Al iniciar la andadura de un blog como el presente, es recomendable saldar las posibles dudas respecto al título del mismo. A tal efecto, puedo confesar, sin rubor decimonónico de por medio, que lo de "Welcome to Providence!" no se refiere a la célebre y homónima ciudad estadounidense situada en Rhode Island y fundada en 1636 por Roger William (aunque es una urbe realmente sorprendente y con muchos restos de la idiosincrasia colonialista, para los que deseen acercarse por esos lares); ya que el motivo de la citada nominación es más emocionalmente cinematográfico que de orografías de asfalto y hormigón.

Muchos de mis compañeros de cabecera se retrotraen en sus respectivos cuadernos de bitácora binarios a sus recuerdos de baúl de Karina, para contar algo sobre el despertar de su pasión por el séptimo arte. En mi caso, lo que se puede localizar en mi más recóndito subconsciente a golpe de imágenes en movimiento, es más una amalgama de secuencias y de sensaciones que una película en concreto. Y, dentro de esa cadena de alquímica trascendencia, "Providence" (Alain Resnais, 1977) tiene sin duda un papel más que destacado.