Imaginativo acercamiento a los relatos de Giambattista Basile.

La tradición italiana siempre ha sido amplia y rica en matices con respecto a las adaptaciones cinematográficas y televisivas de los cuentos clásicos. Mientras la industria estadounidense se contenta con apabullar a base de efectos especiales y decorados millonarios, los transalpinos suelen tirar por el camino de la sugerencia y la amplitud de miras, cercanos a los mandatos de la Comedia del Arte. Un terreno genuinamente europeo, que pisa con soltura el director Matteo Garrone.

Pese a estar rodada en inglés y con algunas estrellas procedentes de Hollywood, la película del responsable de Gomorra recuerda por intenciones y atmósfera a producciones tan inolvidables como Fantaghirò y Pinocho (la versión de Gina Lollobrigida), aparte de desplegar un encanto underground parecido al de maestros del talente de Pier Paolo Pasolini, y de títulos tan míticos como El Decamerón y Las mil y una noches.

Garrone apuesta por una sobria y desnuda escenografía, alejada del cartón piedra; en torno a la que desarrolla tres historias entrelazadas entre sí: La reina, Las dos ancianas y La pulga. Un tríptico de mágica naturaleza, destinado a transmitir la esencia de los escritos de Basile. Así, el guion queda enfocado en elementos tan sustanciales dentro de los universos fantásticos como los príncipes y las princesas, las brujas, los monstruos y los seres surgidos de leyendas ancestrales.

Con estas premisas, la acción comienza con La reina; cuento relativo a una regia pareja (John C. Reilly y Salma Hayek), que recurre a un hechicero para tener un vástago. Según el acuerdo, el monarca debe matar a una bestia que vive en un lago, y arrancarle el corazón después; pieza que la esposa deberá comer cruda y con toda la sangre. Con este violento método, la queen da a luz a un niño albino, al mismo tiempo que una virgen del pueblo alumbra a un gemelo de este.

El nacimiento del citado heredero de la Corona de Longtrellis favorece el arranque de Las dos ancianas, el segundo de los fairy tales. En él, un rey (Vincent Cassel) se enamora de la voz de una campesina (Hayley Carmichael). Lo que no sabe el gobernante es que el canto no pertenece a una jovencita, sino a una señora casi centenaria.

Por último, el director italiano introduce La pulga: un texto que se ocupa de la relación de un rey (Toby Jones) con un parásito gigante. El hombre tiene una hija (Bebe Cave), pero su mascota le obsesiona. Sin embargo, el bichejo muere un día por problemas respiratorios. La pérdida da la idea al monarca de quitarle la piel, con el fin de entregar a la princesa en matrimonio al primero que acierte a qué animal pertenece la epidermis. En la ceremonia, todos los interesados equivocan la respuesta, salvo un ogro (Guillaume Delauney) que da con la solución correcta.

Estos tres relatos forman el cuerpo de un argumento que nunca pierde fuelle, y que aligera su marcha al desprenderse de la mayoría de los componentes superfluos. Aunque, en su pasión por agradar, Garrone pierde el norte en algunas escenas, en las que enturbia la eficacia narrativa con accesos de creatividad un tanto extraños.

Jesús Martín

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