Sólo Dios perdona ****

Octubre 24, 2013
Sólo Dios perdona, pesadilla tailandesa del director de Drive. Cine negro en rojo y azul sangriento.

Nicolas Winding dedica su última película, Sólo Dios perdona, al director chileno Alejandro Jodorowsky, del que afirma que es su padre espiritual o algo por estilo. Y lo cierto es que hay mucha huella de esa influencia de Jodorowsky y su cine en esta película que sin duda sorprenderá quizá no agradablemente a quienes esperaban una especie de continuación o una prolongación de Drive, llevados por esta nueva asociación del realizador con Ryan Gosling en clave de protagonista. Lo que ocurre es que, aún siendo fácilmente identificables muchas de las características del cine de Nicolas Winding Refn en este largometraje, que tiene algunos puntos de contacto con Drive, no cabe duda que en esta ocasión el director danés ha jugado la carta de la ruptura con su trabajo inmediatamente anterior para meterse en un proyecto que me temo no va a ser del todo bien comprendido por algunos de los que se subieron al carro de Drive. Esta sospecha mía se basa en el hecho de que he visto salir a varios compañeros de la crítica del pase de prensa a mitad de película, cuando sus escenas se tornaban particularmente sangrientas. Lo cierto es que Winding Refn se ha zambullido en una piscina sangrienta de tonos rojos y azules en la que domina sobre todo el carisma artístico de su diseño de producción, haciendo de esos colores y de sus decorados un personaje más de la trama. Y como ocurriera con alguna de las películas de Jodorowsky (El topo o Tusk, por ejemplo), puede producirse en el espectador la sensación de que el director anda perdido en su laberinto estético, presa de un ataque agudo de pretenciosidad que lo lleva por el camino de la disipación visual, la dispersión argumental y la narración caótica o aparentemente sin sentido. Pero no es el caso. En mi opinión lo que ocurre es que Nicolas Winding Refn se ha empeñado en proporcionar al espectador una esas experiencias cinematográficas eminentemente viscerales y devolverle al cine su naturaleza plenamente onírica, encadenando una serie de fragmentos de pesadilla en los que la trama ocupa un segundo plano y los personajes se convierten en títeres grotescos sumidos en la penumbra o bañados en entornos rojos y azules. Sólo Dios perdona se empeña en ser cine epitelial y atacar con aparente superficialidad sobre todo a nuestros sentidos, tanto desde lo visual como en sus silencios y mediante la prolongación de escenas a un ritmo pausado que puede ser equivocadamente confundida con lentitud pretenciosa y onanista por parte del director. De ese modo se emparenta con otras películas que son más una experiencia sensual que una narración convencional para estimular nuestra capacidad de reflexión. Me refiero a algunos momentos del cine de David Lynch, como Carretera perdida, o a las muestras más disparatadas de la filmografía de Takashi Miike, como Izo, y por supuesto tanto en el uso de los colores como en esa escena en que el sangriento policía del sable se arranca a cantar temas melódicos en una especie de variante de karaoke al estilo tailandés no he podido evitar acordarme de los enloquecidos juegos con los colorines y el caos argumental que lucían algunos de los clásios del cine de mafia yakuza japonesa dirigidos por Seijun Suzuki, películas como El vagabundo de Tokio o Marcado para matar. Me atrevería a decir que en su ritmo pausado y en su aparente apuesta por no contar nada concreto y perderse en el laberinto de sus personajes, no tanto en su estética, Sólo dios perdona tiene también cierto parentesco con lo más cercano a Jodorowsky en la filmografía de Terry Gilliam: Tideland. El momento de elipsis verbal en que el asesino del hermano cuenta el asesinato sin que escuchemos sus palabras, el contraste cromático de azules y rojos alternados con los verdes que visten el hogar del policía, entorno de vida civilizada del asesino, así como la irrupción del personaje de la madre, que presta un cierto tono de tragedia de Shakespeare a la película, me ha recordado también algunas de las películas de Abel Ferrara más difíciles de clasificar, como Juego peligroso, The Blackout o Un cuento de Navidad. Ese es el tono de esta especie de cuento moral con thai boxing, amputaciones, disgresiones de todo tipo, muy pocos diálogos, algunas escenas como las de la madre y el sicario planeando la venganza en la terraza que son como un eco lejano del trabajo con la luz en la etapa europea del director con títulos como Pusher: un paseo por el abismo o Con las manos ensangrentadas, con Ryan Gosling caminando por senderos similares de enajenación existencial y marginación familiar a los que recorrieran los personajes interpretados por Mads Mikkelsen en esa primera etapa del realizador.

En mi opinión, esta película demuestra que hay mucho buen cine y un cine muy variado en la cabeza de Nicolas Winding Refn, y aunque pudiera parecer que en esta ocasión se le ha ido un poco la pinza, me da la impresión de que es una de sus películas más interesantes, una rara mezcla de Shakespeare, prostitutas, thai boxing y exhibicionismo cromático casi impúdico.

Es rara, quizá incluso pretenciosa, pero tiene una cualidad hipnótica que me llevará a verla otra vez.

Miguel Juan Payán

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