Inteligente exhibición de las guerras tecnológicas llevada a cabo por Gavin Hood. La película mantiene la tensión, a pesar del reducido número de escenarios en que transcurre la trama.

Habitualmente, el cine suele presentar las películas bélicas contra el terrorismo extremista a través de espectáculos diversificados por los lugares más variados del planeta. Por eso resulta peculiar esta obra firmada por el también actor Gavin Hood, en la que todo sucede en las entrañas de un búnker en Gran Bretaña, en un populoso barrio de Kenia, en un cuartel en Las Vegas y en el interior del despacho de los mandamases políticos situado en Londres. Esos son los decorados del filme, a través de los que el imaginativo guion monta una crónica realista sobre los bombardeos efectuados por drones.

Sin embargo, y pese a las novedades evidentes de la propuesta surgida al hilo de la transformación guerrera en el tercer milenio, en el fondo Espías desde el cielo no dista mucho de lo que uno puede encontrarse en las novelas de John Le Carré. Al igual que en los libros del maestro de las conspiraciones en la sombra, las intrigas de laboratorio humano rigen los diferentes frentes construidos por Hood; aunque, en el caso del novelista británico, hay una mayor identificación afectiva con los personajes que protagonizan cada una de sus historias.