Crítica de la película Espartaco

La película que acabó con las listas negras en Hollywood

Hoy analizamos una película muy interesante no sólo por lo que nos cuenta delante de la pantalla, esa rebelión liderada por el gladiador más famoso de todos los tiempos parar conseguir la libertad de sus semejantes que estaban siendo sometido a la esclavitud por la República Romana, sino también por la lucha que tuvo lugar detrás de las cámaras en uno de los momentos más oscuros de la historia de América y de Hollywood en la tristemente conocida como “La caza de brujas de McCarthy”. Por ello, en esta ocasión se hace especialmente necesario explicar el contexto en el que se fraguó la película para que entendamos por qué estamos ante una de las películas más valientes de la historia del cine.

La película empieza con unos magníficos títulos de crédito realizados por Saul Bass que acaban introduciéndonos en una cantera de Libia y, mediante una voz en off, nos presentan brevemente a Espartaco (Kirk Douglas), uno de los esclavos al que vemos picando enormes piedras para luego transportar las mismas en mochilas de mimbre cargadas hasta los topes. Es en ese momento cuando Espartaco acude al auxilio de otro esclavo que ha desfallecido por el esfuerzo, siendo reprendido por un romano que lo azota para que vuelva al trabajo. Es entonces cuando no duda en atacar al soldado, mordiéndole en el tobillo, lo que provoca que sea castigado a morir de hambre.

Cuando llega a la cantera el comerciante de esclavos Léntulo Batiato (Peter Ustinov), quien está buscando nuevos gladiadores para su escuela (ludus), encuentra atado a Espartaco y al comprobar su buen estado físico y la fiereza en su mirada decide comprarlo para llevarlo a Capua en donde Batiato tiene su escuela de gladiadores.

Al llegar a la escuela, Batiato le indica a Marcelo (Charles McGraw), un antiguo gladiador que fue liberado y que se ha convertido en doctore, que vigile a Espartaco porque “tiene posibilidades pero también tiene un pronto muy malo”… motivo por el cual Marcelo no para de provocar a Espartaco.