Serena ***

Octubre 25, 2014
Serena. Interesante drama romántico algo tópico pero con aroma de cine clásico y buena resolución visual.

Defendida esencialmente por sus actores y por su planteamiento visual, Serena tiene mucho más interés como ejercicio plástico que como ejercicio narrativo. Visualmente habita en el territorio de las reconstrucciones trágicas que animaron el cine de algunos notables pioneros en esto de contar dramones con imágenes en movimiento, en un intento por hacerse eco en la pantalla grande de los recursos que exhibían los novelones literarios. Es curioso que al terminar el pase de prensa cada periodista parecía tener su propio referente con el que emparejar la película. Para unos habría sido redondo incorporando a Lana Turner, porque les recordaba mucho a los melodramas de Douglas Sirk en los años cincuenta. Otros se iban un poco más atrás, hacia los años treinta, y ponían a la Greta Garbo o Marlene Dietrich en el papel de Jennnifer Lawrence. Personalmente yo estoy dividido en este juego de referencias. La película es para mí una especie de puzle que por un lado contiene elementos míticos dignos de encontrarse en una película pensada por Fritz Lang, con Lawrence cabalgando en su blanco corcel entre los bosques y domando águilas mataserpientes cual heroína de la mitología germánica que hace oposiciones a valquiria. Siempre he pensado que Lawrence haría un gran papel como la Krimilda del Cantar de los Nibelungos. Pero por otro lado no puedo evitar que algunos planteamientos de Serena me traigan a la memoria fragmentos del cine de Josef von Sternberg, al mismo tiempo que esa especie de variante de la shakespeariana Lady Macbeth que es el personaje de Lawrence me lleva a pensar en algunos momentos en esas obras maestras del melodrama que protagonizara Bette Davis en los años cuarenta. El hecho de que la película suscite tal juego de referencias me parece que tiene algo positivo y algo negativo. Lo positivo es que demuestra que la película nos ha interesado hasta el punto de lanzarnos cual perros perdigueros tras las referencias que más nos ajustaban a cada uno según nuestras inclinaciones, experiencias o recuerdos. Lo negativo es que en cierto modo es una muestra palpable del que para mí es el peor defecto de este largometraje, que es la falta de identidad. La falta de identidad le viene dada por su falta de solidez narrativa. Contar, lo que dice contar, cuenta lo justo, acumula tópicos y lugares comunes.  Hasta cierto punto resulta incluso previsible y en algunos momentos su tratamiento de la subtrama ecológica resulta insultantemente simplona, cuando no inverosímil. Simplemente no tiene una historia detrás. Lo que ocurre es que cuenta con un planteamiento visual muy superior a sus logros narrativos, y además está muy bien armada en lo referido su reparto. El dúo Bradley Cooper y Jennifer Lewis está tan bien ajustado que defiende lo que le echen con solvencia aportando solidez incluso a personajes que son poco más que un boceto. Cuesta pensar en otros actores capaces de darle tanta verosimilitud a personajes tan tópicos como los de esta película y sostener esos primerísimos primeros planos con tanta eficacia. Una de las cosas que más me ha gustado de la película es su planteamiento de narrar el recorrido de la pareja protagonista desde la pasión hasta la autodestrucción ejecutando una especie de fundido encadenado con el sexo como protagonista, hasta terminar en ese anuncio del ocaso tras la tragedia que se resuelve en un primerísimo primer plano de los dos amantes sumidos en el máximo desconsuelo.

Lo mismo vale para las apariciones  de Rhys Ifans como Galloway, que además da entrada en la fábula de manera tardía a la subtrama de premonición y destino materializando un personaje que es una sombra y podría haber sido digno habitante de esa pesadilla melodramática tejida con maestría singular por Erich von Stroheim con el título de Avaricia.  

Podría, pero no lo es.

Aunque desde la dirección de la película se insinúan desde el principio las claves de paisaje épico con esas imágenes recurrentes de las Smokey Mountain, y a pesar de que finalmente esa fatalidad casi mítica del destino trágico se manifiesta en la secuencia en que Galloway le revela su objetivo como perro fiel de Serena al marido de ésta, convertido en un silueta recortada contra la luz, sombra frente a esa otra sombra que es Galloway, conducto para la materialización del caos sangriento del desenlace, enviado de la muerte, todo ello queda en simple pincelada cuando finalmente ha de resolverse el conflicto y la película no encuentra el camino para respaldar esas imágenes con un final del mismo nivel, sino que cae presa de una resolución tan pobre como la de Leyendas de pasión, pálida copia del épico punto final de Las aventuras de Jeremías Johnson. Lástima que el tema de la pantera perseguida durante todo el relato, presentado con ese plano de detalle del rifle que anticipa de paso la primera muerte y sirve como punto de arranque y conductor de todo lo que ocurre posteriormente se desperdicie y acabe sumido en el tópico.

¿A qué se debe este desencuentro? Principalmente a una falta de decisión de la película para tirar por uno u otro camino. Quiere ser al mismo tiempo un relato realista en el que se entreveran pinceladas míticas que marcan a sus personajes como víctimas del destino demasiado tarde. El paso del romance a la tragedia se nos antoja brusco, tiene cierto aire de precipitación que se manifiesta plenamente en la resolución del conflicto en el tren.

Ocurre no obstante que con estos elementos no del todo bien avenidos, Serena me parece una película interesante, muy entretenida, muy bien defendida por sus actores. Lo cual que a ratos es un culebrón anodino y tópico pero con anzuelos infalibles en su fábula. Y en otros momentos deja entrever que podría haber sido una de las mejores películas del año. Lamentablemente se ha dejado llevar por esa indefinición y esa falta de solidez en su propuesta narrativa que finalmente la divorcia de su propuesta más interesante en lo visual y lo actoral.

Miguel Juan Payán

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