Crítica de la película Vivarium

Metáfora sobre la madurez en clave de inquietante, y a veces fallido, relato de ciencia ficción.

Una historia que nos recordará, inevitablemente, a los episodios de series míticas como La Dimensión Desconocida, Más allá del límite o, sobre todo, Black Mirror, la serie británica que más ha tocado recientemente este tipo de historias. La película de Lorcan Finnegan, su segunda como director, es un relato inquietante, sin duda, que homenajea a todas esas series y tiene detalles realmente interesantes. Quizá un tipo de relato no tan habitual en cien estos días, al menos en las películas de mayor presupuesto. Estrenada en nuestro país en la sala virtual que ha intentado mantener una fuente de estrenos continua aunque sea desde casa, Vivarium es una interesante película, aunque no sea una experiencia completamente redonda.

La película de Finnegan nos lleva a conocer a una joven pareja. Ella es profesora y él jardinero, y buscan tener su primer hogar. Una casa donde vivir juntos y, quién sabe, quizá tener una familia. Pronto visitan la promoción que un vendedor les ofrece, una serie de casitas todas iguales de color verde, donde quizá encuentren ese sitio que anhelan. Aunque pronto el vendedor les abandona y es imposible abandonar la urbanización para ellos. Una pesadilla que se verán obligados a vivir cuando un niño aparece en la casa para vivir con ellos. Un niño que no es precisamente un ser humano normal y que no deja de observarles. No hay forma de escapar de este mundo irreal, vacío, solitario y aterrador, del que no pueden escapar.

Bromeando con el 10 Year Challenge, SONY ha presentado el póster y título de Zombieland 2 que contará con Rosario Dawson.

Faltaba menos de un mes para que empezase la producción de la secuela de Bienvenidos a Zombieland, película de 2009 dirigida por Ruben Fleischer y protagonizada por Woody Harrelson, Emma Stone, Jesse Eisenberg y Abigail Breslin, con un cameo muy recordado de Bill Murray (y un papel pequeño para Amber Heard).

James Ponsoldt firma una película carente de riesgos, en la que el responsable de Aquí y ahora intenta acercarse -sin un éxito rotundo en su empresa- a la faz humana del literato David Foster Wallace.

En 1996, el circuito editorial estadounidense vivió un fuerte impacto intelectual, ante la aparición de la novela titulada La broma infinita. El texto de más de mil páginas estaba redactado por un joven dotado con el espíritu huidizo de los outsiders, tocado con melena larga y pañuelo a la cabeza. A través de la enrevesada historia de la familia Incandenza y de la academia tenística Endfield (ubicada en un Massachusetts distópico), el autor desgranó los miedos e incertidumbres de una generación hundida en la desesperación y la falta de ideales. Camino por el que David Foster Wallace alcanzó el ansiado podio de lo que siempre se ha venido en llamar “la gran novela americana”.

Ocultas tras las páginas de su celebrado best seller, DFW dio claves de su particular biografía, marcada por las adicciones, la depresión crónica, la carencia de empatía con la sociedad de consumo y el recelo de los universos vacíos, preconizados por el abuso tecnológico. Unas coordenadas existenciales que animaron al reportero (y también autor en ciernes) David Lipsky a proponer una entrevista al bautizado como el nuevo Faulkner. El entonces trabajador de la revista Rolling Stone contactó con Wallace y le convenció para que le permitiera seguirle durante cinco días, a lo largo de la gira promocional de La broma infinita. The End of the Tour narra esos momentos de preguntas y respuestas, confesiones veladas y amistad mediada por una grabadora.

El guion elaborado por Donald Margulies (a partir del pertinente libro escrito por David Lipsky) muestra de manera algo rutinaria el citado encuentro, en el que acercaron posturas el creador y el periodista. Un vehículo argumental que el cineasta James Ponsoldt escenifica con ciertas dosis visuales de indie setentero; pero que pronto evidencia su déficit de ingenio, a través de un desarrollo sin la suficiente gasolina como para circular adecuadamente.

Debido a la imposibilidad para ampliar el foco de la acción, el largometraje centra su mayor interés en las interpretaciones de Jason Segel y Jesse Eisenberg. El primero ejecuta un adecentado retrato de Foster Wallace, con una leve pose mediática en su caracterización. Mientras que Eisenberg imagina un fondo petulante y vacuo para Lipsky, actitud más que comprensible en el mundo en el que se movía el redactor de Rolling Stone.

Ambos ofrecen sus actuaciones para encadenar los innumerables tópicos que exhiben la naturaleza extraña del literato, y que pasan -sin el más mínimo atisbo de profundización- por cuestiones vitales en la biografía del autor fallecido por ahorcamiento en 2008.

No obstante, The End of the Tour sí que es una excelente excusa para sentirse interesado por la impactante obra de David Foster Wallace. Y esa conexión afectiva tiene que ver con los comentarios en claroscuro de sus sueños y obsesiones. Momentos que en el filme resultan mucho más emocionantes cuando no van acompañados de palabras, y que expresan toda su grandeza a base de pinceladas: tales como el trato con los perros del responsable de La broma infinita, la escena en la que Lipsky y él asisten a la proyección de Alarma nuclear o el paseo del entrevistador con el genio de las letras por los inmensos y desolados campos de USA al amanecer.

Jesús Martín

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