Foxcatcher ****

Febrero 02, 2015
Una de las imprescindibles del año. Actores que se reinventan a sí mismos y calidad.

Esta película sorprende por varios motivos. El principal es el trabajo de reinvención contracorriente de su imagen cinematográfica que hacen sus dos protagonistas. Steve Carrell cuelga las risas y se sumerge con ganas en un personaje oscuro que habría hecho arrugar el ceño víctima del asco al mismísimo Charles Foster Kane interpretado por Orson Welles. Su trabajo interpretando al millonario siniestro John Du Pont es mucho más que notable y merece estar entre los grandes del año. Hacía tiempo que un personaje del cine no me repugnaba tanto como este tipo. Y esa repugnancia es mérito del trabajo de Carrell. Por otro lado el actor tiene por delante el reto de desarrollar una química de afecto enfermizo con el otro foco de sorpresa de esta película, Channing Tatum, en el papel del medallista olímpico de lucha que acepta ser el protegido de DuPont. Si uno es siniestro, el otro produce una notable lástima por la especie humana y sus limitaciones afectivas y de personalidad. Tatum compone una víctima de abuso en clave de antihéroe arrastrado a la caza y captura de una imagen de protección paterna a la que admirar. Personajes como ese son la carne de cañón de las sectas, los extremismos y el abusos sistemático. Son lo que podríamos llamar “adoradores de malos líderes”. Porque de hecho toda la película es un auténtico plano para construir un pésimo liderato, el de DuPont, que además el director se permite completar con una pincelada sobre lo que es realmente un líder introduciendo a modo de personaje secundario a uno de los más competentes actores con que cuenta el cine norteamericano actual, Mark Ruffalo. Aparece poco, pero cuando aparece, reina e incluso se come con patatas a los otros dos, por notable que sea el trabajo de ambos. Cuestión de talento, elegancia, flexibilidad, y sobre todo sencillez. Ruffalo maneja el arte de hacer que las cosas más difíciles parezcan sencillas, una especie de superpoder imbatible para todo actor. La guinda de este gran reparto la pone Vanessa Redgrave en un personaje pequeño pero contundente y decisivo para la historia, que tiene además dos momentos francamente memorables: la conversación con el hijo sobre los premios y esa visita al gimnasio. Vanessa Redgrave lo ha sido todo como actriz, pero hiela la sangre ver cómo simplemente con fruncir el ceño construye un personaje tan completo y lo dice todo sobre esa madre y la relación que mantiene con su hijo. Obviamente ella es el doctor Frankenstein que montó a esa criatura monstruosa que es DuPont.

Junto a los logros de su reparto, la película despliega un ritmo envidiable en su manera de contar los hechos, y para alguien que desconozca la historia real en la que se basa y haya tenido buen cuidado de no destripársela viendo trailers o pateándose el argumento del derecho y del revés, tendrá un giro sorpresa final, un momento que se va construyendo parsimoniosamente, a un ritmo propio, sin acelerones ni búsqueda del camino fácil y trillado, sin caer en lo telefílmico, trabajando desde la sobriedad, alargando algunas secuencias hasta provocar la incomodidad del espectador, que se ve atrapado en contra de su propio criterio y personalidad en la vida del luchador abducido por esa falsa fachada de liderato y poder. Un ejemplo de ello es la secuencia de DuPont proponiendo a su pupilo que se tome confianza y le llame con los apodos que le dan sus amigos… Inquietante. Si un ricacho, jefecillo, jefezuelo o similar me suelta ese rollo tan imbécil, yo salto del helicóptero sin pensarlo dos veces.

Recomendable y necesaria para mantener un saludable escepticismo cínico frente a quienes se postulan como líderes, así en general, especialmente cuando salta a la vista que no están capacitados ni para liderar a la cremallera de sus pantalones y bajársela antes de ponerse a mear… por mucho dinero y/o enchufes que tengan.

Miguel Juan Payán

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