En el grupo de Telegram de la Revista Acción nuestros lectores han realizado una encuesta para tratar de discernir cuál es según ellos la mejor película y la más querida de entre todos los títulos más representativos de la filmografía del director David Fincher, quien empezó grabando spot televisivos y siguió dirigiendo videos musicales hasta que finalmente dio el salto al cine en 1992. No ha habido mucha discusión sobre el primer puesto ya que ha ganado una de las películas más icónicas de este director: Seven, con nada menos que un 43,50% de los votos, un puesto sin duda muy merecido aunque, para mí, una de las películas que han quedado en segunda posición es la mejor entre todas: Zodiac, con un 17% de los votos junto a El curioso caso de Benjamin Button. Es decir, el 2 puesto se debate entre esas dos películas tan diferentes entre sí. Os dejo a vosotr@s elegir cuál de las dos es más meritoria de ese puesto.

Perdida *****

Octubre 03, 2014
David Fincher reescribe las claves de la intriga con un argumento repleto de giros inesperados.

Fiel a su estilo y sus planteamientos tanto narrativos como visuales, David Fincher nos propone un nuevo ejercicio de mezcla de géneros en el que nuevamente tira de la mejor característica de su cine: la capacidad para implicar al espectador desde el primer momento en la lectura y relectura de su puzle argumental. Por ejemplo en Seven jugó al despiste con nosotros haciéndonos creer que estábamos viendo una película policíaca con estética de cine negro (esa lluvia incesante que tanto recuerda al arranque de Blade Runner…), asociada a enigmas por resolver propios de las novelas-problema de cuarto cerrado y con estrategia argumental propia de las películas policíacas de procedimiento (procedural). Pero como se revelaba finalmente en la relectura de la película siguiendo las pistas sembradas en la película, lo que realmente habíamos visto era una historia de terror en la que el verdadero protagonista era el monstruo, el asesino, del que se habla continuamente y cuyo monólogo se expresa no verbalmente, sino a través de los cadáveres que va dejando a su paso. Así hasta el final en el que finalmente el asesino se revela brutalmente, despejando de la ecuación lo propiamente policíaco para cerrar la historia con un desenlace de terror, el mismo terror anticipado en el tono claramente gore de los cadáveres que van descubriendo los dos policías y con la entrada en la guarida del monstruo. La música sería una de las claves de ese paseo por la variopinta colección de paisajes y géneros incluidos en la película. Piensen en cualquier otra de las películas de Fincher, y descubrirán que esa clave con el juego del espectador, ese empeño en mantenernos alerta, sorprendernos y llevarnos a la desorientación absoluta antes de darnos la solución final de sus enigmas, forma parte de la manera que tiene este director de entender el cine. Esas mismas claves están presentes, a un nivel superlativo, en Perdida, que está a la altura de sus mejores películas y como las mismas tiene ese juego con el espectador como consigna esencial para su funcionamiento. Lo que comienza como una historia romántica pronto se troca en historia dramática de intriga con desaparición incluida, pero cuando creemos estar en el territorio Hitchcock del falso culpable, el director introduce una pareja de policías que investigan el caso y nos hacen pensar que va tirar por el camino del procedural, antes de dar un nuevo giro para convertir la película en una crítica a los medios de comunicación y los linchamientos públicos que propician, otorgándole a lo que en principio era un enigma el carácter y el nervio de un drama de crítica social, antes de dar un nuevo y sorprendente volantazo genérico para meternos en una trama de cine negro reivindicando brillantemente la figura de la mujer fatal.

Hay muchas cosas que sorprenden positivamente en esta grata sorpresa para la cartelera que es Perdida. En primer lugar el trabajo de Rosamund Pike, que en algunos momentos me ha recordado a Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo, con un papel que está en continua evolución y no deja de sorprendernos. Como ocurriera con el asesino de Seven, ella se revela como la verdadera protagonista de esta historia en la que el resto de los personajes no dejan de hablar de la desaparecida Amy. Todo gira en torno a su presencia, que además está reforzada con el equilibrado y elegante juego con el monólogo de voz en off y el flashback que ha organizado Fincher para ir desplegando las claves de la trama. Puro encaje de bolillos, ingeniería de guión y montaje de altos vuelos, ejemplo de cómo utilizar la fragmentación, repetición, el efecto eco y la mediación formal y temática para crear su propia reflexión sobre el género de intriga, llevando al espectador a una constante relectura y decodificación del lenguaje clásico del cine de suspense, al tiempo que él mismo reflexiona sobre el cine como medio de expresión, acercándose al territorio del discurso autoconsciente.

Para ello organiza un discurso narrativo a varios niveles en una fábula que en su principio recuerda The Game y en otros momentos, con su relevo de protagonistas, pasea por un territorio más cercano a Zodiac, acercándose también con su despliegue de personajes y subtramas a la naturaleza caleidoscópica de El club de la lucha.

El resultado de todo ello son ciento veintitantos minutos de cine de altísima calidad, impecable construcción argumental, notable guión, en el que además, sobre todo en su tercer acto, se manifiesta una saludable corriente de humor negro que viene a equilibrar su parte más terrible e inquietante, además de algunos guiños que son pistas sobre el tipo de relato que nos está proponiendo el director, por ejemplo esos juegos que la hermana del protagonista acumula en el bar que responde por el nombre de… Bar, la esposa desaparecida que se siente desaparecer en su matrimonio… Fincher nos recuerda con notable elegancia y pulso firme para controlar el ritmo, el verdadero objetivo del relato de intriga, que no es otro que el juego del emisor con el receptor del mensaje. El juego es de tal nivel que llega un momento en el que no sabemos a qué personaje debemos creer, en quién tenemos que confiar, con quién debemos simpatizar. Fincher se convierte en un titiritero que maneja los hilos del espectador a través de las trampas y preguntas que siembra en torno a sus personajes, el marido, que habita la historia en un flashback y la mujer hablando a través de su diario. Y entre ambos, a modo de vínculo de unión, ese juego de pistas que va dejando como miguitas para orientar al marido la esposa en el día del aniversario, que de paso sirven para hacer avanzar la historia e introducir los sorprendentes giros que se van acumulando en la misma. Un ejemplo es la tercera pista, asociada al flashback y pasando del tema del romance a la intriga y de ahí al drama, que modifica el papel de marido y mujer en la trama principal introduciendo además el tema del deterioro del matrimonio…

Fincher nos regala así un festival de intriga en el que nada es lo que parece y podemos recorrer el laberinto de su película como una especie de atracción que reescribe las reglas del suspense en un ejercicio de más difícil todavía ejecutado como un triple salto mortal.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres

La versión Fincher es mejor que la versión anterior y más fiel a la novela, es además más clara en su desarrollo y desenlace.

Tal y como ya expliqué cuando hablaba de la versión europea de esta misma novela, Millenium no me parece precisamente un dechado de originalidad, por mucho que  haya tenido éxito notable en las librerías de todo el mundo. Lo que sí hace es acertar a mezclar dos variantes de la narrativa policiaca, el relato whodunit estilo Agatha Christie, también conocido como “¿quién lo hizo?”, donde impera la intriga, el enigma y la resolución del mismo sobre la acción, y el relato hardboiled, enmarcado en la serie y el cine negro, protagonizado por un detective duro, metiéndose en todo tipo de enredos, al mismo borde de la frontera del crimen, a punto de saltársela e incluso dispuesto a enfrentarse a las autoridades de turno, esencialmente corruptas. Es el tipo de esquema que encontraríamos en clásicos del cine negro como El halcón maltés o El sueño eterno, si nos da por rebuscar en la filmografía esencial de Bogart, pero que también puede encontrar referentes en la esencial Retorno al pasado, o en las cronológicamente hablando más próximas Chinatown y Blade Runner.

Toda la trama de la desaparición de la joven en la poderosa familia que ficha al periodista interpretado por Daniel Craig responde al esquema del whodunit, es un enigma por resolver, lo que podríamos denominar su faceta Cluedo, tomando prestado el nombre del célebre juego de mesa. Todo lo referido a Lisbeth Salander responde al esquema del hardboiled. Lo curioso de esta nueva versión de Millenium es que deja aún más claro lo más interesante de mezclar esas propuestas de relato policial esencialmente diferentes: los papeles tradicionales repartidos por sexos están invertidos. El asunto tiene aún más relevancia si contamos con la participación de Craig, el James Bond más duro y brutal de la saga de 007, que le saca aquí el mayor partido a desmarcarse de su propia imagen (curiosamente mientras el actor encargado de interpretar ese mismo papel en la versión europea ha hecho lo mismo, pero en sentido contrario, en Misión imposible: protocolo fantasma).

Digo que los papeles están invertidos respecto a lo que tradicionalmente nos ha propuesto el relato policial porque, como se las ingenia para remarcar David Fincher con mayor pericia que en la versión anterior, Lisbeth es la encargada de proteger, ayudar, investigar y ser el brazo armado de Mikael. Lo que en el cine más clásico habría hecho el protagonista masculino lo hace en esta ocasión la protagonista femenina. Fincher utiliza las escenas de sexo para dejar eso aún más claro, después de que disparen contra Mikael, o tras la escena de la tortura. Entre otras cosas, eso hace mucho más creíble los personajes y las situaciones, no tanto porque se aleja del estereotipo, de lo previsible, sino porque responde coherentemente a la manera en que han sido construidos los dos personajes. Mikael es un periodista, no un tipo duro y callejero. La dura y la callejera es ella. Lógico es que, con independencia de su sexo, sus relaciones y participación en la investigación se reconstruyan según esos parámetros. Lo contrario, además de desleal para la definición de los personajes, sonaría falso, poco verosímil y totalmente previsible para el espectador: pura fórmula. Creo que Fincher trabaja mejor y más claramente esta inversión de papeles tradicionales del relato policíaco más clásico.

Lo que diferencia aún más la versión Fincher de la versión europea de Millenium es precisamente el tercer factor que entra a relacionarse eficazmente con esa especie de alianza o encuentro entre el relato whodunit y el relato hardboiled que ya etaba presente en la novela original y en la película anterior: el propio estilo Fincher. Desde el momento en que los dos personajes empiezan a descubrir las claves del asesinato en serie, que estaba presente también en el relato original y es la columna vertebral del mismo, al menos en la primera novela, nos damos cuenta de que esta historia encaja como una pieza más del puzzle de relatos siniestros presentes en la filmografía de David Fincher. Así, Millenium se desvela como una pariente muy cercana de títulos como Seven o Zodiac, pero además, por lo referido al enigma, encontramos huellas de The Game y El club de la lucha, tanto en lo estético como en lo argumental.

Tomemos como ejemplo el elemento más obvio que pone de manifiesto ese encaje perfecto en la filmografía de Fincher ya desde el principio: los títulos de crédito, mercuriales y potentes, tan cercanos a los de cualquier otra película del director, especialmente Seven, en su manera de desplegar parte de la historia, aunque en el caso que nos ocupa el ritmo de los mismos y la música que los complementa responda más a la personalidad de Lisbeth y presente y anticipe no al villano, como en aquella sino la compleja y tempestuosa relación que vincula a los dos protagonistas. El desarrollo creativo de los créditos encaja en el excelente uso que suele hacer Fincher de esa herramienta narrativa tantas veces desperdiciada o mal utilizada para presentar o anticipar elementos esenciales de la trama.  Es el primer ladrillo de un edificio que demuestra ser otra adaptación distinta de la novela original, comercial, sin duda, pero igualmente clasificable dentro de las claves de su director como autor.

Me ha gustado bastante la manera de respetar los momentos más escabrosos de la trama, sin recrearse en la violencia y la tortura innecesariamente, manera morbosa. Son tan brutales como deben ser, pero dejando que cada espectador recomponga el puzzle según le cuadre o prefiera, sin automutilarse pero sin dejar que esos fragmentos tengan más protagonismo del estrictamente necesario para componer el arco de desarrollo de la trama y los personajes.

Pero además hay un elemento que me ha llamado poderosamente la atención en esta versión y que no estaba presente, o al menos no tenía la importancia en la trama que se le da en ésta: el triángulo sentimental. Se construye sobre las relaciones de Mikael con Erika, la directora de la revista -Robin Wright en un papel breve pero decisivo- y da pie a dos de las imágenes más definitorias de los vínculos que se establecen entre los dos protagonistas: el plano en el que vemos a Mikael hablando en la calle frente a Lisbeth, con Erika en un segundo término, y un plano final que me parece muy superior, más resolutivo y explícito, más contundente, que el de la versión europea de la novela de Stieg Larsson.

Finalmente hay otro tema que es inevitable abordar antes de acabar este comentario: las comparaciones odiosas entre los protagonistas de la versión europea y la norteamericana. A la pregunta: ¿devora el estrellato de Daniel Craig a Mikael? Contestaría que no, muy al contrario: Craig encuentra en el juego a la contra de su imagen como 007 un elemento positivo, que da pruebas de su talento como actor y su capacidad para escapar al encasillamiento. A la pregunta:  ¿Qué Lisbeth es mejor, la de Noomi Rapace o la de Rooney Mara? Contestaría que son distintas. Ni mejor ni peor. Dos versiones diferentes de un mismo personaje, cada una ajustada al tipo de película en el que tiene que habitar. La Lisbeth de Rapace era la mejor posible para la versión europea, del mismo modo que la de Mara es la mejor imaginable para la versión norteamericana.

A modo de resumen: estamos ante una película distinta, cuyas diferencias sabrán apreciar los aficionados al buen cine, quienes se entienden que esto no es tanto un remake como una nueva versión de la novela de Stieg Larsson, en mi opinión más fiel a la misma en algunos aspectos fundamentales de la misma, y conste que no me refiero sólo a que aparezca la hija de Mikael o se haga el debido hincapié en su relación con Erika.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película La red social

Cuando La Red Social empezó a tomar forma como película las cosas pintaban más que bien. Un película de David Fincher siempre es apetecible. Pero si además viene guionizada por Aaron Sorkin, creador de series como El Ala Oeste o Studio 60, y películas como Algunos Hombres Buenos, bueno, la mezcla parecía perfecta a priori. Pero ya sabemos cómo son estas cosas y cómo es Hollywood. Por una parte pensábamos que era un caballo ganador. Por otra teníamos miedo de que estos dos genios no llevasen a buen puerto un proyecto en principio tan interesante como este.

Gracias a Dios los miedos desaparecen durante los cinco primeros minutos de proyección.

La mezcla funciona como un reloj y la película apunta desde un principio maneras de gran cine. Y no se pierde por el camino. Mejora.

La historia de Facebook, de su creador (o creadores, según se mire), no es fácil de encarar. Puede parecer interesante desde lejos, curiosa, entretenida con todos los problemas legales que Mark Zuckerberg, el principal responsable del invento, pero podía muy fácilmente haberse convertido en una tv movie de esas que echan los fines de semana a la hora de la siesta. Basada en hechos reales y esas monsergas. Vamos, que podría haberles salido un tostón de padre y muy señor mío. Y no lo hace en ningún momento.

No lo hace porque Fincher le tiene tomado el pulso narrativo a la película desde el minuto uno. Porque los diálogos de Sorkin, como de costumbre, son balas disparadas en todas las direcciones a velocidades de vértigo (ver la película en versión original es un reto hasta con los subtítulos de marras) y porque los actores, todos ellos, están a un nivel de aúpa, con todos los premios que el lector desee incluidos.

Disfrazada entre los mimbres de una historia de lucha de poder y ambición, yace una historia sobre la soledad, la amistad y la traición con la que cualquiera puede sentirse identificado, aunque no posea los 4000 millones de dólares que Zuckerberg posee. Una historia compleja y fuerte, a la vez que refleja el patetismo de un hombre, quizá el nuevo Bill Gates, que no sabe cómo ser aceptado por los demás, no porque sea un friqui, sino porque no sabe tratar a la gente si no es al ritmo que él desea.

Prueba de ello es que la película narra desde un flashback el nacimiento de Facebook. Más que un flashback, dos en realidad, las dos reuniones entre partes enfrentadas en demandas millonarias, Zuckerberg contra el mundo o el mundo contra él. Tanto da. Fincher aprovecha esas escenas en el presente para mostrarnos a un personaje orgulloso y soberbio, brillante, inteligente, único, perfectamente interpretado por Jesse Eisenberg.

No es el único. Andrew Garfield, el nuevo Spiderman, está impresionante, perfecto, lo mismo que Justin Timberlake, como el fundador de Napster, o Max Minghella, otro rostro joven muy a tener en cuenta. El reparto está de órdagp en todas y cada una de las escenas de la película lo que la hace más creíble y más real. Sobre todo cuando se realizan diálogos sobre informática de esos que sólo los verdaderos expertos en el tema consiguen comprender. Si cuando los actores hablan de eso no te lo crees, poco hay por hacer con el resto.

La Red Social habla de un sueño y de cómo se levantó de la nada, pero también de las cosas que quedaron por el camino, lo que perdimos. Si la oferta o promesa que el personaje de Timberlake hace a Zuckerberg en el club realmente tiene sentido o no. Si un sueño merece la pena tantas cosas perdidas por el camino. Y la principal meta del protagonista, ser aceptado, no se consigue. Es la persona con más amigos del mundo, y a la vez la más solitaria.

Gran parte del interés de la película recae en la pericia visual de David Fincher, quien logra mantener el ritmo en la historia como si se tratara de un thriller trepidante, lleno de giros bien planteados e inventiva visual. Como ejemplo valga esa magnífica escena en la regata, donde logra imprimir de una fuerza a las imágenes que nos hace pensar que nosotros mismos vamos remando con los equipos. O la magnífica manera de plantear los pensamientos del protagonista, ya sea en imágenes o a través de voz en off.

Y, por supuesto, el guión de Sorkin, junto al de Inception probablemente dos de los mejores guiones del año. Sobrio y comedido, sutil cuando ha de serlo y directo cuando lo requiere. Con frases que definen a los personajes como si leyesen su alma. Como cuando un personaje le dice a un Zuckerberg que se queda solo “No eres gilipollas, simplemente te esfuerzas enormemente para que todos piensen que lo eres”.

Esa frase define toda la película con una precisión que ya quisieran para sí otros supuestos genios de la escritura.

Aunque no termina de ser perfecta la película, lo cual le añade aún más encanto. Los personajes femeninos están desaprovechados en el mejor de los casos, eso cuando no son simples bocetos de personajes y no personas reales. Lo mismo sucede con el exceso de charla técnica, que para quiénes no entiendan de informática les dejará algo perdidos en algunos momentos de la película.

Son un par de pequeños detalles que hacen pensar que podría haber sido incluso mejor. Más redonda. Sin restarle méritos al trabajo final que vemos en pantalla, que resulta soberbio. De lo mejor del año.

Ni siquiera deberíamos plantearnos si La Red Social es fiel a lo que sucedió en realidad o es más ficción. La película no pretende eso. Es una historia de sueños, genios, venganzas, pasiones, amistades rotas, soledad y éxito rodada con exquisitez e interpretada maravillosamente. Es la historia de una generación, una cultura y una sociedad que nos ha tocado vivir. No es una historia de buenos y malos, sólo una historia de personas, hay reside su brillantez. No os la perdáis.

Y, nos vemos en el Facebook…

Jesús Usero