Crítica de la película Desastre y total: Agencia de detectives Nº1

Un canto a la imaginación que no tiene toda la fuerza que debería.

La imaginación es el refugio de aquellos que sufren la soledad. Conforma nuestra forma de pensar y de ver el mundo. Nos hace diferentes. Únicos. Por ello, los niños necesitan ver películas como Desastre y Total para descubrir que no es tan malo remar a contracorriente. Basada en la obra homónima de Stephan Pastis, el director Tom McCarthy (Spotlight) cuenta la historia de Timmy (Winslow Fegley), un imaginativo niño de once años que dirige Total Failure, la mayor agencia de detectives del país, junto a su amigo, un gigantesco oso polar imaginario.

Narrada en primera persona a través de la voz en off del protagonista, pronto nos metemos en la cabeza de Timmy para descubrir un personaje con múltiples capas y muy diferente a los que suelen poblar las películas de Disney. A pesar de que la imaginación desbordante del protagonista y su trabajo como detective privado puedan hacer pensar en un personaje infantil e ingenuo, lo cierto es que su comportamiento, pensamientos y lenguaje son maduros para su edad. Se puede observar en su sentido del deber, pero también en la forma de abordar los paréntesis surrealistas que tienen lugar en su cabeza. Es fácil sentirse identificado con la forma en la que magnifica sus miedos ante la incomprensión del mundo adulto y su intransigencia frente a unos cambios que todos hemos experimentado, como el salto a la secundaria. Por todo ello, quizás los espectadores más pequeños abandonen la aventura a mitad del camino.