El becario ***

Octubre 28, 2015
Nancy Meyers da un paso más en su carrera de historias amables y sentimentales, con esta comedia plagada de buenos sentimientos y happy hours. Un filme que deja un voluntario gusto azucarado, sin grandes concesiones a los conflictos emocionales.

Después de escuchar a algunos representantes de la patronal española animando a los trabajadores a buscarse jubilaciones privadas y a alargar la vida laboral hasta que el esqueleto aguante, Nancy Meyers desembarca desde Hollywood para demostrar que lo de la eternidad en el papel de currante es un asunto al que se le puede sacar algún tipo de enseñanza positiva. También es cierto que el protagonista de la película de la responsable de ¿En qué piensan las mujeres? no se ve obligado a prolongar su vida profesional, sino que regresa al ruedo por decisión propia, sin presiones de las instituciones de su país. Precisamente, un planteamiento bastante alejado de las tesis del citado organismo empresarial de la tierra de Cervantes.

Lejos de similitudes más o menos cercanas con realidades que quitarían el sueño a más de uno, El becario enfoca su guion en torno a la existencia de un anciano que no se comporta como tal, y que piensa que aún puede dar mucho de sí en el mercado. Experiencia y ganas de hacer cosas hacen de Ben Whittaker (Robert De Niro) un candidato perfecto para integrarse en el programa de prácticas proporcionado por la firma de ropa on-line que lidera la exigente Jules Ostin (Anne Hathaway). Ambos empiezan con mal pie, pero -poco a poco- estos colaboradores de distintas generaciones se hacen inseparables.

Lejos de similitudes más o menos cercanas con realidades que quitarían el sueño a más de uno, El becario enfoca su guion en torno a la existencia de un anciano que no se comporta como tal, y que piensa que aún puede dar mucho de sí en el mercado. Experiencia y ganas de hacer cosas hacen de Ben Whittaker (Robert De Niro) un candidato perfecto para integrarse en el programa de prácticas proporcionado por la firma de ropa on-line que lidera la exigente Jules Ostin (Anne Hathaway). Ambos empiezan con mal pie, pero -poco a poco- estos colaboradores de distintas generaciones se hacen inseparables.

Meyers maneja las riendas del filme siempre por la senda de las buenas intenciones, sin apego a las reflexiones tristes o a las obvias contradicciones que se deberían dar entre el mundo que experimentó en su juventud el papel de De Niro y el que maneja con soltura la fémina a la que pone físico Hathaway. En ese cosmos de colores amables, todo resulta bastante inverosímil. Para empezar, pese a la disponibilidad del veterano Ben, es un tanto incoherente que un hombre fogueado en el negocio de las guías de teléfonos se adapte tan rápidamente a un ambiente informatizado, que difiere de manera radical del que él conocía. A partir de ese punto de incongruencia existencial, la directora estadounidense monta un universo de cuento de hadas, en el que ni la competitividad de un sector como el de las tiendas on-line perjudica el mensaje artificial de felicidad que comanda el conjunto del libreto.

No obstante, El becario funciona en la medida en que lo hacen los productos destinados a colmar las expectativas de las grandes audiencias; siempre avalada por un estilo industrializado al máximo, sin riegos de autoría patente. Dentro de ese esquema, De Niro y Hathaway exhiben que son dos actores capaces de sobreponerse incluso a la falta de brillantez narrativa. La pareja sale más que airosa en la caracterización de sus respectivos personajes, aunque tampoco desentona el resto de los actores que colaboran en esta comedia (donde es de agradecer la presencia de una recuperada Rene Russo).

Todos estos elementos hacen que el largometraje se sostenga a base de oficio, y consiga imponerse a sus limitaciones a través de un aura de aceptación colectiva generalizada.

Jesús Martín

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