Muy buena. Benedict Cumberbacht llama a las puertas del Oscar.

p> Está el año algo difícil para eso de recibir premios, pero si algo me ha dejado The Imitation Game es que es el año de su protagonista, Benedict Cumberbacht, que con esta película llama con fuerza a las puertas de los galardones anuales y además tiene todas las papeletas para llevarse algo justo antes de zambullirse en la galaxia Marvel como el Doctor Extraño. La historia propicia además todas las características que suelen respaldar a los candidatos a premios: se basa en hechos reales, tiene un tono reivindicativo y humanista, un personaje límite y marginado, maltratado por la vida o el destino, como ustedes prefieran… Pero sobre todo eso se impone el hecho de que Cumberbacht está absolutamente genial en su interpretación de Turing, un visionario de las máquinas de calcular que puso las bases de los ordenadores, tal y como los conocemos hoy, pero del que la historia se olvidó durante muchos años en parte por su trabajo descifrando los códigos de comunicación alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

El resultado de la alianza de todos estos elementos argumentales es impecable. Un detalle: la película dura casi dos horas, y no te enteras. Eso se debe a que es un ejemplar ejercicio de intriga mezclado con drama de reconstrucción histórica y muy bien respaldada la solvencia del cine británico en sus actores, aunque reconozco que Keira Knightley, siendo una gran actriz, empieza a parecerme algo monótona y cansina y en este trabajo me parece que no anda del todo fina para ponerse a nivel de Cumberbacht.

La película administra sus recursos de manera ejemplar, sin caer en los tópicos o los recursos fáciles o sobreexplotados. Un ejemplo de ello es cómo administra los flashbacks en la historia, haciendo de ellos  una herramienta narrativa que aporta no sólo información sobre el protagonista, contribuyendo a construir el puzle de su compleja personalidad, sino también una fluidez que ya pueden envidiar muchas otras producciones para las que el flashback sólo funciona como atajo para abreviar camino y además suele ser un lastre que frena la acción. En The Imitation Game es justo lo contrario.

Otra clave a tener en cuenta es cómo construye los momentos dramáticos sin cargar las tintas y deslizarse hacia el melodrama facilón y previsible salpimentado con música emotiva. La película esquiva cuidadosamente esos momentos de emotividad simplona, superficial y en la mayor parte de los casos burda y gratuita que nos “regalan” otras “desgarradoras” y “pasionales” reconstrucciones de personajes o historias reales. Brilla así por su honestidad, su solvencia y su elegancia a la hora de presentar su terrible historia de abuso sistematizado. Dicho de otro modo: no juega a arrancarle emociones al público sino que deja que el público llegue por sí mismo a sus emociones. Un ejemplo: el momento en el que el joven Turing espera a su compañero, de vuelta de vacaciones.  Sencillo, sin alardes visuales o musicales. Tan verosímil que resulta totalmente demoledor porque nos mete de lleno en los sentimientos del personaje, como muchas otras secuencias de la película. Y en el lado opuesto de lo emocional, el momento clave de la revelación del enigma, por la noche, corriendo entre las cabañas, de un lado a otro, presas de la agitación de vivir una de esas encrucijadas dramáticas de la historia…

Añadan a todo ello un aire a relato de espionaje de John le Carré y tendrán la fórmula perfecta para una buena película. Muy recomendable.

Miguel Juan Payán

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