Crítica de la película El Hoyo

Brillante metáfora sociopolítica disfrazada de thriller de supervivencia.

El cine ha mostrado a lo largo de su historia el enfrentamiento del hombre contra seres de otros mundos o la propia naturaleza, pero a veces olvida que los monstruos más peligrosos pueden habitar dentro de cada uno de nosotros. El hombre es un lobo para el hombre, y a partir de esta reflexión el director Galder Gaztelu-Urrutia construye en El hoyo una intrigante y tensa distopia sobre la corrupción moral y la insolidaridad en tiempos críticos.

Todo comienza cuando Goreng (Ivan Massagué) despierta en una celda únicamente provista de dos camastros y un lavabo. Tan desconcertados como el protagonista, no sabemos dónde se encuentra, qué hay fuera o cómo ha llegado allí. De compañero de encierro tiene a un tipo sabio y turbio llamado Trimagasi (Zorion Eguileor) que le explica todo lo que debe saber. Se encuentran en el nivel 33 de El hoyo, un lugar conformado por un número desconocido de celdas (Trimagasi asegura que pueden ser más de doscientas) construidas unas sobre otras y comunicadas únicamente por un agujero en el centro de la habitación. Por él desciende una vez al día una mesa repleta de comida que disfrutan primero los que están en el primer nivel y que va menguando hasta desaparecer. Cada mes los internos cambian de nivel al azar, por lo que ambos deberán disfrutar de su privilegiada posición mientras puedan.