Emperador ***

Marzo 02, 2014
Emperador. Reconstrucción de las semanas posteriores a la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial.

Más cerca de la televisión que del cine en algunos de sus planteamientos visuales y en el ritmo de su desarrollo argumental, Emperador sería no obstante una buena compañía o complemento para las dos versiones de la batalla de Iwo Jima que nos propuso Clint Eastwood con Las banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima. Maneja el mismo tema y aunque en calidad está más cerca de la más floja de esas dos películas, Las banderas de nuestros padres, sigue siendo un producto interesante y mucho más actual de lo que algunos espectadores podrían pensar, respecto a acontecimientos y guerras más recientes que la Segunda Guerra Mundial.

Para el espectador dispuesto a mirar más allá de lo obvio y bucear por debajo de su capa más superficial, Emperador es dos películas en una. Dirigida por un cineasta británico forjado principalmente en la televisión, es en su capa más externa una reconstrucción algo tramposa y propagandística del papel de Estados Unidos como policía del mundo, regulador de la democracia internacional, etcétera. El mensaje habitual en este tipo de  productos que, por otra parte, es el mismo que maneja, sin detrimento de su interés o calidad, Monuments Men. Recordemos aquí que pocos o ninguno estudiosos o amantes del cine podrán discutir a estas alturas, acogiéndose a su más que dudosa integridad moral, la calidad cinematográfica de las dos películas que Leni Riefenstahl regaló al nazismo como herramienta de propaganda, El triunfo de la voluntad y Olimpiada. Del mismo modo nadie pondrá en duda la calidad de joyas del cine soviético marcadas por la propaganda bolchevique como El acorazado Potemkin, Octubre, La madre o Arsenal, a pesar de haber sido paridas esencialmente como instrumentos de adoctrinamiento ideológico. Toda película anglosajona sobre la Segunda Guerra Mundial, más aún si cuenta con financiación estadounidense y pretende abrirse paso en la explotación en el mercado norteamericano, es inevitablemente tendenciosa en cuanto a la imagen que transmite sobre los vencedores y los vencidos en dicho conflicto, y eso incluso cuando no pretende ser directa o indirectamente un instrumento para propiciar el reclutamiento y llenar cuarteles de jóvenes voluntarios que quieren ser tan machotes y patrióticos como John Wayne, que dicho sea de paso, nunca pisó un frente y según algunos de sus biógrafos más críticos incluso hizo todo lo posible por esquivar esa posibilidad. No obstante lo cual seguimos aceptándolo como héroe en multitud de películas bélicas y westerns, porque la realidad nunca ha tenido nada que ver con el cine de evasión, y si quiero conocer algo sobre un tema no me pongo a ver una película de ficción o una reconstrucción de la realidad en clave de ficción, por mucho que me la vendan como “basada en hechos reales”. Me pongo a leer un libro o como mucho me pongo a ver un documental sobre ese mismo asunto.

De manera que asumo plenamente como inevitable, por motivos comerciales y de imagen y automitificación estadounidense, que incluso tratándose de una co-producción entre Estados Unidos y Japón, Emperador cae en la trampa de esa visión m mitificadora de Estados Unidos como policías y reguladores del mundo en democracia.

Pero detrás de esa parte más superficial y obvia, Emperador incluye otra película más interesante. Por un lado no esquiva cómo se gana una guerra arrasando al enemigo con el mayor poderío económico y el despliegue de la superioridad tecnológica. La bomba atómica es la gran protagonista de las primeras imágenes de la película, recuperadas del documental, así que desde el primer momento la visión complaciente del vencedor queda matizada por esas pinceladas de realidad y algunos diálogos que permiten al espectador ir más allá de la superficie automitificadora estadounidense e incluso plantearse en algunos momentos, eso sí, muy levemente, un pequeño atisbo de punto de vista japonés sobre el asunto que se trata. Aunque en cierto modo podríamos decir que el complejo de culpa por las bombas atómicas lanzadas contra Hiroshima y Nagasaki es otra herramienta de automitificación estadounidense, mirándose a sí mismos como capaces de la máxima destrucción pero al mismo tiempo suficientemente humanistas como para tener escrúpulos de conciencia tras haberla desatado. Una farsa, obviamente, pero igualmente válida para entender el puzle promocional que marca al cine norteamericano.

Es en esa otra película que se oculta bajo lo más obvio de Emperador donde encontramos las claves más interesantes de esta propuesta. Para empezar, como ocurre en toda reconstrucción histórica de la Segunda Guerra Mundial desde que terminó dicho conflicto, toda película norteamericana que se ambiente en el mismo en realidad nos está hablando de la guerra más reciente en la que combate ese imperio estadounidense que no quiere mostrarse como imperio, pero lo es igualmente. La frase del general norteamericano interpretado por Matthew Fox al bajar del avión al principio de la película es suficientemente elocuente sobre ese asunto: “La peor guerra de la historia ha terminado. Ahora hay que ganar la paz frágil o imponerla si es necesario. Somos la fuerza ocupante, pero debemos ser vistos como liberadores. No como conquistadores”. Ese mismo mensaje es el mismo que aplican los Estados Unidos en todas sus guerras y todas sus invasiones de países enemigos, una estrategia que sigue vigente en Irak y Afganistán, de manera que lo que vemos en Emperador es mucho más moderno de lo que podría pensarse en principio, como el mensaje autocrítico de algunos de sus diálogos, caso por ejemplo de la explicación para no encausar al emperador japonés como criminal de guerra que le da el general MacArthur interpretado con notable sobriedad y sin histrionismo o exageración por Tommy Lee Jones, al protagonista de la película, el general Bonner Fellers que encarna Matthew Fox: “No quiero al Comunismo aquí, pero Washington quiere venganza con el emperador. Porque son buitres y no tienen ni idea de lo que está pasando aquí. Si el emperador se va, los demás van a entrar”.

Lo peor de la película, lo más flojo, es esa subtrama romántica metida con calzador y en flashback que me ha convencido de que en el cine moderno se abusa del flashback y se aplica con bastante ligereza. En este caso es un camino fácil para meter una historieta romántica y simplona, incluso bastante infantiloide y poco creíble, por superficial (pueden compararla por ejemplo con la más sólida e interesante subtrama romántica de The Grandmaster, por ejemplo), como complemento melodramático en la verdadera naturaleza genérica de la película, que no es otra cosa que un procedural de investigación con elemento histórico y ambientación de cine bélico.  

Lo mejor está en algunos diálogos de los personajes japoneses, como el discurso de Konoe sobre el expansionismo japonés, el: “No le quitamos Filipinas a los filipinos, sino a los americanos que a su vez se la habían quitado a los españoles (…) General, simplemente estábamos siguiendo su ejemplo”.

Miguel Juan Payán

©accioncine

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