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Crítica de la película Los muertos no mueren

Divertida parodia de las películas de zombis y sus códigos repetitivos.

Jim Jarmusch se ríe en bloque de toda la cultura popular de nuestro tiempo, haciendo especial hincapié en los hípsters, con una historia que respeta cuidadosamente cada paso de desarrollo y cada código de identidad de las películas sobre muertos vivientes, a las que igualmente somete a la sátira con la complicidad de un puñado de actores que le siguen el juego.

Sin embargo sospecho que muchos espectadores no van a pillar lo más divertido del sentido del humor del director, cosa que ya ocurrió cuando se dedico a parodiar las últimas modas de películas sobre vampirismo en Solo los amantes sobreviven, película que, hay que aclararlo, es superior en su conjunto a ésta, aunque en el fondo ambas están abordando algunos temas comunes y persiguen desde su empeño en la sátira poner en solfa esta sociedad tan superficial, absurda, cacofónica y repetitiva en la que vivimos.

Vampiros hipsters de la mano de Jim Jarmusch. Y no lo digo como algo despectivo, sino como la principal característica de estos peculiares vampiros que habitan la película del director de culto, dando la sensación de que están, como la película, alejados del mundo “mainstream”, en un plano de existencia que los aleja de los humanos, en su propio mundo de referencias culturales, de guiños intelectuales y de ironía y sorna. Jarmusch no ha hecho una película de vampiros para todos los públicos. De hecho es una película irregular, a ratos pretenciosa, a ratos pedante, pero de una enorme belleza y que supera todas las trabas que podamos y queramos ponerle debido a ese aire hipnótico y a la sensación de que no sabemos si el director está junto a los vampiros o se mofa de ellos.

Dos amantes, desde hace mucho tiempo, vampiros ambos (aunque nunca se usa la palabra en toda la película), se reúnen en Detroit, donde él, con tendencias suicidas debido al desastre en que nos hemos convertido, vive, y donde ella le busca. Claro que la aparición de la hermana de ella podría acabar con la felicidad entre ambos y complicar su mundo. Con Jarmusch pueden imaginarse que no hay acción (aunque al parecer había una escena y cuando le pidieron más, la quitó toda), que todo es juegos de miradas, de guiños cómplices, de experiencias, de sensaciones. No importa tanto el diálogo sino cómo se dice, cómo se reacciona a él y lo que está pasando cuando se dice.

Aquí se trata de una comedia. Tampoco esperen carcajadas, más bien sonrisas cómplices para entrar en el mundo de estos adictos, que en definitiva es lo que son. Tom Hiddleston está perfecto con su aire de estrella del rock decadente, con una sensacional Tilda Swinton que se está convirtiendo en la versión femenina de Johnny Depp (sólo hay que verla aquí y enSnowpiercer), y qué decir de Jeffrey Wright (sus momentos en el hospital tienen mucha miga), John Hurt o Anton Yelchin. Aunque quien realmente roba la película es Mia Wasikowska, una presencia arrebatadora, loca, estúpida incluso, pero que cuando no está se echa de menos muchísimo. De hecho, necesitaba aparecer más. Bastante más, porque da historia, más humor y cuando está ella pasan cosas.

Ya hemos hablado del aire hipster de estos vampiros algo decadentes, lánguidos, divertidos e hipnóticos. Pero da la sensación de que Jarmusch no termina de saber qué quiere hacer con la película. No sabemos si quiere jugar con ellos o quizá observarlos simplemente. Si quiere reírse con o de ellos. Si le interesan o no. El viaje, al final, interesa por las imágenes, los actores y las sensaciones, pero no por la historia (no tiene apenas) o el guión, lo que a muchos espantará porque no es una película para todo el mundo. Es elitista, es parsimoniosa y a veces es endiabladamente pedante (los nombres de los protagonistas, sus apodos, lo que han hecho en su vida…). El resultado es más emocional que racional. Incompleto, pero tremendamente satisfactorio.

Jesús Usero

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