Comedia romántica con demasiado diálogo que rescatan los actores.

Navega entre Ópera prima de Fernando Trueba –Noriega sería el equivalente a Oscar Ladoire y Fele Martínez el equivalente de Antonio Resines-, y las peripecias románticofestivas del cine británico protagonizado por Hugh Grant, por ejemplo Notting Hill y tal. Nuestros amantes es rescatada por su reparto de ser una jaula adornada con un diálogo excesivo y hormonado con invocaciones forzadas cuando no oportunistas a Bukowski y Truman Capote, localizaciones exteriores de postal propagandística que nos recuerdan lo bonita que es Zaragoza –que lo es -, y que Teruel también existe, e interiores de decoración excesivamente autoconsciente de su función decorativa. El ángel que tiene Michelle Jenner ante la cámara y la química que consigue establecer con Eduardo Noriega son los mejores aliados con que cuenta la película para mantenernos atentos a una trama romántica que difícilmente puede atraparnos de otro modo. No es que hablen demasiado, sino que lo que dicen circula peligrosamente cerca de los arrecifes del tópico o se estrangula como una hernia en el esquema de un guión que parece trazado con tiralíneas convertido en afilado bisturí capaz de cercenar todo atisbo de esa falsa espontaneidad que suelen requerir este tipo de historias. Afortunadamente el director es suficientemente inteligente para exorcizar la falsa espontaneidad abrumadoramente verbal de su propio guión entrando con decisión en el cuerpo a cuerpo con los actores, asumiendo el riesgo de zambullirse sin complejos en el plano contra plano. Es un gesto de confianza justificada en su mejor recurso, el reparto, y la jugada le sale bien. Todo atisbo de estatismo en ese recurso del plano contra plano queda superado por el trabajo de Jenner, Noriega y compañía, que hasta consiguen algún que otro momento estilo Dos en la carretera de Stanley Donen.