elefantes cuenta con muchos seguidores a lo largo del mundo. Para ellos una recomendación, la misma que para cualquier lector que ve convertida una obra que adora al cine, no hacer comparaciones. Mejor quedarse con la esencia de lo que cuentan. Y que sea fiel a eso.

La historia de un joven estudiante de veterinaria que lo pierde todo con la muerte de sus padres y se une a un circo buscando trabajo es la esencia de la historia de la película. Todo ello narrado desde los ojos de un anciano que lo recuerda todo con nostalgia y melancolía y que nos traslada a la América de la gran Depresión con un circo en un tren recorriendo el país. Y por supuesto con Marlene, la mujer de la que se enamora, la fruta prohibida sobre la que gira toda la trama. No vamos a creer que la película va sobre limpiar elefantes.

Aunque servidor tiene cierta debilidad por este tipo de historias, las de un anciano que recuerda un tiempo mejor, un tiempo de magia y en el que todo era posible, la película no sabe manejar del todo ambos tiempos y lugares y sólo se centra en el pasado, mientras que el tiempo futuro con la presencia del siempre excelente Hal Holbrook no queda apenas desarrollado más allá que por su voz y las escenas de inicio y final, que saben a poco, la verdad.

El problema de Agua para Elefantes, a fin de cuentas, no es la menor presencia de Holbrook. Es el exceso de ñoñería que inunda la cinta. Para gente que busque el drama más facilón y sin demasiada garra, es posible que la película les dé justo lo que pedían. Pero para espectadores algo más exigentes el nivel de azúcar en sangre que la película despliega puede ser excesivo y hacer la proyección demasiado larga. No tengo nada en contra del romanticismo y de las películas románticas. De hecho disfruto de las tramas románticas cuando están bien planteadas y desarrolladas (mi compañero Miguel Juan Payán me llamaría moñas sin lugar a dudas), es cuando se superan los límites permisibles sin ofrecer nada a cambio cuando uno empieza a fijarse en las flaquezas de la película. Y Agua para Elefantes recae demasiado en los cruces de miradas lánguidas y los quiero y no puedo, para hacer avanzar la trama. Y eso no hace avanzar la trama, la hace desaparecer.

El otro problema recae no en las interpretaciones, sino en la falta de química entre la pareja romántica, entre los dos protagonistas de la película. Ahí es donde realmente pierde fuerza la historia de amor. Pattison y Whiterspoon no transmiten pasión, no transmiten fuerza o un entendimiento más allá de las palabras. Y cuando basas tu historia de amor central en la química entre ambos y sus miradas en lugar de en el guión y las situaciones, los diálogos y el desarrollo de personajes. Eso es lo que impide que sea verdaderamente una buena película.

Porque mala tampoco es. Maneja bien el ritmo pausado de una historia de este estilo y sobre todo mantiene con interés la historia sobre el circo y el mundo que rodea ese peculiar universo de payasos y contorsionistas que conforman una gran familia. Eso lo mueve de forma excelente y siempre nos deja con ganas de más (como la huida del elefante a la ciudad, los viajes en tren o el momento debajo de la tienda cuando el elefante busca bebida pese a estar encadenado al suelo).

Y por supuesto está Christophe Waltz, esa fuerza de la naturaleza capaz de coger a un supuesto villano de la historia y darle una profundidad y una tridimensionalidad a través de su rabia, de su inteligencia y de sus pequeños gestos que convierten a este actor en uno de los mejores del momento. No sé por qué pero cada vez que le veo pienso en el gran Mark Strong también…

En definitiva, una película para ver en pareja y con ganas de achucharse, inofensiva y quizá algo larga, con sus pros y sus contras, a la que los lastres le pesan demasiado en cierto sentido, pero que posee momentos muy interesantes y a Waltz, por el cual ya merece la pena ver la película. No llega a cansar ni ofende, pero se observa entre bambalinas que esa historia de circo y amor podía haber dado mucho más de sí si se la hubiesen currado un poco más.

Eso sí, a las fans de Pattison les va a encantar seguro…

Jesús Usero

Crítica de la película Fast and Furious 5

Confieso que nunca he sido demasiado aficionado a la saga de A todo Gas (o Fast and Furious, como ustedes prefieran). No soy muy fan de los coches y quien me conoce sabe que hasta hace bien poco no tenía siquiera carnet de conducir. Así que toda la fiebre desatada por Vin Diesel y compañía en sus competiciones callejeras con sus coches “tuneados” me motivaba de inicio más bien poco, la verdad. Y vistas hoy día, no es que sean precisamente joyas del séptimo arte. Es más, alguna de ellas es un tostón de padre y muy señor mío.

No sólo porque carezcan de personajes interesantes, una mínima construcción argumental, algún giro de guión interesante o algo de verosimilitud en lo que cuentan. Es que muchas veces, las estrellas de la función, las escenas de acción, quedaban desdibujadas por falta de empatía con los personajes o de calidad en la puesta en escena y la narración. Sí, lo sé, me estoy poniendo tiquismiquis con una saga que sólo pretende entretener al espectador durante dos horas con chicas guapas, tíos recién salidos del gimnasio y coches potentes. Pero Tokio Drift, por ejemplo, había que cogerla con pinzas y muchas ganas para no dormirse.

Por cierto que lo curioso es que tras esa tercera entrega, resulta que su director, quien ha seguido al cargo de la saga, ha decidido hacer como si la película nunca hubiese existido, como si fuese el futuro lejano de la saga, o sacándola de la línea temporal oficial de la misma, haciendo que uno de los personajes de aquella resucite para esta. Un cacao argumental que, lejos de sentarle mal al productor, ayuda en su composición interna dándole un aire a la franquicia que hasta ahora no había tenido. O no del todo. El aspecto de la continuidad.

Fast Five nos revela que toda la saga al completo, es una serie de cómics. Una suerte de Vengadores de los coches potentes y los robos a toda mecha. Viendo esta película uno tiene la curiosa sensación de que todo dentro de las cinco películas cobra sentido. Todo tenía un por qué. Todo cuadra más o menos entre los personajes centrales y sus relaciones. Es curioso porque no creo que nadie pensase en ello cuando comenzó todo con la primera película. Pero aquí lo consiguen. Y la escena final de los títulos de crédito (Sorprendente y original, sin duda) refuerza esa sensación.

Porque, admitámoslo, Fast Five es la más entretenida, imposible y divertida, de las cinco películas. La mejor, vamos. O quizá la menos mala. La más compacta y bien llevada. La menos boba, dentro de la credulidad que tenga cada espectador. Porque hay que recordar que esto es A todo Gas, y aquí las reglas de la física no existen o existen muy poco, y bien puede uno saltar a un río desde un cañón de cien metros de altura, o recorrer las calles acarreando una cámara acorazada de varias toneladas, que aquí todo es posible. Lo bueno es que los personajes se lo toman con envidiable sentido del humor. Como conociendo ese carácter de cómic que ha adquirido la película.

No hay mucho momento para el respiro en la película. Entre asaltos al tren, peleas, tiroteos, carreras y demás zarandajas, se cumplen de sobra las más de dos horas de metraje que no dejan descansar a nadie en su butaca. No hay tiempo para pensar mucho las cosas. Todo es frenético y extremo. Y divertido, qué demonios. La película conoce sus limitaciones artísticas y se dedica a extraer lo mejor del puro entretenimiento. Esta vez dejando algo más de lado los coches para centrarse en otro tipo de escenas de acción. Y todo ello desde el marco incomparable de Rio de Janeiro. Es mucho mejor tarjeta de presentación de la ciudad esta película que la animada Rio, que venía dirigida por un brasileño. Cosas del cine.

Y sí, todo son personajes títeres, muñecos de trapo, acción imposible, diálogos de risa y poses de chuleta contra el capó del coche. Pero está servido a un ritmo tan tremendo que resulta entretenida. Y trata de poner mimbres hasta a los personajes más secundarios, como la tragedia personal del personaje de Elsa Pataky, el lío amoroso entre dos secundarios, las charlas entre los músicos Tego Calderón y Don Omar, o la cena en el sillón del garaje compartiendo sueños de Ludacris y Tyrese Gibson. No es que haga mucho, pero tiene más información esta película sobre sus personajes que toda la saga junta.

Es decir, que el guión de Chris Morgan se acerca más a su excelente trabajo en Wanted que a Tokio Drift. Salvando las distancias. La película ni es ni quiere ser Wanted. No busca tener una doble lectura, un trasfondo (más allá del tema favorito de Disney, la familia es lo que más importa), busca ser entretenida, divertida y crear una coherencia de continuidad más propia de los tebeos o de las series de televisión.

Por supuesto los actores no tienen ni que actuar y les sirve la pose de rigor para meterse en el papel que, de tanto repetirlo, se saben de carrerilla. Destaca, cómo no, la presencia arrolladora de Dwayne Johnson, realmente impagable, y la llegada de Elsa Pataky a la franquicia. Los demás, saben perfectamente a qué se están enfrentando. Y se lo pasan en grande, cosa que el espectador agradece.

La gente corea las escenas de acción, se ríe, aplaude… El público de la saga sale contento, aunque algunas escenas de acción están montadas de tal forma que no te enteras de nada (¿eran necesarios 3 montadores?). Aunque hay un tramo de película que se hace largo como un día sin pan. Aunque la película sea simplona y boba. La gente se lo pasa en grande. Así que ya saben, si son fans de la saga o buscan un entretenimiento de acción descerebrada, ésta es su película. Si quieren algo más de miga en el género, en la sala de al lado echan Thor. Yo no soy fan de la saga y ésta me ha entretenido.

Es la mejor de las cinco, repito. Aunque eso no sea mucho decir…

Jesús Usero

Scream 4 ★★

Abril 20, 2011

Crítica de la película Scream 4

Parece mentira la de años que han pasado desde que aquella primera Scream apareciese en los cines convirtiéndose en uno de los éxitos revelación de la temporada y una de las películas más taquilleras del cine de terror, dando lugar a una saga que ahora, cuando todo el mundo pensaba que la serie había muerto, regresa con todos sus responsables a la cabeza y con unas supuestas nuevas reglas. Claro que tras cuatro películas, lo de las reglas y la originalidad puede que no sean tan importantes como quieren hacernos creer.

Wes Craven siempre me ha parecido un director de carácter artesanal. Con muy buenas ideas, pero no siempre bien ejecutadas. Buenos proyectos, buenas presentaciones, buenas ideas, pero a la hora de desarrollar la trama, todo quedaba a medias, más o menos. Artesano del suspense, que creó uno de los iconos del cine de terror moderno, Freddy, y puso en pantalla a otro icono del cine de miedo, el asesino Ghostface de Scream. Pero sus películas nunca terminan de encajar, de funcionar por completo. Le falta algo de chispa, de inventiva visual. De magia del cine. Por eso creo que Pesadilla en Elm Street nunca estuvo a la altura de otros clásicos del género y acabó derivando en las gracias y coñas de Freddy a la hora de matar adolescentes. Y por eso Scream funcionaba mejor como broma que como suspense. Aunque Scream 2 tiene un par de secuencias de suspense muy conseguidas…

Pero no desvariemos demasiado. Scream 4 llega ahora, una década después de la última entrega, y recupera las mejores cosas de la serie, mientras que en aquellas en las que funcionaba con cierta consistencia, como el miedo y las sorpresas, empieza a hacer más aguas que el Titanic. Vamos que la supuesta sorpresa de quién es el asesino (o asesinos, que en esta saga suelen venir de dos en dos…) se ve venir de lejos por puro imposible. O lo que viene a ser lo mismo, Scream 4 tiene lo mejor y lo peor de toda la saga en menos de dos horas de proyección. Y lo que en la primera película eran suspense y cierta tensión, aquí sólo produce tedio.

Que no, que no es que sea una mala película. Tiene un inicio fascinante, divertido, lleno de cine dentro de cine dentro de cine. Una especie de broma metalingüística que no deja de ser brillante en su concepción y realización, con seis estrellas de la televisión siendo acosadas y asesinadas, por supuesto, una detrás de otra, desde Stab 6 con las protagonistas de 90210 y Pretty Little Liars, a Stab 7, con Anna Paquin y Kristen Bell (impagables las dos) a la historia real de Scream 4, con las chicas de Friday Night Lights y Life Unexpected. Seis estrellas de la tele, seis, asesinadas en menos de 10 minutos. ¿Un mensaje claro de que la televisión debe morir?

Pues no sé si andaremos muy desencaminados, cuando el resto del metraje más estrellas televisivas aparecen una detrás de otra. Parece como si Kevin Williamson y Wes Craven, guionista y director, hubiesen hecho acopio de todas las estrellas televisivas habidas y por haber para felicidad del espectador, que verá a Hayden Panettiere, Mary McDonnell, Adam Brody, Anthony Anderson o Allison Brie, pasear por la pantalla con papeles más o menos importantes. Desde Héroes a The OC pasando por Galactica o Community… aquí no falta nadie.

Eso consigue hacernos sonreír. Incluso reír en muchas ocasiones. Las continuas bromas y referencias al cine dentro del cine, a la saga que dentro de la propia película se ha generado, a las nuevas normas del juego, las de los remakes… Todo ello, para los aficionados al género y al cine en general, conseguirá arrancarnos muchas sonrisas. Porque ni ellos mismos se toman en serio. Porque saben que todo es un juego y que ya van por la cuarta entrega y aquí nadie se cree ya nada.

Simplemente la norma de que en los remakes ya no hay normas y que para sobrevivir hay que, sencillamente, ser gay (Williamson es uno de los miembros de la comunidad gay más respetados de Hollywood), o la perfecta definición de Neve Campbell de la otra clave de los remakes “Don’t fuck with the original”, hacen que merezca la pena ver la película entera. Pero por el camino se cae todo lo demás.

El suspense nunca funciona del todo, sólo en la escena del asesinato al otro lado de la calle hace pensar que existe algo de tensión, los sustos están fuera de lugar y no asustan a nadie. La película se alarga hasta lo indecible con giros y más giros imposibles sin llegar a ninguna parte, los personajes son meras marionetas y ni siquiera las estrellas originales nos hacen más creíble la historia. Porque, si alguien lo dudaba, Neve Campbell sigue viva. No, no su personaje. La actriz.

Es como ver de nuevo las tres películas anteriores, como caer una y otra vez en los mismos lugares previsibles y comunes (el ataque en el parking… lamentable) y uno acaba animando normalmente al asesino. Que, de nuevo, tiene los huesos de goma y nada puede dañarle.

Más que una película estamos ante una caricatura. Y si esto es el inicio, como se pretende, de una nueva trilogía, apañados estamos, porque entonces ya está todo visto. Y tampoco es plan de que el público siga pagando por lo mismo una y otra vez. A veces hay que dejar morir a las sagas.

Lo dicho. Mucha coña limonera, mucho homenaje a Halloween y Carpenter, que se nota que Williamson ha vuelto a la saga como guionista, pero cero tensión y suspense. Para una película de terror, eso nunca es bueno. Si lo toman medio en broma, tiene sus momentos cinéfilos. Si buscan miedo… Parece que Wes Craven no estaba muy interesado en asustar a nadie. Una película simpática y harto predecible que sobrevive mejor gracias a su innegable sentido del humor, aunque no llega a las cotas de Piraña 3D, por ejemplo. Casi que la próxima entrega se la pueden guardar… o lanzarla directa a video.

Jesús Usero

Crítica de la película Águila Roja

Sírvase el lector de esta pequeña introducción si lo desea o salte directamente a párrafos posteriores donde desgranaremos la película a fondo. Pero no puedo irme sin mencionar que puede que sea uno de los pocos que vayan a defender Águila Roja, La Película, en los próximos días o semanas. Lo digo por la sensación que me ha producido a la salida del pase de prensa donde he podido verla y donde la impresión generalizada no era demasiado buena. Vamos, que no habían pasado dos minutos cuando empezaban a llover los cuchillos.

Esto en sí no es malo, cada cuál es libre de decir lo que piense y de opinar con cierto fundamento, al menos. Pero es que me sigue dando la impresión de que medimos con distinto rasero lo de casa a lo que nos llega de fuera. Águila Roja es una producción española de aventuras. Pero de aventuras clásicas, con capa y espada, batallas, duelos a muerte y héroes románticos. Vamos, lo que viene siendo la serie de televisión con formato panorámico, más presupuesto y mayor duración. Ni engaña ni pretende engañar a nadie. Va a intentar ganarse en las salas de cine al público, cerca de 6 millones de espectadores, que ya se ha ganado en casa, en la pequeña pantalla. No es una tarea fácil, que la gente no acostumbra a pagar por lo que tiene gratis, pero es un notable esfuerzo.

Quiero decir, parece mentira que no sepamos a qué nos enfrentamos. Yo no soy un gran seguidor de la serie, aunque la he visto bastante a menudo y me resulta la mar de distraída. Con escenas de acción, coreografías y tramas superheroicas para la televisión española moderna. Que se dice pronto. A mí si la película me ha convencido es porque creo que el rasero con el que ha de medirse es justamente ese, el del público al que va dirigida la película. El de la gente que va a disfrutarla por mucha moto que le vendamos los críticos. No, Águila Roja no es mala. Es que le exigimos el doble que a las demás.

No puedo creerme que quienes sepan dónde se están metiendo y los fans de la serie de televisión, salgan demasiado decepcionados de la sala de cine cuando vean esta película. Si acaso habrán pasado un buen rato en el cine, con una película muy cuidada a nivel de producción y además entretenida. Con defectos, que los tiene y algunos son bastante remarcables, pero también con muchos aciertos y con una sensación que me ha dejado bastante peculiar. Creo que a sus fans les va a encantar. Y digo que es peculiar por eso mismo, porque yo no soy fan de la serie, sólo un televidente distraído.

Águila Roja, La Película, mezcla los elementos que han hecho popular a la serie con otros quizá algo olvidados, pero no por ello menos apreciables. Con un esfuerzo notable por homenajear a los clásicos de Alejandro Dumas (mosqueteros, reyes de Francia y cardenales incluidos en conspiraciones con cárceles perdidas y luchas imposibles) sin nunca perder el norte de lo que realmente le interesa a sus seguidores. Tratando de que todos los personajes tengan su momento de gloria, en una especie de película coral que, en este caso sí, no siempre acaba de funcionar.

Ese reparto coral es la mayor de sus deudas, porque acaba por no centrarse en lo que importa del relato y se preocupa por divagar buscando esos momentos mágicos de los personajes. No se puede satisfacer a todo el mundo, y muchas de esas historias quedan relegadas al olvido o resueltas deprisa y corriendo, como ocurre con la Marquesa y su hijo o con el personaje de Francis Lorenzo. Quizá sus seguidores sean los que más tengan de qué quejarse con la película.

A veces la historia se atropella y se acelera, con ese momento que (sin destripar la sorpresa a nadie) desmonta lo que los trailers y lo que nos habían contado, prometían con la película, resolviendo antes de tiempo una de las novedades más interesantes que planteaba el salto de la tele al cine. Sabe a poco y sabe a algo que sucede antes de tiempo, sin venir a cuento. Pese a que la escena en que sucede es una de las mejores escenas de acción de la película.

También al final la cosa se desmelena un poco con la batalla campal en el camino y con la aparición de un animal que ni pinta nada ni acaba de crear tensión. O cuando el ritmo decae seriamente a mitad de la cinta para darle vueltas a la conspiración palaciega. Pero es quizá lo de menos. La sensación que me ha dejado la película es la mar de positiva.

Y lo es porque me lo he pasado muy bien. Porque las escenas de acción están bien rodadas, coreografiadas y resueltas. Porque la intriga se mueve con bastante soltura y con la suficiente inteligencia como para no terminar de aburrir. Porque la química entre Janer y Klein es interesante y apetece ver al personaje de nuevo en la serie. Porque se nota el presupuesto (ojo a los ejércitos acampados, al rodaje en exteriores y a los muchos decorados). Porque, en definitiva, la película no tiene ningún complejo y sabe perfectamente que es cine de evasión, de entretenimiento, de escapismo puro y duro.

Y, lo que es entretener, entretiene. Hay cosas mejorables, por supuesto, y cosas que quizá deberían suavizarse, como el humor de Satur que a veces chirría. Pero no podemos, por ejemplo, pedirle rigor histórico a una película de aventuras. Ni pedir Gladiator con los presupuestos que tenemos aquí. Se puede y se debe disfrutar de Águila Roja porque para eso está. No le busquen tres pies al gato. Eso sí, si al final le hubiese echado agallas la nueva temporada se podía haber planteado de una forma más que suculenta. Pero son las ganas de contentar a todo el mundo. A lo mejor es eso. Quien no siga la serie, quizá no vaya a disfrutar la película.

O a lo mejor es que nos pasamos de exigentes.

Jesús Usero

Crítica de la película Soy el número cuatro

Los extraterrestres vuelven a invadirnos, pero esta semana con un registro que les acerca más a Crepúsculo que a lo que vimos en Invasión a la Tierra. Soy el número cuatro es ciencia ficción que pinta bien al principio, o por lo menos resulta  casi entretenida, pero luego se enreda en el típico ceremonial de replicación de los relatos para adolescentes con personajes inadaptados y patina dándole más cancha a los enredos sentimentales y estudiantiles del prota de turno que a la leña fantástica, equivocadamente aplazada para la última media hora de metraje. Eso hace que resulte menos distraída y eficaz de lo que podría haber sido organizándose mejor para contar una historia que por otra parte está clonada casi paso por paso de las aventuras de Supermán…

Aquí el alienígena con superpoderes no viene del planeta Krypton, pero debe venir de un planeta vecino, porque se parece mucho a Kal-El, alias Supermán (o a lo mejor no es el de Tierra 1, sino el de Tierra 2, Kal-L, si me permiten el desvarío friki). No he leído las novelas en las que se basa esta nueva franquicia cinematográfica de Soy el número cuatro, pero mientras veía la película no podía evitar que me sonara en la cabeza el tema musical de la serie Smallville, “saaave meeee…”, etcétera.

Cierto es que este tipo de sagas literarias cocinadas para el consumo de la juventud, nacidas en muchos casos a la sombra del éxito de Harry Potter, manejan ya en su versión de negro sobre blanco una muy limitada gama de ideas originales, o por decirlo de forma menos fina: saquean a diestro y siniestro cualquier tipo de personaje, situación o referencia que les salga al paso y cuadre con el boceto de su línea argumental. Dicha línea argumental tampoco suele ser precisamente una tragedia de Shakespeare o un paseo por el existencialismo de Sartre, y con seguridad no lo necesita para conseguirse un nicho y un público. Pero lo cierto es que cuando pasan al cine esa rapacidad para tomar prestados elementos de todas las mitologías conocidas, ya sean éstas clásicas como la griega o más modernas como los cómics y las series de televisión, se manifiesta de manera aún más radical si cabe. Y en Soy el número cuatro se les ha ido un poco la mano en lo de ser una especie de eco de las aventuras de Supermán, cruzadas con algo del rollito “soy el hijo de Zeus” de Percy Jackson, su puntito mesiánico del Nuevo Testamento, que siempre es muy resultón, y el enredo sentimentaloide y algo babillas cuando no inaguantablemente moñas de “chico nuevo en el insti” con pinta de malote marginado que hace furor entre las ávidas coleccionistas de peripecias románticas que implican a vampiros, licántropos, ángeles caídos y cualquier otro bicho sobrenatural. Si me permiten el exabrupto, en una historia para tíos estos personajes serían bestezuelas a exterminar a la mayor brevedad y con la más sangrienta contundencia posible, pero en las fábulas que toman como objetivo a las féminas y levantan todo un castillo argumental en torno a la temida pérdida de la virginidad acaban siendo algo así como peluches cedidos en adopción que se convierten en altamente improbables e increíbles guías de la protagonista camino de la primera cópula.

Hay mucho tajo en el análisis de todas estas historias para los antropólogos que se atrevan a tirarse a la piscina y lidiar con el análisis científico de las mismas, porque explican mucho más sobre lo que realmente está ocurriendo en los bajos de nuestra sociedad que los titulares de prensa, pero en este caso no me pagan por internarme en tan procelosas aguas y dejo el pantano de las fantasías erótico-festivas para adolescentes de nuestros días a un lado al efecto de centrarme en la versión cinematográfica de Soy el número cuatro propiamente dicha.

Y una vez centrado, tengo que confesar que con todos sus tópicos, el principio en plan Predator mosqueado cazando primos me atrajo, que luego me desfondé al ver al típico prota surfista haciendo el chulángano con su moto acuática, que recuperé algo de esperanza al aparecer Timothy Olyphant, protagonista de las series Deadwood y Justified, en plan clon de Obi-Wan Kenobi, y que casi me animé cuando entreví al personaje de la rubia con superpoderes y moto… pero luego me metieron de cabeza en el instituto y durante más tiempo de metraje del que quiero recordar me atraparon en una soporífera repetición de la travesía habitual en plan “Rebelde sin causa y sin pausa”, pero sin James Dean ni Natalie Wood. Esa exhibición de hormonas revueltas me apartó más de lo debido de la parte fantástica del relato, que llega al final y me hizo preguntar: ¿esto no lo podían haber metido antes y haber tirado por ahí? Percy Jackson y el ladrón del rayo gestionó mejor sus contenidos, manteniendo en todo momento la peripecia en una clave fantástica que tampoco era nada del otro mundo, pero por lo menos me resultó más entretenida que ésta.

Ni Olyphant-Kenobi salvó la cuestión.

Y, bueno, el enredo con el friki de los ovnis ya ni les cuento cómo contribuye a que lo que está ocurriendo en la pantalla resulte menos verosímil todavía.

Flojillo, muy flojillo este número cuatro que me recordó aquella otra de Jumper, pero me hizo menos gracia, porque aquella por lo menos no me mezclaba las ovejas churras con las ovejas merinas y me metía de clavo y por la puerta de atrás el rollete romántico de instituto sin venir a cuento.

Lo dicho: “¡Saaaave meeee!”

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Invasión a la Tierra: Batalla de Los Angeles

Me lo he pasado como un chaval viendo esta película. He gozado como un marrano en un cenagal. He recuperado mi infancia toda de golpe. Así que vayan preparando la munición de tomates para ponerme a caldo por decir que Invasión a la Tierra: Batalla Los Ángeles me parece una gozada, una película de evasión pura y dura, sin concesiones, entretenida, muy divertida, con acción a raudales y sin ninguna intención de revolucionar el arte cinematográfico, la estética del audiovisual o nuestra manera de pensar sobre nada en particular. Es puro entretenimiento. Se le podrán sacar pegas, sin duda, y casi seguro que alguna aparecerá en las líneas que siguen, pero como espectáculo de evasión en mi opinión es impecable e implacable.

Lo implacable alude a que no da cuartel. Va a la yugular del entretenimiento desde el principio, y no ahorra ni munición visual ni munición sonora para meternos de cabeza en esa batalla de Los Ángeles del título que cobra forma a nuestro alrededor como si fuéramos casi el cámara que la está filmando.

El planteamiento visual es el mismo que el aplicado en las series de televisión de acción más recientes, con la cámara pegada a los personajes, al hombro, moviéndose con ellos, lo cual, exagerado, llega a molestar, y en pantalla pequeña funciona mejor que en pantalla grande, todo hay que decirlo. Aquí me ha molestado algo tanto meneo en las secuencias de acción, pero lo he pasado tan bien viendo la película que se lo perdono. Es además una estrategia que ya empleó en su momento Ridley Scott en Black Hawk derribado, película con la que Invasión la Tierra tiene muchos puntos en común. De hecho, es uno de sus dos referentes. El otro referente inmediato, salido además de la televisión, sería la serie Generation Kill, una aproximación a la guerra de Irak ciertamente más interesante y novedosa que la mayor parte de las películas bélicas que nos llegan sobre ese conflicto.

El tercer referente es de tipo narrativo, y es el que me parece más interesante. Lo que ha hecho el director es adaptar nuevamente La guerra de los mundos de H. G. Wells, pero empleando además el mismo esquema y motivación: trae la guerra de Irak a territorio americano, o lo que es lo mismo, hace que los americanos se pongan en el lugar de los iraquíes ante una invasión exterior arrolladora, tecnológicamente superior, que quiebra casi de un solo golpe toda la resistencia humana a nivel militar. Pasando de invasores a invadidos, los marines estadounidenses recuperan el espíritu heroico de la que muchos conocen como “la última guerra justa”, esto es, la Segunda Guerra Mundial. No es extraño por ello que uno de los iconos cinematográficos del cine de propaganda bélica en aquel conflicto, John Wayne, aparezca citado en el diálogo de ésta película. Pasando a sus militares por el filtro o más bien el altar sacrificial de la invasión de su propio suelo, el director recupera el heroísmo épico del cine bélico de toda la vida.

En ese mismo sentido ejecuta una fórmula de hibridación de géneros que le da buenos resultados mezclando el bélico con la ciencia ficción. El ejercicio tiene el mismo esquema o fórmula que en su momento aplicara Ridley Scott cuando hibridó ciencia ficción con terror en Alien, y como en aquella, también aquí el director es suficientemente astuto para dejar claro desde el primer momento que la ciencia ficción es sólo el envoltorio iconográfico que prepara al espectador para el dominio posterior de la puesta en escena del género dominante en el resto del metraje (el terror en Alien, aquí el bélico).

Esta mañana, al salir del pase de prensa, un colega afirmaba categóricamente: “a mí el cine bélico me aburre”. He pasado de contestarle lo más obvio ante tamaña declaración: “eso es que no has visto buen cine bélico”.

Invasión a la Tierra es buen cine bélico, y como no podía ser de otro modo en ese género, tiene su ración de inevitable propaganda militarista. Su “momento John Wayne”, sus “Semper Fi”, sus saludos, su buen rollito con la infancia, y sí, su paternalismo de los militares frente a la sociedad civil. Como no soy militar, podría quejarme ahora de que a los periodistas (mi profesión,  a mí me pagan por esto) no están convenientemente representados. Pero si me permiten el exabrupto, eso sería una gilipollez y además un ejercicio de mediocridad por mi parte: el periodismo y la sociedad civil no pintan nada en este baile. Seamos serios y dejemos de pensar que somos el ombligo del planeta y el resto del personal está aquí para servir como secundarios y figurantes en la película de nuestra vida, que algunos cuanto más humanismo predican menos se les nota en la maneras que son humanistas y les sale el ego herido hasta por la costuras de los calzoncillos o las bragas.

No es cine antibelicista, sino cine bélico. Tampoco es cine pacifista. Ni una declaración de principios de nada. No hay que confundirse. Es simplemente una película de guerra, en la que inevitablemente, como ocurre en toda película del género cocinada en Estados Unidos, brota su segunda naturaleza como herramienta de reclutamiento. No estoy ciego ante tal evidencia. Lo que ocurre es que entiendo que allí en Estados Unidos las cosas son distintas y, dado que estoy viendo una película norteamericana, además con ese título, mi cabeza da lo suficiente de sí como para tener claro de qué va el asunto. Sabiendo lo que me espera, me predispongo a favor de ello o, caso contrario, si sintiera animadversión por la propuesta, me metería en otra sala a ver otra película. Lo que no puedo hacer como espectador es llamarme a engaño. Recuerdo que cuando salí de ver Black Hawk derribado una compañera me dejó bastante pasmado representando una especie de ceremonia de indignación teledirigid, por otra parte muy hilarante, afirmando que la película de Scott le parecía políticamente incorrecta ¡porque no reflejaba el punto de vista de los somalíes!

Para prevenir ese tipo de mítines de adoctrinamiento entre la parroquia al salir de ver esta otra película, aviso ya: en Invasión a la Tierra ¡no está el punto de vista de los extraterrestres!

Ahora bien, volviendo a lo que comentaba antes, creo que hay algo más detrás de la pirotecnia visual y el ejercicio de cine de género, vertiente bélica, desde el momento en que su ejercicio argumental admite interpretar la película como una variante válida de La guerra de los mundos de H.G. Wells. Wells con su novela quería trasladar a los lectores cómo se habían sentido los nativos de las aldeas de los lugares colonizados por las potencias europeas cuando se les venía encima un enemigo superior dispuesto a expoliar sus recursos naturales y sus riquezas en general. Para ello tuvo que convertir a los ingleses en nativos invadidos, y a los colonialistas en marcianos invasores. Más allá de la fábula estaba la importante reflexión de ponerse en el pellejo de los otros, intentar ver el mundo desde los ojos de los nativos invadidos, expoliados, violados y masacrados.

Y me pregunto yo si en esta Invasión a la Tierra, haciendo de los invasores los invadidos, no estamos en ese mismo ejercicio de cambiar la perspectiva para mirar con los ojos del otro.

El hecho de que los extraterrestres vengan a nuestro planeta buscando agua, que casualmente es su petróleo, esto es, su combustible, creo que habla por sí mismo sobre ese intento de permuta de papeles entre invasores e invadidos, esa intención de llevar la guerra de Irak a las calles de Los Ángeles.

Pero, ya digo, aquí de punto de vista de los alienígenas, nada de nada.  Para eso hay que ir a ver Distrito nueve, que también está bastante bien.

Aclaro también que ésta es una visión mucho más completa, mucho mejor, mucho más pertrechada de medios y mejor construida, narrada y pensada que Skyline, a la que también defendí en estas líneas y en las páginas de la revista, aunque por ello me cayera la del pulpo.

Aquella era serie B, pura y dura, barata, limitada y a mi parecer pasablemente distraída. Aseado producto de segunda división.

Ésta juega en la primera división. Es mucho mejor, pero además es más entretenida.

Señores, me confieso: yo al cine voy a divertirme en primer lugar. Luego si además me aportan algo más, perfecto, pero lo primero es la diversión. No voy a que me hagan soñar, ni a que me conquisten como prosélito para ideología alguna o me recluten para el ejército. Tampoco voy a hacerme pajas mentales. Ni quiero que las películas me ofrezcan una vida supletoria porque ya estoy suficientemente pleno en mi propia existencia real. Al cine voy sobre todo a pasar el rato. Y si me pongo una película en casa persigo lo mismo. A ser posible un buen rato y sin que ofendan a mi inteligencia, con un buen ejercicio cinematográfico.

Invasión a la Tierra es una buena película de guerra. El que busque otra cosa, que se vaya a otra sala.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Encontrarás dragones

Nuevamente nos encontramos con una película ambientada en la guerra Civil española, al menos durante la mayor parte de su metraje, con todo lo que eso conlleva para gran parte del público español que está, reconozcámoslo, un poco hasta el moño de tanta historia de la guerra, normalmente partidista o decantada hacia un bando, nunca imparcial, siempre llena de clichés. No se trata del caso de Encontrarás Dragones en gran parte de su metraje porque aborda un tema poco conocido, que causará polémica sin duda, y que para mucha gente será motivo de curiosidad, enfrentamiento o incluso duda. Encontrarás Dragones habla sobre la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, figura de la Iglesia Católica canonizada en 2002. Aunque la película no llega a esa fecha.

A través de un largo flashback, la historia de Encontrarás Dragones se centra en los primeros años de la vida de Escrivá hasta su huida al sur de Francia a través de los Pirineos para regresar posteriormente a Burgos. Son los primeros años del Opus Dei, su nacimiento, su creación en tiempos convulsos y sus ideales en un país en guerra. Todo ello a través de la historia que le narra un padre a su hijo escritor, que empieza una biografía sobre el sacerdote y descubre que su padre tuvo una estrecha y peculiar relación con él. Así, viajamos continuamente de la España de 1982 a las dos historias, la del padre y la de Escrivá, durante la infancia y la guerra Civil.

No voy a entrar en polémicas, debe creerme el lector, en torno a la importancia o la crítica posible sobre la figura del Opus Dei y su creador, porque no es el momento y el lugar. Y no trata sobre ello la película. Habla de muchas cosas, sí, pero intenta hacerlo de un modo neutral, sin juzgar ni hacer mayores las heridas que existen y nunca parecen vayan a cerrarse. Si sirve de algo, dejo claro que soy creyente liberal y que creo que debe respetarse a todo el mundo, por lo que no acudí a la película con ganas de hacer sangre de ella vía cuchillo jamonero ni de ensalzarla pobremente sólo porque es una película religiosa. Aquí venimos a charlar de cine, ¿no creen?

Tampoco vamos a hacer mucha mención a las varias (múltiples, claro) discrepancias históricas, que van desde los títulos de crédito, con ese error sobre el gobierno de la república en España, a la fábrica que tenía el padre de Escrivá, que era textil y no de chocolate como cuenta la película. Eso sí, aprovechando el hecho para hacer una metáfora sobre el grano del cacao y las personas. Curiosamente tampoco se llama nunca al protagonista Josemaría Escrivá de Balaguer. Esa última parte se la ahorran. Pero es cine extranjero sobre nosotros, así que hay que comprender que ni entienden ni entenderán muchas de las cosas que se ven y viven aquí. Ellos son así. Se quedan con la España de pandereta, con el flamenco y las peculiaridades hispanas (ese camión de mudanzas de la empresa España Cañí, esa música cansina y repetitiva con guitarras a saco sobre todo cuando viaja al bando republicano, ese cartel del mundial de fútbol del 82…).

Lo que quiero decir es que me esperaba mucho más a nivel cinematográfico de una película dirigida por un nombre de peso como Roland Joffé. Me esperaba más chicha, más fuerza y más convencimiento de la historia que se trae entre manos. Porque el director y guionista no encuentra un punto medio entre el ritmo aplicado a sus tres historias y el peso de cada una de ellas. La historia real, la de Escrivá está contada con estilo, elegancia y sentido del humor (la zapatería, la magnífica escena en el zoo que además humaniza al personaje como ninguna, la escena de las huellas en la nieve…) y tiene una fuerza que las otras dos historias no poseen. La de Manolo, interpretado por Wes Bentley, sobre todo en su arco de la guerra, resulta recargada, excesiva, hasta absurda, como una opereta que tiene momentos que hacen reír sin intención, como el encuentro en la cama entre Olga Kurylenko y Rodrigo Santoro. Peca por exceso, por desgracia, pese a las bien rodadas secuencias de acción bélica donde se nota el dinero. Y la del salto al futuro, con Dougray Scott, descentra, no tiene foco y acaba perdiendo el hilo de su historia, porque regresa a ella a destiempo, con motivos vagos y sin darle un verdadero foco.

Esas lagunas de ritmo y de guión son el gran lastre de una más que competente película de trasfondo bélico y religioso que resulta por momentos muy entretenida, pero que en sus saltos espacio-temporales pierde foco y pierde fuelle. Es un continuo devenir de situaciones y personajes que nunca acaban de cuajar ni siquiera en sus motivos, como con la escena de Manolo en la llegada de Escrivá a Andorra, motivos que nunca se explican del todo, mucho menos los saltos de alegría del grupo al pisar suelo extranjero como si un muro invisible fuese a impedir pasar a las balas… Cualquiera habría seguido corriendo.

Pese a ello la fotografía es magistral y no cabe duda del esfuerzo de sus actores (con Wes Bentley, Charlie Cox como Escrivá de Balaguer y Dougray Scott) por hacer aún más interesantes sus personajes, con especial mención a Derek Jacobi y, cómo no, a Olga Kurylenko, pero desaprovechando personajes y actores como Jordi Mollá, Geraldine Chaplin (que es como el Guadiana) o Ana Torrent.

En conjunto es una interesante película que intenta convertir en un acto épico el nacimiento de una figura importante de la Iglesia moderna, mientras decae en otros aspectos y en el ritmo. No intenta causar polémica, aunque lo hará, y muchos detalles controvertidos los obvia, y lo hace muy bien, pero no es ahí donde falla, sino en las historias que rodean la historia real que son el verdadero problema de una película que podía haber dado muchísimo más de sí.

Jesús Usero

Crítica de la película Sucker Punch de Zack Snyder

Zack Snyder vuelve a la cartelera con uno de los títulos más esperados de la temporada, y no defrauda en absoluto. Sucker Punch es, en mi opinión, una de esas películas que no quieres perderte si de verdad te gusta el cine.  Es un paso adelante en la carrera de su director y cuenta con una historia prodigiosamente desarrollada mediante un guión milimétricamente ajustado para ser capaz de hacernos vivir tres películas en una al mismo tiempo, visitando varios géneros en una compleja estructura dramática. Debería coronarse como reina de la taquilla no sólo por la espectacularidad indiscutible de sus secuencias de acción, sino también por hacer una reflexión de gran madurez sobre cómo han cambiado las claves de las fábulas fantásticas con las que adornamos nuestras vidas y trazar un perfil psicológico de gran interés sobre cómo cada vez más las nuevas tecnologías van difuminando las líneas de separación entre la realidad y la ficción, dando lugar a la creación de paraísos e infiernos artificiales, inmateriales, esquivos, caóticos, hedonistas y autoparódicos con los que nos gusta engañarnos en una fase especialmente infantiloide de nuestra civilización.

Jugando con claves musicales, Snyder se permite además mantener su relato no sólo en un permanente pulso de gran tensión en la ficción dentro de la ficción que viven sus protagonistas, sino que también baraja varios géneros a la vez con manos expertas de cineasta convertido en una especie de tahúr de la fabulación dispuesto a desplegar todas las claves de su talento en lo que es principalmente un homenaje musical al moderno cine de acción y una reescritura de las señas de identidad de la hibridación entre las distintas forma de ocio de nuestro tiempo: videojuegos, cómic, videoclip musical…

Trailer

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Sucker Punch se convierte así en un auténtico puzzle de referencias múltiples y multiculturales que Snyder inicia con una presentación que nos recuerda la secuencia de créditos iniciales de una obra maestra menos apreciada de lo que debiera, Watchmen. A partir de la misma, haciendo gala de gran economía narrativa para situarnos rápidamente y con una serie de secuencias encadenadas en el drama que vive la protagonista, empieza a construir una especie de variante de Moulin Rouge de Baz Luhrman, cambiando los modos y maneras del melodrama que lucía aquella por el cine de acción trepidante. No contento con eso, da otra vuelta de tuerca a su argumento y encuentra hueco para incorporar a esa propuesta una serie de fragmentos que nos hacen pensar también en la doble vida de realidad y ficción en la que existía el personaje encarnado por la cantante Björk en la película de Lars Von Trier Bailando en la oscuridad. Finalmente, y para completar su oferta, rellena la misma con una múltiple colección de guiños y referencias cruzadas que nos permite encontrar momentos propios del cine más clásico, desde la película de ambiente carcelario, con fuga incluida, a los cuentos de hadas del Hollywood clásico: la historia inicialmente podría ser una especie de variante de Alicia en el país de las maravillas, pero en su desenlace nos sitúa en las proximidades de El mago de Oz.

Todo ese puzzle está orquestado en torno a una serie de misiones (cinco, aunque la cuatro primeras son las reveladas y la última es un secreto que el propio público tendrá que desvelar), que permiten a Snyder desarrollar su propia propuesta de análisis de la estética del cómic y el videojuego sin perder en ningún momento de vista lo puramente cinematográfico.

Tan ambicioso en su arco de desarrollo y personajes como se mostró en Watchmen, pero trabajando con material propio, Snyder aplica a sus secuencias de acción una estética que las acerca a las de 300, pero además aplica una forma de narrar visualmente que como se demuestra en esa secuencia de prólogo de la que hablaba antes, manifiesta una gran pericia para manejar con carácter de cine de autor la puesta en escena de un gran espectáculo de explotación comercial.

Todo ello hace de Sucker Punch una grata sorpresa especialmente para el público física o mentalmente más joven, aunque incluso los apasionados del cine más clásico no podrán reprocharle a la película de Snyder que sea confusa, porque muy al contrario es modélicamente diáfana en su planteamiento de realidades paralelas. Además hay mucho cine clásico en los pasillos de su historia.  Podemos tropezar con momentos que son un guiño a Frank Capra mezclados con algunas gotas del cine de gánsters y con otros fragmentos que homenajean el cine de Alfred Hitchcock. De hecho los objetos que las protagonistas tienen que conseguir en sus misiones son un guiño múltiple al concepto de macguffin aplicado por el llamado “mago del suspense”, una genial broma cinéfila que además nos sirve en bandeja una pista para explicarnos qué es realmente Sucker Punch. Además de un musical de acción con ritmos que pasan de lo mejorcito de Jefferson Airplane o Jefferson Starship al rap e ilustran combates que parecen salidos de los cómics de Frank Miller, el autor de 300, esta película es un brillante ejercicio de autoexamen y reflexión que su director hace sobre el cine de acción tal y como se expresa en nuestros días, y sobre el impacto en la estética y la narrativa del medio derivado de la hibridación con otros recursos de ocio. O, dicho de otro modo: un completo manual de cómo operan las películas comerciales y de explotación de la era blockbuster.

No es arriesgado que puede convertirse en un título de culto, aunque, como todas las grandes películas, como los más brillantes ejercicios cinematográficos, no faltará quien la ponga a caldo por incapacidad para advertir sus aciertos y la pertinencia de algunas de sus reflexiones, quizá esperando algo más convencional a la hora de entrar a verla en un cine.

Por cierto, todas la películas deben verse en un cine para disfrutarlas como corresponde, pero aún más ésta, que es de verdad un espectáculo para gozar en pantalla grande.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Destino oculto con Matt Damon

Empiezo aclarando, para que luego el personal más despistado no se despiste y prepare los tomatazos de rigor para un servidor: sí, vale, ésta película se basa en un relato de Phillip K. Dick, y sí, a mí me ha gustado bastante, pero no esperen ver ni Blade Runner, ni Desafío total, ni Minority Report, que esto va de otro palo. Saca a la luz de una manera original y hasta cierto punto novedosa en su hibridación de géneros, lo mejor de las reflexiones paranoicas y de teoría de conspiración de este autor genial y esencial en la literatura estadounidense… moviéndose en los términos y el territorio de las historias románticas.

Sigo aclarando la fórmula, porque puede despistar en su comienzo. Empieza como lo que parece ir a convertirse en una historia centrada en la política, estilo El candidato, aquella de Michael Ritchie protagonizada por Robert Redford.

Luego da un giro y parece que estuviera uno viendo la comedia romántica de rigor, más entretenida, más creíble y mejor escrita que la media de las comedias románticas de rigor que nos caen encima en la cartelera en estos días, construida sobre la química de sus dos actores protagonistas, en una escena en un baño que, aunque el romanticismo de fórmula cinematográfica “made in Hollywood” te de cien patadas, consigue ganarte y hacer que te intereses por cómo van a acabar esos dos pardillos que se ponen a ligar en un retrete, o excusado, si son ustedes de la parte alta y finolis de la ciudad. Es entonces cuando advertí una estructura de cine más clásico de Hollywood, estilo Frank Capra, que no es mi director favorito precisamente pero nunca he sido tan imbécil como para negar que era un maestro en esto de tejer historias de “American Way of Life” y “hombre hecho a sí mismo”, de ésas que tanto les gustan a los estadounidenses y se venden tan bien fuera idealizando esta realidad perra que nos rodea para que nos parezca un cuento de Disney en el que además no han matado a la madre de Bamby.

Viene a continuación un giro inquietante que por unos momentos me hizo temer que me la habían colado doblada otra vez con un pestiño tipo ¿Conoces a Joe Black? (pues no, no le conocía, pero no me iría a tomar dos cañas con él aunque le tocara pagar después de tragarme esa abominación de más de dos horas sólo tolerable a ratos por los ojos de Claire Forlani y con Brad Pitt más empanado que nunca y Anthony Hopkins urgentemente necesitado de convertirse en Hannibal Lecter y regalarse un ración de sesos). ¡Falsa alarma! Afortunadamente Destino oculto no es algo parecido a ¿Conoces a Joe Black?

A partir de ese inquietante momento, la cosa se enfoca finalmente y se orienta más hacia el relato fantástico que hacia la ciencia ficción. Y una vez orientada, funciona muy bien, porque mantiene un curioso equilibrio entre el relato romántico con fundamento y la fábula sobre la teoría de la conspiración que tanto obsesionaba a Dick. Algún listo vendrá diciendo ahora que han copiado el argumento de Matrix, así, con un par, y estará olvidando que lo que ocurre es que los Wachowski saquearon a modo, con cierto talento para el pastiche y la mezcla en la primera entrega (de las otras dos, mejor no hablar) la narrativa de Phillip K. Dick. Siendo Destino oculto la adaptación de una de las obras de este autor, lógico es que se detecten puntos en común entre ambas.

Pero la oferta de Destino oculto va por otro camino.  En mi opinión su aportación  principal reside en su habilidad para trabajar la mezcla de géneros sin traicionar el interés inicial que suscita en el espectador. La historia sigue teniendo el vínculo romántico de los dos pardillos del retrete como epicentro,  y seguimos interesados  por lo que les pueda ocurrir. Pero cuando parece que va a estancarse en eso, da un giro que hace crecer no sólo la trama, sino los propios personajes. Y eso caminando por el filo de la navaja, al borde de un abismo que en cualquier momento podría haber sumergido toda la historia en las pantanosas aguas de bodrios infumables y “moñoños” (calificativo favorito de mi colega y sin embargo amigo Usero), como Xanadú o Tal para cual, esas dos atrocidades que machacaron la carrera cinematográfica de Olivia Newton-John, una de mis musas del paso de la infancia a la adolescencia, dicho sea de paso… Estaba totalmente encoñado con ella cuando me empecé a quitar de encima los granos, no me importa reconocerlo. Vayan al Youtube, escriban The Rumor Olivia Newton John y ya me dirán si la chica no estaba para tirarse por un barranco, o lo que toque, y con una voz para escucharla, aunque ciertamente las letras de las canciones fueran muy moñas.

Destino oculto se aparta de ese insondable abismo de moñez en el que se precipitaron Xanadú y Tal para cual y vuela más alto en su peripecia romántica precisamente cuando incorpora a la misma la trama de conspiración paranoide de clave fantástica. Conste que un servidor el romanticismo lo aguanta sólo si está muy bien hecho, si lo cantan Olivia Newton-John, Carly Simon (en mi opinión el tema Nobody Does it Better en La espía que me amó es el mejor de toda la saga de 007), Basia con su basianova, o Phil Collins, pero éste sólo si es cantando el tema Against All Odds (Take a look at me now) en los títulos de crédito de la película Contra todo riesgo y está allí Rachel Ward. A pesar de eso Destino oculto me parece una buena opción para ver cine romántico con fundamento, sin moñadas, y creíble… Y con creíble quiero decir que, como en ese tema de Phil Collins, comprendamos que, como el protagonista, estamos dispuestos a hacer todo lo que sea preciso saltándonos los planes del temible Equipo de Ajuste de Phillip K. Dick (o incluso pillando una hipoteca asesina, doy fé de ello después de 20 años de matrimonio) simplemente para que ella se vuelva a mirarnos cuando damos con la Mujer, así, con mayúscula, como decía Sherlock Holmes hablando de Irene Adler, la única fémina que le puso el mundo del revés y las hormonas a bailar la conga.

¡A ver si al final resulta que Frank Capra llevaba razón…!

¡Vaya! Ahora para quitarme toda esta tiña romántica que se me ha quedado pegada tendré que ver otra vez Grupo salvaje como penitencia… y de paso impedir por todos los medios que mi mujer lea esta crítica para que no me suba los impuestos conyugales.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Los próximos tres días 

Es más que interesante encontrarse una película como Los Próximos Tres Días por varios motivos. Primero porque siempre merece la pena encontrarse cine adulto, tanto en su contenido como en sus protagonistas y desarrollo, servido de la mano de un muy buen guionista como Paul Haggis. segundo porque así podemos comprobar si el cine dedicado al público más maduro sigue de capa caída, salvo éxitos puntuales, o logra remontar de alguna forma el vuelo.

Porque la verdad sea dicha, cada vez menos cintas consiguen interesar a la audiencia mayor de 35 años, que es a quien en principio van destinadas estas películas, convirtiendo en fiascos o éxitos menores, en el mejor de los casos, películas como Wall Street 2, Más Allá de la Vida, La Sombra del Poder (también con Crowe, por cierto) y otras tantas. De hecho en los últimos meses solamente The Town puede considerarse un éxito rotundo en este aspecto. La Red Social podría encontrarse dentro de los éxitos. Pero la temática y la calificación por edades de la misma ayudaron bastante en USA.

Incluso con la llegada de los premios, que suelen levantar la taquilla de estos títulos, ya no es lo que era y comienza a dejar algo que desear. El año pasado The Hurt Locker, la flamante ganadora del Oscar, se las vio y se las deseó para alcanzar los 10 millones de recaudación, mientras que este año sólo Origen ha sido ha conseguido una recaudación de lujo entre las nominadas a los Globos de Oro. The Black Swan y The Fighter andan en menos de 50 millones por cabeza, mientras El Discurso del Rey se conforma con la mitad de eso. Son cifras que van a mejorar, obviamente, en cuanto cualquiera de ellas arrample con un par de galardones importantes. Pero de ahí a asomarse a la recaudación de películas como Origen o incluso La Red Social, va un abismo. Un abismo de muchos millones de dólares que provoca que cada vez se produzca menos cine para el mercado adulto y que cuando se produce los presupuestos se reduzcan para reducir riesgos. Es decir, un marrón.

Así ocurre que películas como Los Próximos Tres Días se convierten en productos que el público general termina por ignorar, sea por falta de interés o de premios. Y no, no es que se merezca ningún premio, pero es una buena película de suspense, sólida y bien escrita, que consigue entretenernos sin ninguna complicación durante sus dos horas de metraje. Bien pensado quizá sí que se merezca un premio...

Si alguien no conoce la trama de la película esta gira en torno a un matrimonio que parece perfecto, pero vive una tragedia cuando la esposa es arrestada y condenada por asesinato. Tras tres años de lucha en vano, su marido, la única persona que cree en la inocencia de ella, tomará una decisión radical intentando acabar con la situación de su esposa. Una decisión que puede terminar con su matrimonio o consigo mismo.

Y es en esa creencia casi religiosa en la inocencia de su esposa en donde radica el verdadero interés de la película. Por encima del suspense, el drama de ese hombre, su obsesión sin límites por la inocencia de su esposa, que le lleva a cometer él mismo diversos crímenes en su intento por liberar a su esposa. A perderse y quizá perder lo que más ama. La solvencia del guión de Paul Haggis se demuestra en el tiempo que tarda en presentarnos a los personajes, sobre todo al protagonista, con paciencia, sin prisa. Haciendo comprensible motivaciones, sentimientos... Pero más aún, no juzgando las acciones del protagonista. Permitiendo entenderle y decidir si queremos creer que lo que hace es una estupidez o algo coherente a lo que le lleva la desesperación.

Haggis sabe aprovechar la puesta en escena para ayudar en su narración al relato, permitiendo que ciertas escenas.ni siquiera necesiten de diálogo, como por ejemplo la sobrecogedora secuencia entre Russell Crowe y Elizabeth Banks en la prisión cuando le va a dar la noticia de que la apelación ha sido rechazada. Ojo al juego de planos, a la importancia de lo que está fuera plano y aparece y a los actores. Y sin una sola línea de diálogo.

Claro que todo ello sería imposible sin un reparto a la altura. Por un lado tenemos a un brillante Russell Crowe capaz de mostrar todo lo que lleva el personaje dentro, desde la determinación a la obsesión pasando por el patetismo, con una simple mirada. Aunque la película peca de dejar todo el peso de la misma en el actor, convirtiendo otras geniales apariciones casi en cameos de lujo, como Liam Neeson, una intermitente Olivia Wilde (en el personaje peor escrito de la película y más tópico, pero del que ella saca petróleo) y un magnífico Brian Dennehy, por poner algunos ejemplos.

Además la trama goza de un excelente ritmo in crescendo que se va elevando poco a poco hasta llegar al último tercio de película, la fuga en sí, convertida aquí en una trepidante y emocionante persecución que, si bien se alarga demasiado, deja un excelente sabor de boca. No así la última secuencia de los policías, una bajada de pantalones en toda regla en lo que parece la necesidad de Paul Haggis por limpiar su conciencia y la del espectador, justificando sin necesidad a su personaje central. No hacía falta, para nada.

Suele sucederle a este hombre que a veces tiene ciertas lagunas de guión de peso, que dejamos pasar porque el hombre se aplica en lo que realmente importa. Los personajes. Y aquí consigue lo que pretende, una buena pieza de suspense perfectamente conducida aunque con ciertos problemas en algunos aspectos que la alejan de la perfección, algo que nunca fue su intención. Una película entretenida y adulta, convincente y que deja un buen sabor de boca. Es una pena que en USA la hayan ignorado y sería una pena ignorarla aquí. Aunque sólo sea por Crowe y Haggis merece la pena hincarle el diente.

Jesús Usero