La Misión

Enero 25, 2019

Crítica de la película La Misión

Parece difícil de creer, pero hubo un tiempo no muy lejano en el que algunos estrenos cinematográficos se convertían de la noche a la mañana, y en más de una ocasión sin mediar una enorme y concienzuda campaña promocional con la que animar al respetable, en verdaderos fenómenos sociológicos capaces de despertar la reflexión y el debate, de ahondar en las dudas y las certezas, casi siempre frágiles cuando no directamente falsas, de la sociedad occidental o, como es el caso, de la sociedad española. En ese tiempo, nada menos que 2.851.566 personas acudieron al cine para ver con sus propios ojos una historia épica de redención, lucha y fracaso que tenía como trasfondo una de las páginas más negras de la historia de España en su relación con el continente americano. El año era 1987 y la película origen de ese encuentro entre la industria del espectáculo y el despertar, por más efímero que fuera, de la conciencia, llevaba por título La misión.

Una película de emociones que no consigue emocionar.

Fallido intento de Tornatore actualizando la fórmula epistolar a una historia de amor algo repetitiva. Historia de dos amantes a los que no les separa ni su diferencia de edad ni su procedencia de mundos distintos, sino finalmente la muerte, que no parece sin embargo capaz de impedir que prosiga su relación intensa y constante a través de las nuevas tecnologías, correos electrónicos, videoconferencias, dvd… La parte más interesante del relato, si bien no la más desarrollada por el director, aunque tanto él como el espectador acabe siendo plenamente consciente de ella, es ese esfuerzo casi épico del personaje de Jeremy Irons por mantener el contacto con su amada, una Olga Kurylenko que ejerce fiel y eficazmente como un poderoso cebo para que el espectador pique con esta historia de amor imposible. Tornatore elabora además una sucesión de planos de composición casi exquisita, que está por encima del empeño narrativo de este nuevo trabajo, por encima del guión, por encima de sus diálogos, con frecuencia pedantes, desprovistos de la necesaria frescura y de un sentido del humor que humanice a los personajes y propicie una mayor comunión del espectador con lo que se le cuenta.