Un juego de niños en tonos pastel con música optimista de celebración que se va amargando y haciendo más maduro a medida que progresa la trama. Es una celebración de la inocencia que podría recordarnos en algunas de sus secuencias y planos lo que propusiera Fernando León de Aranoa en su película Barrio, de no ser porque allí asistíamos a los últimos coletazos de la ingenuidad devorada por las desilusiones de la adolescencia y la amargura se imponía desde el primer momento y aquí estamos todavía, llevados de la mano por la edad de sus protagonistas, en una infancia que todavía lo espera todo y, al menos al principio del relato, siempre espera lo mejor. Detalle a tener en cuenta sobre esto que comento: la secuencia de la competición de escupitajos en The Florida Project recuerda aquella otra de los tres protagonistas compitiendo por ver con qué coche se quedan, pero hay una diferencia importante no sólo respecto al tono más amargo y desilusionado de la de León de Aranoa y la edad de sus personajes, sino por el lugar que cada uno de estos fragmentos ocupa en el relato general de Barrio y de The Florida Project.