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Dos enormes actrices no logran salvar este vacío melodrama. Hablamos, claro está, de Naomi Watts, también productora de la película, y Robin Wright, dos monstruos de la pantalla que hacen lo que pueden por defender una historia y unos personajes que no hay por dónde cogerlos, pero que no consiguen salvar los muebles. Sí, son el principal motivo para ver la película. Sí, se creen sus personajes y aportan un aplomo, una honestidad y una belleza que pocas actrices podrían conseguir con un guión así. No, no es suficiente. Cuando la película viene acompañada de que hizo reír a quienes la vieron en Sundance en los momentos más dramáticos… no es buena señal.

Y si no fuera por la seriedad con la que todo el mundo se toma la película, las risas podrían entenderse y agradecerse. Pero no es así. Imaginen una historia y una trama sacada de una novela de Corín Tellado o Danielle Steel, convertida en cine serio y algo pedante, con dos pedazo de actrices como Wright y Watts al frente del reparto. Algo no encaja. Algo no está en su sitio. Es material de telefilm, sobre todo con una historia que nos lleva a ver a dos madres en plena madurez, que acaban liándose con sus hijos, cada una con el hijo de la otra. Quizá para esconder el amor secreto que desde niñas han sentido la una por la otra, algo que la película da a entender pero nunca termina por explorar. Y que hubiera sido una película mucho más interesante sin el tema de los hijos de veinte años.

Si la trama suena algo ridícula, el desarrollo es como poco aburrido. La primera parte de la película, el romance o inicio del mismo, es interesante, curioso, hasta divertido por momentos (si mi mejor amigo tuviese de madre a cualquiera de las protagonistas, yo también me lanzaría, claro. Tengo ojos), pero a partir de ahí la trama se vuelve más contemplativa, avanza a trompicones, no tiene un foco, una dirección… y el vacío dramático de la película se sustituye con mucha mirada perdida en el vacío, mucho personaje meditando en sombras y muchos silencios que no llevan a ninguna parte.

La película aspira a contarnos algo más, algo superior, algo especial. Y falla, porque no tiene mimbres donde agarrarse. Los despropósitos se suceden hasta llegar a un final tan forzado como imposible, que además hace que el espectador se pregunte cómo es posible que en los 15 o 20 años que abarca la película, nadie envejezca ni un ápice. Además los jóvenes Xavier Samuel y James Frecheville no aguantan ni un asalto contra las dos fieras de la interpretación que son las protagonistas. Y que son el motivo por el que esta crítica tiene dos estrellas. Una para cada una de ellas por su enorme esfuerzo y la lección de interpretación que dan en cada plano. Sólo por ellas merece la pena meterse en esta historia imposible. El resto, queda avisado todo el mundo, hay que saber lo que vamos a ver. Y no merece la pena.

Jesús Usero

©accioncine

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