Micmacs ★★★★

Junio 20, 2011

Crítica de la película Micmacs

Muchas veces cuando me pongo a dar la brasa en estas líneas acerca de lo tarde que nos llegan muchas películas, el lector puede pensar que hablo sólo de la filmografía americana, que, no cabe ninguna duda, es la más importante y comercial del planeta. También es de cajón que muchas películas de todos los rincones del mundo se pierden y nunca llegan, sean de lugares tan lejanos como la India, Japón o China, o tan cercanos como Francia. Todo no puede llegar. No hay sitio y seguramente tampoco haya mercado. Pero también me refiero a películas importantes, de cierto peso y relevancia. Que la última película de Jean Pierre Jeunet llegue con dos años de retraso y encima de una forma tan limitada… Pues, qué quieren que les diga, los cinéfilos y seguidores de este director deben estar algo moscas.

Porque Jeunet no es un donnadie ni un cualquiera. En su haber tiene películas como La Ciudad de los Niños Perdidos, Delicatessen o Largo Domingo de Noviazgo, sin olvidarnos de la película que le ha convertido en un ídolo en medio mundo, Amelie, de la que hay seguidores por todos los rincones, y que debería garantizar una mayor proyección internacional de su cine, que además el buen hombre hace una película cada cuatro o cinco años. Y sí, Micmacs no arrasó precisamente en la taquilla gala, pero como para tener que esperar dos años para que llegue a España… Pues es demasiado tiempo. Repito, es el director de Amelie.

Y en un verano cargado de secuelas de todos los tipos y géneros, de cintas de animación que a veces son algo cansinas, de estrenos que repiten una y otra vez las mismas claves argumentales, narrativas y visuales, la película de Jeunet es un soplo de aire fresco, algo completamente diferente a lo que podemos ver en cartelera sin dejar de llevar el sello de su creador, una mirada distinta a una película que busca entretener y emocionar. Que busca que el espectador disfrute durante 100 minutos de proyección en este peculiar universo.

Digo que lleva el sello de su creador porque si se ha visto Amelie o Delicatessen, a los 5 minutos ya sabemos de quién es la película. Tiene una forma de narrar, de contar historias, personal, única e inconfundible. Su cine está plagado de referencias y claves que llevan de una de sus películas a otra. Antes he mencionado Amelie y Delicatessen porque ésta es un cruce entre ambas con un despliegue visual y de imaginería que ya quisieran para sí el 99% de las historias que nos llegan. Es poderoso y casi hipnótico, y cae en lugares comunes (ese ojo en la cerradura…) que son parte imprescindible de sus universos.

Unos universos que son uno en realidad y cuyos personajes son perfectamente extrapolables entre películas. Bazil, el protagonista de Micmacs, bien podría ser vecino de Amelie antes de su desgracia, y si apareciese alguien tocando el serrucho en esta película, a nadie le extrañaría. Sus personajes son cautivadores, bizarros, divertidos, irrepetibles… Incluso cuando se puso más serio y nos trajo la que, para mí, es su mejor película, Largo Domingo de Noviazgo, ciertas cosas permanecían como parte imprescindible de su cine, como la presencia de Dominique Pinon. Son señas de identidad. Son las cosas que hacen que todas sus películas (a excepción de Alien Resurrección), parezcan formar parte de un mismo engranaje.

Aquí la historia nos lleva a la vida de Bazil, un joven amante del cine que ve cómo su vida es destrozada en dos ocasiones por las armas. Primero cuando pierde a su padre por una mina personal, después ya de adulto, cuando una bala perdida se le aloja en el cráneo sin poder ser extraída, lo que puede matarle en cualquier momento. Y además le hace perder su casa y su trabajo, le lleva a la calle, donde conoce a un grupo de personas sin par y además se permite preparar una venganza contra los responsables de su tragedia. Los directivos de las dos empresas fabricantes de las armas que le han llevado a ser un vagabundo. Pero también a entender la vida de otra forma.

Todo ello está contado como una fábula, un cuento con moraleja que permite a los personajes participar en las más dispares aventuras y misiones, con un aire a caballo entre la serie de televisión Misión Imposible y Ocean’s Eleven. Pero como en todo cuento, los malos son malísimos y los buenos son buenísimos. No hay grises en este mundo.

Lo que hace realmente a la película una maravilla no sólo visual, son los personajes que la habitan. Esa gente como el hombre bala, el inventor, la contorsionista, la madre o el propio protagonista, encarnado por un encantador Dany Boon. Esos personajes son tan maravillosos que no dejan que salgamos de la película en ningún momento. La llegada a la casa de los vagabundos de Bazil, con los personajes presentándose y sus historias es simplemente magistral.

El humor es blanco, como si de una peli de Pixar se tratara (tiene algo de Toy Story), y efectivo, y sirve las historias secundarias con una economía de medios y un ritmo excelente (la historia de amor, el récord Guinness…), dejando a los protagonistas en la piel de adultos con corazón de niños, porque un cuento tiene que estar protagonizado por niños. Y si no, vean cómo reaccionan al sexo, con que humor y con unos ojos casi infantiles. Sin olvidar el hecho de que son huérfanos adoptados por una peculiar madre.

El caso es que siempre queremos saber más de ellos y de sus historias. Y sí, el tema de las armas como trama central es algo obvio y peca de moralina, como todos los cuentos. Y ya no cuenta con el factor sorpresa de las películas anteriores de Jeunet. Y quizá no es tan buena como ellas. No es una película perfecta. Pero si sumamos a todo eso el homenaje al músico Max Steiner, al cine clásico y su peculiar forma de entender la vida, tenemos una muy buena película. Diferente, fresca, única.

De esas que merece mucho la pena ir a ver.

Jesús Usero