Miles Teller es lo mejor de una película que se sostiene sobre sus actores.

Es una película necesaria porque necesaria es su reflexión sobre una parte de los desastres de la guerra. Y es lógico, y coherente, que se desarrolle en el aspecto civil durante casi todo su metraje, dejando a sus protagonistas atrapados en medio de dos breves pero definitivos fragmentos que ocurren en Iraq y explican ese lastre definitivo que es la guerra para quienes pasan por el frente. En ese sentido son especialmente contundentes el plano de las chapas de los soldados al principio, la secuencia que recorre la sala de espera de los veteranos esperando la ayuda y la charla del protagonista y su esposa con la psicóloga encargada de evaluar su caso, en la que se impone la demoledora frase: “Cientos de miles de veteranos hombres y mujeres buscan ayuda”.

Asentada sobre la eficacia de su reparto, la película se desliza pausadamente sobre el drama de los veteranos que vuelven a la vida civil, construyendo una alegoría propia del argumento universal del retorno a casa protagonizado por Ulises en la que los guerreros se arrastran incompletos y mentalmente enfermos hasta sus Penélopes y sus Telémacos pero nunca volverán a encontrar la vida que dejaron atrás cuando partieron para el frente en el que les hicieron pedazos física y mentalmente.