Si faltaba por estrenarse en España una película importante de la temporada de premios que tanto incordia a mi compañero Miguel Juan Payán, ésta es sin duda, En un mundo mejor, la película danesa ganadora del Globo de Oro y el Oscar a mejor película de habla no inglesa, una película a ratos brillante que nos devuelve a los dramas más clásicos, pero sin dejar de lado una narrativa acorde con los tiempos que corren y con unos actores que viven su papel con mucha inteligencia. Aunque de ahí a merecer el Oscar, bueno, pues cada cuál que decida qué le parece.

Porque si algo es cierto es que hay ciertas películas que crean a su alrededor un halo de cine especial, que a todo el mundo le encanta (al parecer) y que nadie es capaz de criticar demasiado no vaya a ser que digan que no apreciamos la calidad de una ganadora o que no somos capaces de entender el cine elegante que nos llega de los países nórdicos. O que no llegamos a conocer la profundidad de un drama social acerca de la violencia como el que nos plante En un Mundo Mejor. Vayan ustedes a saber.

Pero se crea ese halo de misticismo entorno a ciertas películas, como si fuesen intocables o como si opinar que no son perfectas, fuese delito. Subiéndose todos al carro de los más moderno o actual, sin darse cuenta de que a veces, y sólo a veces, hay que destacarse un poquito y dejar claro lo que realmente opinamos de una película. Es decir, que muy mal estaría haciendo mi trabajo, si en lugar de señalar al lector los pros y los contras de esta película me dedicase a alabarla por decreto como una obra maestra. Tampoco es eso, ¿no creen?

Porque En un Mundo Mejor ante todo es una muy buena película, que atrapa no sólo por su temática comprometida y adulta, centrando la historia en dos niños que se conocen en la escuela y se convierten en amigos, entrelazando las historias de sus dos familias de un modo peculiar y no exento de tristeza. La primera, la familia de Christian, acaba de mudarse de Londres a Dinamarca, donde el niño tiene que lidiar con la muerte de su madre y con un padre que no sabe cómo enfrentarse a los problemas que sufre su hijo. La otra familia es la de Elias, otro joven que es atacado continuamente en la escuela, cuyos padres están separados y pensando en divorciarse, con un padre que divide su vida entre su familia y su trabajo como médico en África.

Es una película dura, seca, que a veces se hace incómoda de ver por cómo trata la violencia, con honestidad y sinceridad, sin edulcorarla, sin una banda sonora rimbombante, casi como un documental, con una cámara que se sitúa casi siempre a la altura de los personajes, cara a cara con ellos, al hombro, haciendo todo más cercano, más real, más visceral. Pero a veces también demasiado extremo. Consiguiendo que nos sintamos molestos con lo que estamos viendo, con la sensación de que la violencia no trae más que violencia. Que el odio genera odio. Su directora es valiente, y se agradece el trabajo de Susanne Bier.

Esta apuesta por una dirección tan cercana es una de las mejores bazas de la película y una de las cosas que siempre se agradecen, las agallas a la hora de contar la película y sus situaciones. La fuerza de una imagen temblorosa en compañía de unos personajes bien definidos y perfectamente interpretados, con un reparto que seguramente nos suene a chino, a excepción de Ulrich Thomsen, el padre de Christian, a quien hemos visto en películas como Hitman, En Tiempo de Brujas o Centurión. Es el único rostro que al común espectador puede resultarle familiar. Pero eso no quita que el resto del reparto esté magnífico en sus complejos papeles.

Desde el inicio la película tiene algo especial. Algo único, que te puede hacer engancharte a su historia o dejar de lado la trama para navegar por otros lugares. Su ritmo es cadencioso, lento, tranquilo. Quien espere un tipo de drama más cercano a las claves de Hollywood se va a llevar un gran chasco. Quien sepa aceptar que se trata de una película danesa, con el ritmo y las claves del cine nórdico, no se va a llevar ninguna decepción. Ni tampoco va a asustarse porque el detonante final, la clave de la historia se lleve a cabo cuando llevamos casi una hora y media de metraje.

Una espiral de violencia contenida y soterrada por parte de todos los personajes hasta que, tarde o temprano estallan, que tiene momentos brillantes y cautivadores como la pelea en el cuarto de baño, el enfrentamiento en el taller de coches por parte del padre de Elias, Christian y su padre discutiendo por primera vez la muerte de la madre, o el de la madre de Elias y Christian en el hospital. Esa violencia que tarde o temprano nos ataca a todos, o que todos acabamos generando.

Le sobra ese tono moralista que tiene la película en algunos momentos. Ese “la violencia es mala, la violencia sólo engendra violencia”, esa mezcla paternalista de lo que debemos hacer por nuestro bien y lo que acabamos haciendo. No se trata de que la película juzgue, no llega a eso, pero sí enseña claramente el camino que quiere que sigamos, sin dejarnos a nosotros decidirlo.

Cine danés estrenado en nuestro país. Inteligente, sobrio, muy bien contado, con una preciosa fotografía, que pasa de los ocres de África a los fríos colores de Dinamarca. Que habla de la violencia, el dolor, la pena, los abusos y el miedo, pero también de la esperanza, la amistad y la redención. Por mucho que lo digan no es una película perfecta, y si merece o no el Oscar no es cosa nuestra decidirlo. Es una muy buena película que podía incluso ser mejor. Ni vamos a defenderla ni a atacarla sin motivo. Si el espectador es paciente y aguanta su peculiar ritmo, acabará con un muy buen sabor de boca. Si no, es posible que abandone la sala antes del final. Cuestión de gustos.

Jesús Usero