Agridulce comedia romántica que se decanta hacia el drama y pierde la risa en beneficio de una sofisticación exhibicionista.

Dos caminos se le ofrecían a los responsables de Un hombre de altura: tirar por la vía del humor gamberro, desternillante, incluso procaz si es necesario, y proporcionarnos un paseo satírico regado copiosamente con vitriolo sobre lo falsa que es nuestra sociedad aparentemente civilizada y políticamente correcta en la que las apariencias siguen mandando y los complejos y el qué dirán también. Lo tuvieron ahí, ahí, y estuvieron a punto de conseguir que nos riéramos más. Pero en lugar de seguir por ese camino, que fácilmente podría haber suministrado Jean Dujardin, incluso aplicando una construcción de personaje que lo acercara a uno de los indiscutibles maestros de la risa en la historia del cine galo, Louis de Funès, prefieren tirar por la senda más trillada del amor casi imposible entre una alta rubia de aspecto nórdico a la que da vida Virginie Efira con una especie de mezcla entre Meg Ryan y Katherine Heigl a la que le aporta su propia e indiscutible personalidad, y el aspirante a novio más bajito que interpreta Dujardin. Resultado: desperdician la oportunidad de sacarle el máximo jugo cómico al papel de la protagonista femenina en un relato que, como suele suceder en este tipo de fórmulas de dramedia romántica, está aparentemente tejido para espectadores de ambos sexos pero en el fondo es una materialización de las inseguridades y miedos masculinos ante el sexo contrario, cocinados para goce y disfrute de féminas adictas a las peripecias románticas en conflicto o simplemente para mujeres que eligen hacer una visita turística a las fábulas de cuentos de hadas que les contaron en la infancia recicladas como delicatesen de reafirmación de la autoridad frente a sus congéneres masculinos.